Estamos frente al advenimiento del populismo algorítmico y, consecuentemente, a la mutación espectacular del campo político. La eventual irrupción del comunicador y productor Santiago Matías (Alofoke) en la arena electoral de la República Dominicana no debe ser catalogada de manera simplista como una excentricidad folclórica o un mero accidente anecdótico de la política local. Por el contrario, este fenómeno representa un síntoma paradigmático y agudo de la recomposición global del campo político contemporáneo bajo la égida del capitalismo de plataformas.

La movilización de su descomunal capital mediático, atencional y digital hacia el ecosistema de la representación estatal formal encarna la disrupción definitiva del modelo de democracia deliberativa tradicional, abriendo paso al advenimiento del populismo algorítmico y a una de las expresiones más consolidadas de la gubernamentalidad (Foucault, 1979) del espectáculo. Este proceso se ubica con precisión analítica en la intersección entre la economía de la atención, las mutaciones estéticas de la cultura de masas y el vaciamiento institucional de los partidos políticos históricos.

Un examen sociológico riguroso de esta candidatura hipotética exige desarticular las complejas estructuras teóricas que la posibilitan, evaluar la factibilidad real de su traslación del entorno virtual al poder de decisión estatal y ponderar las severas amenazas que proyecta sobre la arquitectura democrática. A través de los prismas conceptuales de la teoría crítica, la sociología del gusto, la biopolítica y la filosofía política contemporánea, se deconstruye aquí el fenómeno de Alofoke, examinando cómo el entretenimiento masivo se convierte en un dispositivo de poder biopolítico y en un mecanismo de legitimación social sin precedentes en la historia política del país en su versión contemporánea.

En el país se coce un proceso en el cual se pasa de la industria cultural al espectáculo integrado; como producto obtendremos la estetización de la política. Comprender la génesis del fenómeno Alofoke dentro de la política espectacularizada, resulta imprescindible revisitar las tesis fundacionales de Theodor Adorno y Max Horkheimer (1944) en su análisis de la industria cultural. Los teóricos de la Escuela de Fráncfort postularon que la cultura de masas opera como un engranaje de estandarización, mercantilización y domesticación de las conciencias, donde el entretenimiento alienante oblitera sistemáticamente la capacidad de juicio crítico de los sujetos.

En última instancia, el anuncio de una propuesta electoral bajo la marca Alofoke revela que la democracia dominicana corre el grave riesgo de ser gestionada bajo las mismas métricas de rendimiento efímero, espectacularización mercantil e inestabilidad estructural que gobiernan los algoritmos de las redes sociales digitales.

En el ecosistema mediático dominicano, el conglomerado comunicacional de Santiago Matías funciona como una versión hiperconectada, interactiva y desregulada de esta industria cultural: mercantiliza el ocio, estandariza las narrativas de la marginalidad urbana y las empaqueta como productos de consumo masivo optimizados para plataformas de difusión digital continua. “La industria cultural pervierte la autonomía del arte y de las conciencias, convirtiendo el ocio en un engranaje más de la reproducción mercantil sistémica” (Adorno y Horkheimer, 1944).

De acuerdo con Matías, la presunta monetización implicaría que una pieza patria, perteneciente al dominio público y a la nación dominicana, estaría generando beneficios económicos a particulares, lo que podría constituir una falta grave tanto legal como ética dentro del ecosistema digital.

Esta estandarización de la conciencia encuentra su correlato perfecto en la advertencia de Walter Benjamin (1936) sobre la estetización de la política. Este autor certeramente señaló que los regímenes de masas tienden a ofrecer a las poblaciones una vía de expresión estética en lugar de sus derechos materiales fundamentales, canalizando el descontento y las contradicciones de clase a través del espectáculo de masas. La eventual candidatura de Alofoke consuma esta dinámica benjaminiana: El debate programático de ideas, los planes de reforma fiscal estructural y las políticas públicas de largo aliento son enteramente suplantados por una estética visual estridente, encendidas transmisiones en directo de confrontación calculada y una retórica basada exclusivamente en el índice de participación interactiva. La política ya no se define por la praxis transformadora de la realidad material, sino por su valor de cambio como contenido digital consumible.

Este marco analítico alcanza su máxima plenitud teórica con la noción de espectáculo integrado formulada por Guy Debord (1967). Debord argumentó que en la sociedad contemporánea la vida social ya no se experimenta de forma directa, sino mediatizada y representada a través de un torrente ininterrumpido de imágenes que sustituyen a la experiencia real. En esta plataforma comunicacional, la política deja de ser un espacio deliberativo de negociación institucional para transformarse en un evento mediático perpetuo, autogenerado y autorreferencial.

