Cada 26 de enero, la República Dominicana enfrenta algo más que una fecha solemne del calendario cívico: se mira a sí misma en el espejo de su origen moral. Ese día de 1813 nació en Santo Domingo Juan Pablo Duarte y Díez, no solo el fundador de la nación, sino el más alto referente ético de la dominicanidad. Su natalicio no es una conmemoración cómoda ni decorativa; es una interpelación directa a la conciencia social, política y gubernamental del país que ayudó a fundar con sacrificio absoluto.
Duarte vino al mundo en una etapa de colapso institucional, abandono colonial y pérdida progresiva de identidad. La parte oriental de la isla padecía la desarticulación del poder legítimo, la pobreza estructural y la subordinación a intereses externos. A ello se sumó, a partir de 1822, la ocupación haitiana, que suprimió libertades civiles, disolvió estructuras locales y anuló cualquier expresión de soberanía. En ese entorno adverso se forjó un carácter excepcional, templado por la disciplina, el estudio riguroso y una temprana conciencia de deber histórico.
Frank Moya Pons sostiene que Duarte creció observando cómo una sociedad sin instituciones firmes se vuelve vulnerable a la arbitrariedad del poder y al extravío moral (Moya Pons, Historia del Pueblo Dominicano). Esa realidad no lo condujo a la resignación, sino a la convicción profunda de que la libertad debía construirse sobre bases éticas sólidas, no sobre improvisaciones ni pactos de conveniencia.
Su formación europea fue decisiva. En España, Francia e Inglaterra absorbió las ideas del liberalismo, el constitucionalismo y el derecho natural, pero también comprendió los riesgos del caudillismo, del autoritarismo y de los Estados sin contrapesos institucionales. Vetilio Alfau Durán subraya que Duarte regresó al país con una visión clara: la independencia debía ser política, moral y social al mismo tiempo, o no sería verdadera (Juan Pablo Duarte y la Independencia Nacional).
Con esa claridad fundó, en 1838, La Sociedad Trinitaria. No fue una conspiración improvisada, sino una organización revolucionaria de alta coherencia ideológica, estructura celular y férrea disciplina. Su juramento —Dios, Patria y Libertad— no era retórico: establecía límites al poder, subordinaba la acción política a principios y rechazaba toda forma de dominación interna o externa. Emilio Rodríguez Demorizi afirma que La Sociedad Trinitaria representó el primer intento serio de construcción de ciudadanía consciente en la historia dominicana (Rodríguez Demorizi, Documentos para la Historia de la Independencia).
El liderazgo de Duarte fue radicalmente distinto al de su tiempo y, lamentablemente, distinto al que muchas veces ha predominado en la historia republicana posterior. No buscó cargos, honores ni privilegios. Ejerció autoridad desde la coherencia moral, la austeridad personal y el rechazo frontal al personalismo político. Joaquín Balaguer lo definió con precisión: Duarte fue un héroe moral absoluto, incómodo para los mediocres y peligroso para los ambiciosos (El Cristo de la Libertad).
Inspiró a jóvenes, comerciantes, artesanos, campesinos y militares no con promesas, sino con ejemplo. Convocó a la unidad nacional sin exclusiones, sin sectarismos y sin atajos. En una sociedad marcada por desigualdades y temores, logró articular una causa común fundada en la dignidad. Ese liderazgo transformacional convirtió una idea -la República- en una voluntad colectiva dispuesta al sacrificio.
Pero la historia dominicana también debe ser honesta consigo misma. Duarte no fue traicionado por fuerzas extranjeras únicamente; fue marginado, perseguido y expulsado por sectores internos que temieron su integridad moral y su rechazo a la politiquería. Donó su patrimonio, soportó calumnias, sufrió el exilio y murió pobre, lejos de la patria que ayudó a nacer. Juan Isidro Jimenes Grullón lo resume con crudeza: ningún dominicano entregó tanto y recibió tan poco en términos personales (La Cultura Dominicana).
Aunque no estuvo presente físicamente la noche del 27 de febrero de 1844, cada acto de esa gesta respondió a su doctrina. Sánchez proclamó la independencia y Mella encendió la insurrección, pero el diseño político, la conciencia nacional y la visión de Estado fueron obra de Duarte. Negarlo sería falsear la historia.
Doscientos doce años después de su nacimiento, el pensamiento duartiano sigue siendo un desafío pendiente. Su concepción de una República fundada en la soberanía popular, la separación de poderes, la legalidad, la educación cívica y la moral pública contrasta, de manera incómoda, con prácticas políticas marcadas por el clientelismo, la corrupción y la debilidad institucional. Orlando Inoa y Juan Daniel Balcácer coinciden en que Duarte no fue un idealista ingenuo, sino un estadista adelantado a su tiempo, cuya visión aún no ha sido plenamente realizada.
Celebrar hoy el 212 aniversario del natalicio de Juan Pablo Duarte no es un acto de nostalgia, sino de conciencia. Es la certeza de que la nación nació de una idea noble y exigente. Es el gozo profundo de saber que, pese a nuestras fallas, contamos con un referente moral indiscutible. Duarte no pertenece al pasado: pertenece al porvenir que aún estamos obligados a construir.
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