” En la vida real, la estrategia no se trata de ganar. Se trata de sobrevivir cuando las reglas cambian”. John von Neumann

El mundo que se perfila en 2026 no es un mundo de bloques ideológicos enfrentados, como lo fue durante la Guerra Fría, ni un escenario de globalización armónica gobernado por reglas compartidas. Es, más bien, un sistema de imperios tardíos que juegan a maximizar activos en un entorno crecientemente extractivo.

Desde una lectura estricta de teoría de juegos, el sistema internacional ha abandonado la lógica del juego cooperativo y ha ingresado en una fase transicional de suma decreciente. Los actores centrales ya no maximizan estabilidad, sino extracción: asegurar flujos críticos de energía, capital y recursos físicos antes de que la arquitectura sistémica se fracture de forma irreversible. Este desplazamiento constituye el núcleo analítico del ciclo de artículos desarrollado hasta aquí.

La lógica es simple y brutal:

  • China no busca convertir al mundo; busca asegurar flujos físicos: energía, materias primas, rutas logísticas.
  • Estados Unidos prioriza el control de los flujos financieros y monetarios.
  • Rusia no aspira a hegemonía global; busca asegurar su perímetro estratégico.
  • Europa, en cambio, lucha por algo más básico: no desaparecer como actor relevante.

Desde la teoría de juegos, la lectura es poco sentimental: cuando un sistema deja de ser cooperativo, se vuelve extractivo. Y en un sistema extractivo, los actores que no producen valor estratégico se vuelven prescindibles. Este artículo no trata de intenciones ni de discursos. Trata de la arquitectura de incentivos reales (payoff structure) y de las decisiones estratégicas que emergen bajo condiciones de declive sistémico. Es el cierre lógico de una serie que ha seguido la transformación del orden internacional desde la cooperación regulada hacia la competencia desnuda.

La teoría del juego del imperio en declive

En teoría de juegos existe un patrón bien documentado: cuando un jugador dominante percibe que su ventaja estructural comienza a erosionarse, abandona la estrategia de largo plazo y pasa a maximizar beneficios inmediatos, incluso a costa de dañar el sistema que lo sostuvo. No es un error moral; es una reacción racional ante la percepción de declive. Eso es exactamente lo que ocurre hoy con Estados Unidos.

Durante décadas, Washington construyó poder combinando diplomacia, economía, inteligencia y coerción selectiva. La fuerza militar estaba siempre presente, pero se utilizaba como último recurso. El objetivo era preservar un sistema estable que maximizara beneficios a largo plazo: aliados fuertes, mercados abiertos, dólar dominante. Ese modelo está siendo sustituido.

La política exterior estadounidense contemporánea muestra una transición clara: de la hegemonía reguladora al imperio transaccional. Ya no se trata de sostener reglas compartidas, sino de extraer valor directo: capital, tecnología, recursos naturales, control financiero y subordinación estratégica.

Venezuela como punto de inflexión simbólico

La presión directa sobre Venezuela —más allá de sus detalles tácticos— marcó un quiebre cualitativo en la lógica de poder estadounidense en el hemisferio. No se trató únicamente de sanciones o coerción económica, sino de un gesto de humillación explícita. En la lógica imperial clásica, la humillación pública de un líder extranjero no refuerza el poder: lo degrada, al transformar una relación negociable en un error estratégico.

Emmanuel Todd ha descrito este tipo de conductas como micromilitarismo: acciones coercitivas limitadas contra actores débiles, no orientadas a resolver un problema estratégico, sino a sostener simbólicamente una ilusión de control. El caso venezolano encaja con precisión en este patrón.

Desde la teoría de juegos, ese gesto transforma un conflicto potencialmente negociable en un juego de suma negativa. Incluso si se obtienen concesiones a corto plazo, se destruye la confianza mínima necesaria para sostener un equilibrio estable. La negociación deja de ser posible y es reemplazada por la memoria del agravio.

