Desde el momento mismo en que nacemos, vamos experimentando una serie de situaciones que irán forjando nuestro ser; la manera en que sentimos, reaccionamos a los acontecimientos, nuestra personalidad, vinculada al temperamento y al carácter, nuestra manera de ver y proyectarnos en la vida, y un largo etcétera.

Muchas otras personas, con su propio proceso de desarrollo, inciden de muchas maneras en ese proceso, comenzando con nuestra familia cercana y otros parientes, las amistades y conocidos, así como con quienes compartimos un territorio y los largos años de educación en la escuela y otras organizaciones e instituciones de formación.

Aprendemos y desaprendemos. Asumimos creencias y dejamos otras. Logramos alcanzar muchos retos y metas, pero también fracasamos en el logro de otras tantas. Nos enamoramos y desenamoramos. Llegamos a reír como llorar ante muchas situaciones que vivimos.

Experimentamos la vida y la muerte de personas y otros seres vivos. Encontramos y perdemos cosas en el camino. Algunos sueños de la infancia perduran durante toda la vida y los hay “buenos sueños”, como otros, no tan buenos. Le caemos bien a algunas personas y mal a otras, a veces sin saberlo.

Llegamos a conocer muchas cosas de nuestro propio yo, de igual manera que otras tantas las desconocemos, que no fuere que alguna persona amiga importante nos las haga ver. De igual manera, hay otras tantas cosas de nuestro yo solo conocidas por los demás y que no siempre nos damos la oportunidad de conocer. Otras, desconocidas por todos y hasta por nosotros mismos. Los misterios de la mente.

Sufrimos heridas en ese caminar, algunas sanan bien y otras, posiblemente, se queden sin sanar, dejando huellas emocionales que pueden durar toda la vida. Algunas de esas heridas nos dejan queloides muy visibles y otras, no tanto. Y como dice Juan Luis Guerra en su canción “Coronita de Flores”:

“Y tengo una curita en las venas

Para que tu amor no me duela, si ha de salir.

Prendo una velita en la esquina

De mi alma para no sufrir”.

Sin embargo, estamos llamados a construir, a bruñir nuestra propia vida y nuestro ser. Para ello tenemos que ser capaces de “mirarnos” profundamente para ser capaces de dejar de lado lo que tiene que dejarse y afirmar aquello que nos permite ser la mejor versión de nosotros mismos.

Plotino, filósofo griego (años 205-270) y sus “amigos” hablaban de “recorrer el camino inverso”, para referirse al “proceso de retorno al uno (principio y origen): ascender de la materia al alma; encontrar en el alma la parte superior de uno mismo”.  Él lo explicaba del siguiente modo:

“Retírate a ti mismo y mira. Y si no te ves aún bello, entonces, como el escultor de una estatua que debe salir bella, quita aquí, raspa allá, pule esto y limpia lo otro hasta que saca un rostro bello coronando la estatua, así tú también quita lo superfluo, alinea todo lo torcido, limpia y abrillanta todo lo oscuro y no ceses de “labrar” tu propia estatua hasta que se encienda en ti el divinal esplendor de la virtud…”.

Debemos constituirnos en artesanos de nuestra propia existencia, lo que significa, asumir la libertad, la responsabilidad y la conciencia para moldear nuestra vida como una obra única, guiados por nuestros propios valores, actitudes y decisiones en lugar de seguir moldes impuestos.

La fuente de nuestra felicidad y de nuestro sufrimiento reside en nosotros mismos, reside profundamente en la conciencia. Se trata de esa narrativa que vamos haciendo a lo largo de nuestra vida, construida de verdades, verdades a medias o medias verdades y, posiblemente, mentiras asumidas como verdades.

Así, el valor y la fuerza que le damos a todo ese mundo interno cargado de emociones, sentimientos, pensamientos que están ahí acerca de lo que hemos vivido, nos modelan la vida. La fuerza que le damos a lo vivido, independientemente de la verdad de lo vivido hace del presente en una razón de felicidad o de sufrimiento.

Es el sentido del yo creado por la mente, una ficción que continuamente revivimos como real, aunque no lo fuere. Ser consciente de ello, abre la posibilidad de lo nuevo, de reconstruir una nueva narrativa que nos conduzca por nuevos caminos hacia una vida más plena.

Reconozcamos la historia vivida para desprendernos del peso que ella tiene en nuestro presente y el porvenir por vivir. Tenemos la capacidad de autoproyectarnos y con ello construir una senda que nos conduzca a nuevos propósitos y sentidos de vida diferentes. Es reto por delante. Ser actores y autores de nuestro propio destino.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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