El líder espectacularizado no busca persuadir racionalmente a un electorado sobre la viabilidad de sus propuestas; busca colonizar su horizonte perceptivo mediante la saturación de visibilidad y el impacto atencional. La legitimidad del candidato digital no proviene de una trayectoria orgánica en instituciones partidarias o de la administración pública, sino de su capacidad de capturar, monetizar y retener la atención colectiva. Se opera bajo la lógica fundamental descrita por Debord (1967), donde se produce la sustitución definitiva del ser por el tener, y del tener por el parecer.

El desplazamiento del debate político desde los foros parlamentarios e institucionales hacia las transmisiones directas en plataformas web consagra lo que Jürgen Habermas (1962) conceptualizó como la refeudalización de la esfera pública. Habermas describió el ideal de la esfera pública ilustrada como un foro de debate democrático, razonado y libre de coacciones mercantilistas. Sin embargo, la irrupción de las plataformas digitales hipertrofiadas y los caudillos mediáticos subvierte radicalmente este ideal.

El espacio de deliberación se degrada en un coliseo romano virtual y privatizado, donde los nuevos señores feudales del alcance algorítmico imponen unilateralmente la agenda pública sobre la base de la espectacularidad, el morbo, el índice de sintonía y la rentabilidad financiera corporativa.” La esfera pública burguesa degenera en un espacio de aclamación espectacular cuando las lógicas del capital mercantil asimilan los canales de comunicación de masas” (Habermas, 1962).

Este proceso de degradación dialógica es diseccionado contemporáneamente por Byung-Chul Han (2021) en su concepto de infocracia. Han sostiene que el régimen infocrático ha reemplazado a la soberanía popular tradicional, sustituyendo el debate racional por el flujo incesante de datos, información fragmentada y estímulos emocionales de consumo inmediato. El ecosistema de Alofoke encarna la perfecta operacionalización de la infocracia haniana: la movilización política ya no se estructura sobre la base de ideologías articuladas, sino mediante la vinculación inmediata, la polarización reactiva, la provocación deliberada de indignación y el consumo rápido de titulares efectistas.

Asimismo, este ecosistema digital produce lo que Han (2021) denomina la crisis de la mediación. El candidato algorítmico prescinde de los intermediarios democráticos tradicionales (periodistas, analistas, comités partidarios, intelectuales orgánicos) para erigir una ilusión de proximidad inmediata con las masas a través del teléfono inteligente. Esta desintermediación desmantela los filtros críticos de veracidad, permitiendo que la demagogia digital se inocule directamente en la población sin ningún tipo de contrapeso epistemológico (Han, 2021).

La propuesta electoral bajo la marca Alofoke diluye las fronteras materiales del campo sociopolítico tradicional para adentrarse en los terrenos de la teoría del simulacro y la hiperrealidad desarrollada por Jean Baudrillard (1978). El referido autor postuló que en la era de la hipermediatización, los signos y las representaciones pierden su conexión con un referente real, comenzando a autorreferenciarse y a engendrar una realidad simulada más real que la propia realidad material. La plataforma estudiada opera bajo esta premisa ontológica: el espectáculo mediático, la confrontación digital planificada y la política real se fusionan en un continuo indistinguible. En este contexto, la marca comercial y el logotipo mediático preceden y predeterminan la realidad del proyecto nacional.

No existe la necesidad de estructurar un gabinete técnico calificado, ya que el simulacro de la eficiencia gerencial expresado en la acumulación de millones de reproducciones, la facturación monetaria en plataformas de difusión digital y la influencia internacional en la industria del entretenimiento sustituye enteramente a la competencia técnica necesaria para gobernar un Estado soberano. La candidatura se desmaterializa: el signo devora sistemáticamente al referente (Baudrillard, 1978).

Desde una perspectiva sociológica arraigada en el pensamiento de Pierre Bourdieu, el fenómeno de Santiago Matías debe interpretarse como una violenta y exitosa subversión del capital simbólico y del capital cultural legítimo (Bourdieu, 1979). En el orden oligárquico tradicional dominicano, el acceso al poder político ha estado condicionado por la posesión de un determinado capital cultural académico, el dominio de un lenguaje ilustrado y la pertenencia a redes de abolengo. Alofoke subvierte de raíz esta hegemonía: valida y legitima lo que históricamente ha sido marginado y estigmatizado como 'baja cultura' por las élites tradicionales, tales como el habla popular, la estética urbana y la informalidad económica.