El efecto no se limita a Venezuela. Se proyecta sobre toda América Latina, que comienza a percibir que ya no interactúa con un socio duro o racional, sino con un poder arbitrario e imprevisible. En términos estratégicos, esta percepción no genera alineamiento, sino coordinación defensiva entre otros jugadores, acelerando exactamente las dinámicas que un imperio dominante debería evitar.

El error de confundir al Estado con el líder

Eliminar o capturar a un jefe de Estado no equivale a controlar un país. Los Estados son estructuras de poder, memoria y legitimidad. Cuando un líder es humillado por una potencia extranjera, incluso sus enemigos internos lo perciben como una agresión nacional.

Ese desacierto ha fracasado repetidamente: Irak, Libia, Afganistán. No es ignorancia histórica; es arrogancia estratégica.

La paradoja del músculo

Estados Unidos posee el ejército más poderoso del mundo. Pero el poder militar absoluto es una trampa bien conocida en la historia de los imperios. Cuando la fuerza se convierte en instrumento cotidiano de política, deja de funcionar como disuasión y pasa a generar dependencia.

Los imperios estables gobiernan por reglas y expectativas. Los imperios en declive gobiernan por demostraciones de fuerza.

La sustitución de estrategia por espectáculo es uno de los síntomas clásicos del agotamiento imperial. La fuerza deja de ser un medio y se convierte en un mensaje. Produce aplausos internos, pero erosiona el sistema internacional que permite sostener el poder a largo plazo. 

¿Por qué esto no es hegemonía sostenible?

A corto plazo, la estrategia parece funcionar. Estados Unidos puede imponer condiciones en el hemisferio occidental, forzar acuerdos asimétricos y presionar a aliados. Pero en teoría de juegos, ese comportamiento produce un resultado inevitable: la coordinación de los demás jugadores en su contra.

  • América Latina buscará mayor autonomía regional.
  • África diversificará alianzas.
  • China acelerará mecanismos alternativos al dólar.
  • Europa, aunque debilitada, intentará salidas propias.

El peligro no es un colapso inmediato del poder estadounidense, sino algo más profundo: la emergencia de un sistema global que ya no quiere jugar bajo sus reglas.

La pregunta que en Davos quedó sin responder

La última cumbre de Davos evidenció esta disonancia de forma casi obscena. Desde la teoría de juegos, mostró un problema clásico de información asimétrica: las élites siguen creyendo que el sistema cooperativo puede repararse; las sociedades ya no creen en el juego.

Militarización, inflación persistente, energía cara y estancamiento no son incentivos suficientes para sostener sacrificios prolongados. Europa es el lugar donde esta desconexión entre narrativa, élites y capacidad real se vuelve más visible.

Europa: de jugador a tablero

Durante dos décadas, la Unión Europea proclamó la idea de una “autonomía estratégica”. La guerra de Ucrania ha expuesto su vaciamiento casi total. Hoy, Europa depende del gas estadounidense, de las armas estadounidenses, de la inteligencia estadounidense y, en última instancia, de la protección nuclear estadounidense.

La autonomía existió mientras el sistema internacional fue estable y rentable. Desapareció cuando hubo que asumir costos reales. En términos de teoría de juegos, Europa ha dejado de ser un jugador para convertirse en el tablero.

Aquí emerge la tragedia europea. Durante años, la Unión funcionó sobre un contrato implícito: prosperidad a cambio de soberanía. Mientras hubo crecimiento, el acuerdo fue aceptado. Hoy, ese contrato está roto.

Como ya se ha señalado, Europa ofrece hoy inflación persistente, energía cara, militarización acelerada, presión migratoria y estancamiento económico. En teoría de juegos, cuando la estructura de pagos (payoff structure) se vuelve negativa, la deserción es una respuesta racional. La denominada “autonomía estratégica” aparece entonces como lo que siempre fue: una ilusión viable solo en contextos sin costos sistémicos

El problema del sacrificio

Los Estados pueden aprobar presupuestos militares. Pero solo las sociedades deciden si aceptan morir. La Europa postnacional desmanteló los lenguajes de pertenencia profunda en nombre de una “sociedad abierta”, heredera del pensamiento de Karl Popper. Esa arquitectura fue viable en un mundo de abundancia. En un mundo de escasez y guerra, se transforma en una debilidad estructural.

