El comienzo del año suele ser un momento de exaltación y júbilo, una expectativa que, en la experiencia personal, puede teñirse de nostalgia y desazón. Esa es mi realidad desde el primer día de 2009, cuando mi padre ―antes de alcanzar la estación 57― emprendió “el viaje definitivo” al que alude Juan Ramón Jiménez. Casi nueve meses después, confirmé la continuidad de los vínculos filiales, gracias al nacimiento de mi primogénito. Por ello, en estas fechas, la memoria de la pérdida y las aspiraciones del porvenir se cruzan en una simbiosis vital.

Comprender el valor estructurante del tiempo humano más allá del carácter irreversible del calendario y aceptar la muerte como evento natural de la vida constituyen el mejor tributo a quienes partieron. El compromiso con su memoria impone reconocer los cimientos que dejaron en nosotros, internalizar sus enseñanzas como legado y atesorar sus vivencias como brújula que guía nuestro trayecto existencial. Cada día constituye una oportunidad para reforzar los vínculos con uno mismo: reinventar el destino y construir una identidad más plena.

Los escollos del pasado permiten arribar al presente con mayor sabiduría y madurez. Los seres queridos que partieron permanecen en lo profundo de la memoria como mentores espirituales que, de manera consciente o inconsciente, orientan el trayecto existencial. No hay que temer al fracaso porque es parte esencial del éxito. Tras las caídas, es imprescindible levantarse, avanzar paso a paso, haciendo camino al andar, como Antonio Machado, y aprovechar cada instante para reinventar el destino dentro de la realidad circundante y con las herramientas propias.

Hoy constituye una oportunidad idónea para renovar los “contratos de amistad” concertados con tantas personas valiosas y fortalecer los lazos afectivos con los seres amados para que sean perdurables

Se requiere una ética del tiempo que permita procesar las experiencias tristes y alegres, encontrar un equilibrio entre momentos dulces y amargos, caminar en medio de luces y sombras sin dejarse eclipsar. Esta ética debe habilitar dispositivos existenciales que integren la memoria como eje de la identidad personal e impulsen a la proactividad: a estar dispuestos para aprovechar cuando venga la suerte (Ernest Hemingway) y no confundir la espera pasiva con una solución (Constantino Cavafis). La continua reinvención del destino exige actuar con determinación y responsabilidad para sortear los obstáculos que se presenten y continuar caminando.

El inicio de un nuevo año es una ocasión propicia para concertar un voto de autoconfianza: un compromiso para concretar las metas personales y profesionales con entusiasmo, sin permitir que las dificultades opaquen el impulso del espíritu. Implica, además, valorar el sentido de la vida en todo su esplendor, sin causar daño a terceros, con la convicción de que cada día ofrece una oportunidad para ser mejores, así como ―sin desmedro de las circunstancias que no se controlan― está en nuestras manos disfrutar tanto lo ordinario como lo extraordinario.

Hoy constituye una oportunidad idónea para renovar los “contratos de amistad” concertados con tantas personas valiosas y fortalecer los lazos afectivos con los seres amados para que sean perdurables. Sin embargo, no se necesitan ocasiones especiales. Siempre es un buen día para compartir afectos y abrir las puertas del corazón; evitar expresiones que hieran gratuitamente y, por tanto, impedir que un disgusto transitorio lacere vínculos significativos. Velar por que las palabras sean puentes y no muros, bálsamos y no heridas, constituye un imperativo categórico para una coexistencia sustentada en el amor.

Un compromiso esencial para el comienzo del calendario es que nunca falten sonrisas por el solo motivo de existir, ni ahorrar las lágrimas que recuerdan la fragilidad humana. Está bien sentir tristeza y dolor porque son componentes esenciales del crecimiento personal. No se requiere un plan para salir de la rutina diaria, sino una voluntad que deje espacio a la espontaneidad y permita el disfrute de pequeños momentos, compartir sin excesiva preparación y vivir cada día a plenitud, con sus cargas positivas y negativas, con sus dosis cotidianas de alegría y melancolía.

Hay que asumir como principio existencial que ―a pesar de los escollos― existen razones para disfrutar el trayecto de la vida, no porque estén ahí esperando, sino porque corresponde buscarlas e inventarlas. El destino no está inscrito en el ADN, no es un camino predefinido al que invariablemente se arriba con o sin esfuerzo, sino que corresponde moldearlo responsablemente en el contexto de las circunstancias y con los medios a disposición. De ahí que cada uno sea, en gran medida, “el arquitecto de [su] propio destino” (Amado Nervo).

La memoria constituye un faro de luz que ―cargado con el combustible de la esperanza― guía la construcción de la identidad personal a lo largo del tiempo y previene caer en la pendiente resbaladiza de la oscuridad. Esta inspira a buscar la mejor versión y contribuir, desde el rincón mínimo de cada uno, al progreso de la familia, la comunidad, el país y el mundo. Es así que la reinvención del destino requiere el impulso de la memoria, una simbiosis de voluntad, esfuerzo y esperanza, la solidaridad del prójimo y la contingencia del azar que suele denominarse suerte.

Tras las caídas, es imprescindible levantarse, avanzar paso a paso, haciendo camino al andar, como Antonio Machado, y aprovechar cada instante para reinventar el destino dentro de la realidad circundante y con las herramientas propias.

Esta concepción incluye la presencia del infortunio. La sociabilidad inherente a la condición humana y un entorno capaz de trascender la individualidad constituyen factores externos que inciden en el proyecto existencial. A veces no se alcanza lo que se aspira, aun cuando medien esfuerzo, mérito y preparación, pero aunque éstos no resulten suficientes, son indispensables para el éxito. Constituyen la semilla sin la cual el terreno más fértil permanecería estéril: la solidaridad y las circunstancias propicias se desvanecen si no encuentran una voluntad dispuesta para acogerlas y cultivarlas.

El principal reto ―hoy como ayer― es sortear los obstáculos que puedan interponerse en el trayecto. El destino no es una roca a cuestas, sino una construcción que se edifica al caminar. La vida no se mide en años, sino en la intensidad con que es vivida y en las huellas dejadas en el camino que se transforman en legado para otros. Cada día, con sus luces y sombras, constituye una oportunidad para ser una mejor persona, practicar el bien y ayudar al prójimo. La reinvención del destino exige, ante todo, el compromiso de conservar la memoria y aprovechar el tiempo.

Félix Tena de Sosa

Abogado

Analista jurídico con estudios especializados en derecho constitucional y más de 15 años de experiencia en instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales. Docente universitario de derecho constitucional, derechos humanos y filosofía del derecho. Apartidista, librepensador, socioliberal, moderado y escéptico.

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