Síntomas visibles, patología oculta

Tratar exclusivamente el dolor, ignorando la hemorragia interna es una forma elegante y documentada de prolongar la enfermedad hasta el colapso, y esto es exactamente lo que ocurre en República Dominicana con los combustibles.

Hay una pregunta que ningún funcionario ha respondido con honestidad en veinte años:

¿Por qué cuando el precio internacional del petróleo sube un 10%, el dominicano lo siente al día siguiente en la bomba, pero cuando baja ese mismo 10%, el alivio tarda semanas en llegar, llega incompleto, o simplemente no llega?

La respuesta no está en la geopolítica. No está en la volatilidad del crudo. No está en el flete del Caribe.

Está en el diseño.

Durante años he documentado los síntomas del mercado de combustibles: precios que no bajan cuando el crudo cae, opacidad en la fijación semanal, márgenes que no responden a competencia sino a decreto. He sido un clínico del malestar ciudadano.

Hoy elevo el diagnóstico.

República Dominicana no tiene un problema de precios. Tiene un problema de diseño.

La tesis que nadie quiere pronunciar

El combustible en el país no es energía. Es un tributo. Se ha convertido en una herramienta estructural de financiamiento del Estado.

No es un caos. No es ineficiencia. No es negligencia acumulada.

Es un sistema que funciona exactamente como fue diseñado.

Y esa es la diferencia que lo cambia todo.

Cuando la ley es la patología

Para entender la enfermedad, hay que leer el expediente clínico: el marco jurídico.

La Ley 112-00 establece un impuesto fijo por galón. Es una carga rígida, que no respira, que no se ajusta, que permanece indiferente a si el barril cuesta cuarenta o cien dólares.

La Ley 495-06 le superpone una segunda capa de aproximadamente el 16% ad valorem. Una carga que sí se mueve, pero solo hacia arriba con fuerza real.

El resultado aritmético es una doble imposición estructural: fija + variable sobre el mismo producto.

No es redundancia legislativa; es arquitectura extractiva.

Cuando el precio internacional sube → el impuesto fijo se mantiene y el porcentual crece. El ciudadano paga dos veces el alza.

Cuando el precio baja → el impuesto fijo actúa como piso que no cede. El alivio llega siempre amputado.

Esta asimetría no es técnica. Es política. Y está codificada en ley.

A esto se suman componentes técnicos —flete, seguro, almacenamiento— y el polémico Gasto de Aplicación de la Ley (GAL), mediante el cual el ciudadano financia la burocracia que lo regula.

Es un circuito cerrado.

La consecuencia es clara: hasta un 33% del precio final puede ser carga fiscal y administrativa.

No petróleo. No energía. Fiscalidad disfrazada de combustible.

El mercado que no existe

Aquí está el segundo pilar del problema:

En República Dominicana no hay mercado de combustibles. Hay un sistema administrado.

El Estado fija los precios semanalmente. Los márgenes no compiten: se decretan.

Las empresas no ganan por eficiencia, sino por diseño regulatorio.

Esto genera una distorsión crítica:

Cuando el crudo sube → el aumento se traslada completo. Cuando baja → el alivio se diluye, se retrasa o se absorbe.

El ciudadano siente el golpe en tiempo real. La recuperación, nunca en la misma proporción.

No es mercado. Es un mecanismo de transferencia.

Aquí no compiten precios. Se administran.

El incentivo que lo explica todo

Aquí reside el núcleo de la patología y la verdad técnica que choca contra el discurso político.

El Estado dominicano depende del combustible caro. No sufre cuando el combustible sube. Recauda más.

Los hidrocarburos representan una fuente clave de ingresos fiscales. Y muchos de esos ingresos crecen debido a la naturaleza indexada de estos impuestos; la recaudación crece automáticamente cuando el precio internacional sube.

La lógica es implacable:

a mayor precio en la bomba, mayor oxígeno para las arcas públicas. Si el precio colapsa, el Estado enfrenta una inmensa presión fiscal.

Entonces surge la pregunta incómoda:

¿Qué incentivo real tiene el sistema para abaratar el combustible?

La respuesta técnica es: ninguno.

No es pereza. No es mala gestión. Es que el sistema tiene incorporado un incentivo estructural para preservar el precio alto.

Mientras eso no cambie, ninguna promesa de alivio tendrá arquitectura que la sostenga.

La fiscalidad invisible

El ciudadano cree que llena el tanque para moverse. En realidad, financia simultáneamente:

servicio de la deuda, gasto corriente de un Estado que consume cerca del 87% de su presupuesto en su propio mantenimiento, subsidios cruzados opacos, y la estructura que lo regula.

Propongo un concepto para este fenómeno:

Fiscalidad invisible del combustible.

Usted no sabe qué parte de lo que paga es energía y qué parte es Estado.

Y esa opacidad no es un error. Es funcional.

La distorsión acumulada

En análisis previos documenté el fraude en estaciones: mangueras descalibradas, combustible adulterado, pérdidas estimadas en RD$4 800 millones anuales.

Ese es el fraude visible.

Pero el problema mayor ocurre antes de llegar a la bomba:

doble imposición que amplifica alzas, impuesto fijo que impide que las bajas se reflejen plenamente, márgenes protegidos por decreto, ausencia de competencia real.

Otros países —Chile, Panamá, Guatemala— han corregido estas distorsiones con mecanismos técnicos, competencia o eficiencia logística.

Nosotros no.

Elegimos el diseño más costoso para el ciudadano.

El diagnóstico definitivo

El paciente llega cada semana a consulta cuando se anuncian nuevos precios. Se le explica el mercado internacional, la geopolítica y la volatilidad.

Son analgésicos discursivos.

No es mercado. No es logística. No es coyuntura.

Es diseño.

El diagnóstico es claro:

doble imposición estructural, incentivos fiscales que premian el precio alto, ausencia de competencia, opacidad en el destino de los recursos, dependencia estatal del combustible caro.

Estamos ante una hemorragia fiscal crónica, donde el combustible es la vena por la que se extraen recursos del ciudadano.

La prescripción

Esto no se corrige con ajustes. Se corrige con decisiones.

  1. Mecanismo automático de precios sin discrecionalidad política
  2. Reforma impositiva: eliminar la doble carga y sustituirla por un tributo único, transparente
  3. Liberalización de márgenes para introducir competencia real
  4. Transparencia total del destino de cada peso recaudado
  5. Separación entre política fiscal y energética

Mientras el combustible sea caja recaudadora, nunca será herramienta de desarrollo.

Conclusión: el verdadero problema

La discusión no es cuánto cuesta el combustible.

Es por qué siempre termina costando de más.

No es coyuntura. No es gestión. No es el precio internacional.

Es diseño.

Y los problemas de diseño no se corrigen con parches.

Se corrigen rediseñando.

El cierre

Mientras el tanque del ciudadano siga siendo la caja del Estado, la economía seguirá atrapada en el tráfico de la ineficiencia.

El combustible debe dejar de ser tributo para ser motor.

Porque hoy, en República Dominicana,

el problema no es que el tanque esté vacío. Es que lo hemos estado llenando… para sostener un sistema que no devuelve.

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Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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