Europa puede comprar armas. No puede comprar lealtad existencial.

China y la escalera

China y Estados Unidos siguen subiendo la escalera del poder. Rusia sostiene uno de los peldaños. Europa mira hacia arriba creyendo que aún participa en el juego.
La escalera ya no es para ella. El juego cambió.

Washington intenta consolidar el hemisferio occidental como fortaleza: energía latinoamericana, minerales sudamericanos, finanzas de Nueva York y el dólar como eje estructural. El mensaje implícito a Pekín es claro: los recursos se compran aquí, en dólares y bajo reglas estadounidenses.

China, sin embargo, no es un actor táctico. Es una civilización estratégica. Dentro de Pekín conviven al menos tres corrientes: una pro-rusa, una diversificadora y una pragmática orientada a ganar tiempo.

La decisión que emerja de ese equilibrio interno no determinará una paz inmediata ni una guerra abierta, sino algo más decisivo: si el colapso del sistema internacional será ordenado o caótico.

Pronóstico 2026: fragmentación sin colapso

El mundo de 2026 no verá un colapso espectacular. Verá algo más peligroso: una fragmentación lenta.

Europa:

  • mayor fatiga social,
  • menor cohesión,
  • más dependencia,
  • menos peso global.

Estados Unidos:

  • repliegue hemisférico,
  • poder financiero intacto,
  • hegemonía política erosionada.

China:

  • consolidación de rutas alternativas,
  • paciencia estratégica.

Rusia:

  • aseguramiento de su periferia.

En términos de teoría de juegos, el orden unipolar ya no estructura los incentivos del sistema internacional, mientras que el multipolar aún carece de reglas estables. En ese vacío, la política exterior deja de operar como cooperación regulada y se transforma en transacción, espectáculo y demostración de fuerza.

Ese es el escenario del juego final. En el nuevo orden mundial no triunfa quien es más moral ni quien domina el relato, sino quien controla los flujos de energía, dinero y recursos físicos. Ese es el criterio real que define 2026.

Los imperios no colapsan por derrotas inmediatas, sino cuando dejan de ofrecer estabilidad y solo ofrecen extracción. Cuando eso ocurre, incluso sus propios clientes comienzan a buscar salidas.

Conviene, sin embargo, evitar lecturas simplificadoras. La caracterización absoluta de China como “civilización estratégica” debe matizarse por sus propias contradicciones internas —desaceleración económica, tensiones demográficas y límites estructurales— que podrían restringir su capacidad para articular un orden alternativo coherente. Al mismo tiempo, el sistema internacional ya no se define exclusivamente por las grandes potencias: actores intermedios como India, Turquía o Irán, así como bloques regionales emergentes, participan activamente en la reconfiguración del juego.

A ello se suman fuerzas sistémicas transversales —transición energética, inteligencia artificial, crisis de deuda global y transformación digital— que están redefiniendo los flujos de poder con independencia de la voluntad de los Estados. Incluso en contextos de suma decreciente, la historia muestra que pueden surgir incentivos para formas mínimas de re-cooperación, dando lugar a equilibrios inesperados.

No estamos ante un nuevo equilibrio, sino ante un sistema que aún no ha decidido bajo qué reglas quiere sobrevivir. Y en ese interregno, el poder deja de justificarse: simplemente se ejerce.

Ese es el verdadero juego del siglo XXI.

Ariosto Sosa D´Meza

Economista y cineasta

Resido en Praga, República Checa. Soy egresado de la Universidad Carolina de Praga (Mass Media y Periodismo) y de la Academia Cinematográfica Checa Miroslav Ondříček, con estudios en Economía por la Universidad de Economía de Praga. Ejercí funciones diplomáticas como creador de las relaciones diplomáticas y consulares con la República Checa y la República Eslovaca. Colaboro como freelance con medios checos, entre ellos Radio Praga y la revista Reflex, y en producción documental con canales de televisión checos.

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