Matías moviliza un potente habitus de clase popular y descontento frente a las élites tradicionales. El consumo masivo de su plataforma por parte de los sectores subalternos no se limita al deseo pasivo de entretenimiento, sino que funciona como una forma de desquite y resistencia simbólica frente a la hipocresía percibida de la clase política y la élite establecida. El lenguaje desinhibido, el pragmatismo crudo y la exhibición ostentosa de la riqueza material se convierten, en el imaginario popular, en pruebas de autenticidad frente al discurso refinado, pero históricamente defraudador de la tecnocracia tradicional. “La dominación simbólica se ejerce en la medida en que los dominados aplican a su dominación esquemas perceptivos e interpretativos derivados de la propia estructura de poder” (Pierre Bourdieu, 1979).

Santiago Matías (Alofoke).

Esta articulación del descontento popular se explica teóricamente a través de la teoría de la hegemonía de Ernesto Laclau (2005). Para Laclau, la constitución del sujeto popular requiere que la figura del líder actúe como un significante vacío. Alofoke se constituye como ese receptáculo semiótico vacío donde una masa heterogénea y fragmentada jóvenes desempleados de los barrios periféricos, trabajadores precarizados del sector informal y la diáspora emigrante proyecta sus demandas insatisfechas contra 'el sistema'. Mediante la traza de una rígida frontera antagónica, Matías unifica el campo popular bajo el postulado de un 'nosotros' (el pueblo urbano, marginado de los códigos de la élite, pero económicamente indómito) frente a un 'ellos' (la partidocracia, los intelectuales elitistas y las familias tradicionales que han concentrado históricamente el poder político y económico) (Laclau, 2005).

Lejos de representar un proyecto emancipador para las clases populares, la candidatura de Santiago Matías encarna la radicación definitiva de la biopolítica neoliberal analizada por Michel Foucault (1979). En su curso sobre el nacimiento de la biopolítica, Foucault caracterizó al neoliberalismo como una racionalidad existencial profunda que produce un tipo específico de subjetividad: el sujeto empresario de sí mismo. El discurso de Alofoke es la apoteosis de esta racionalidad: un individuo de origen humilde que, prescindiendo del amparo estatal, construye un imperio mediático millonario basándose exclusivamente en su instinto comercial, autoexplotación y capacidad de competir en el mercado de la atención.

Esta matriz subjetiva se asocia íntimamente al concepto de realismo capitalista acuñado por Mark Fisher (2009). Fisher definió este concepto como la atmósfera mental generalizada que asume como incuestionable la premisa de que el mercado es el único marco de referencia viable para organizar la existencia humana. En la retórica de Matías, el éxito económico personal y la capacidad de acumular capitales atencionales se erigen como las únicas métricas válidas de competencia, liderazgo e incluso moralidad. La gestión del Estado es despojada de su naturaleza de pacto social garante de derechos fundamentales, siendo reducida a la administración gerencial pragmática de una gran corporación de entretenimiento y capitales transnacionales (Fisher, 2009). Este vaciamiento ideológico es reforzado por el marco de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (2000). Bauman argumentó que las instituciones sólidas del pasado (partidos con programas doctrinarios definidos, sindicatos estables, compromisos ideológicos permanentes) se han licuado en una modernidad de vínculos efímeros, desregulados y precarios. En esta sociedad líquida, el compromiso político se reduce a una transacción mercantil de consumo masivo y descarte rápido. La candidatura de Alofoke se monta sobre esta liquidez institucional: al carecer de una estructura orgánica e ideológica rígida, puede mutar fluidamente al ritmo de las tendencias de las plataformas de microvideos o los algoritmos de recomendación, ofreciendo una política líquida para ciudadanos precarizados que ya no creen en la solidez de las instituciones del Estado dominicano.

Es necesario ver en perspectiva la factibilidad electoral y los límites estructurales del candidato digital. Para evaluar las probabilidades reales de éxito de una candidatura presidencial de esta naturaleza, es obligatorio contrastar la innegable potencia demográfica del fenómeno digital con las rigideces estructurales del sistema político y electoral dominicano. Aunque la desintermediación algorítmica permite una comunicación directa y reduce el costo financiero del mensaje electoral, el tránsito del ecosistema virtual al poder real del Estado enfrenta tres barreras estructurales insalvables:

Primero, el hiato entre audiencia digital y electorado real: La sociología electoral contemporánea distingue nítidamente entre la audiencia pasiva y reactiva (suscriptores, reproducciones e interacciones digitales) y el electorado movilizado fácticamente en las urnas. El núcleo duro de la audiencia de Alofoke está compuesto de manera abrumadora por jóvenes de los barrios populares y zonas suburbanas, sectores que históricamente registran las tasas más elevadas de abstencionismo electoral crónico y apatía participativa en los procesos dominicanos, según los informes y perfiles de participación comicial documentados en los comicios generales de la República.

Segundo, el déficit insustituible de ingeniería territorial: La legislación de régimen electoral y la praxis del poder en la República Dominicana exigen una arquitectura organizativa compleja que trasciende por completo el espacio virtual. Una candidatura viable requiere capilaridad territorial: delegados acreditados en miles de colegios electorales, coordinadores municipales orgánicos y una aceitada maquinaria logística capaz de movilizar el voto rural y periférico el día de los comicios, requisitos difíciles de articular sin un aparato partidario convencional sólidamente consolidado.

Tercero, la pared de contención de la clase media y las élites corporativas: La candidatura encuentra un techo sociológico infranqueable en las clases medias consolidadas y en las élites económicas del país. Para estos sectores, la estética de las transmisiones continuas de video, la apología de la informalidad y la imprevisibilidad algorítmica representan una amenaza intolerable para la estabilidad macroeconómica, la reputación de los de mercados internacionales y la mínima previsibilidad jurídica e institucional que requiere el gran capital para reproducirse.

Una ponderación sociológica objetiva en relación a la probabilidad de que Santiago Matías obtenga la Presidencia de la República de manera independiente o con una plataforma marginal indica que estas son moderadamente bajas.

No obstante, su verdadero potencial electoral no reside en la conquista directa del Poder Ejecutivo, sino en su capacidad para actuar como árbitro de alianzas electorales; es decir, en su poder para condicionar coaliciones gobernantes, movilizar minorías parlamentarias bisagra o canjear su capital de atención por cuotas de poder formal dentro de un gobierno tradicional en crisis de legitimidad.

El peligro más apremiante de la emergencia de Alofoke no reside en la figura individual de Santiago Matías como sujeto de la praxis política, sino en las implicaciones estructurales que su modelo de mediatización proyecta sobre la arquitectura democrática. Al suplantar la discusión racional y la planificación científica del desarrollo nacional por la lógica del entretenimiento estridente y la provocación de ira, la política dominicana pierde definitivamente su dimensión programática. Desafíos críticos como la gestión de la crisis fiscal, el ordenamiento territorial sostenible o la reforma sanitaria integral quedan supeditados a la dictadura efímera de la tendencia de las redes sociales.

Por otro lado, al apelar de manera directa a la masa digitalizada prescindiendo de los pesos y contrapesos constitucionales (partidos, congreso, judicatura), el populismo algorítmico abre las compuertas hacia una nueva forma de bonapartismo mediático o autoritarismo de corte tecnológico. Bajo este régimen de dominación, la voluntad popular ya no se expresa a través del sufragio libre, informado y deliberado, sino que se interpreta y calcula en función del nivel de aplauso digital y de la participación que registran las métricas de las plataformas comerciales de las corporaciones tecnológicas de California. Se instala una democracia de pura aclamación instantánea, vacía de derechos sustantivos.

En última instancia, el anuncio de una propuesta electoral bajo la marca Alofoke revela que la democracia dominicana corre el grave riesgo de ser gestionada bajo las mismas métricas de rendimiento efímero, espectacularización mercantil e inestabilidad estructural que gobiernan los algoritmos de las redes sociales digitales. La política, entendida clásicamente como la búsqueda colectiva del bien común y la justicia social, corre el peligro de quedar reducida de forma definitiva a un bien de consumo masivo, descartable e hipermediatizado.

Bibliografía

Adorno, T. y Horkheimer, M. (1944). Dialéctica de la Ilustración. Editorial Trotta.

Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro. Kairós.

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Alianza Editorial.

Bourdieu, P. (1979). La distinción: Criterios y bases sociales del gusto. Taurus.

Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo. Buchet-Chastel.

Fisher, M. (2009). Capitalismo realista: ¿No hay alternativa? Caja Negra Editora.

Foucault, M. (1979). Nacimiento de la biopolítica. Akal.

Habermas, J. (1962). Historia y crítica de la opinión pública: la transformación estructural de la vida pública. Gustavo Gili.

Han, B.-C. (2021). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia. Taurus.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

Héctor Almonte Mella

Nació en el municipio de Mao, Valverde, RD. 1955. Con Maestría en Ciencias Sociales (UASD). Posgrado en Desarrollo Territorial en Alemania y Perú. Director. Ejecutivo del Centro para la Educación y Acción Ecológica, CEDAE. Líder del área Social del Instituto de Investigación Socioambiental, INISA; institución especializada en Desarrollo Territorial y Bioeconomía, adscrito a CEDAE.

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