Hace unos días planteaba, a propósito de PISA 2025, hacer del aprendizaje una causa país. No para escalar posiciones en una prueba internacional, sino como respuesta a una pregunta más importante: ¿estamos formando a nuestra gente para construir el país que queremos?
Juan Temístocles Montás acaba de plantear esa misma pregunta frente a una aspiración productiva concreta: los semiconductores. ¿Cómo aspirar a esa industria y a la manufactura avanzada cuando apenas 9 % de nuestros estudiantes alcanza el nivel básico en Matemáticas, 26 % en Ciencias y 23 % en Lectura?
Pero la conclusión no puede ser reducir la ambición. Dar el salto al desarrollo exige cerrar la distancia entre las capacidades que hoy tenemos y las que requiere el país que aspiramos a construir. Ese, y no PISA ni los semiconductores por sí solos, es el verdadero reto.
Y cerrar esa distancia exige, primero, un despertar: que el aprendizaje de nuestros jóvenes deje de ser asunto de las escuelas y se convierta en asunto de todos. Ese despertar tiene que empezar en la ciudadanía (familias, docentes, empresarios, medios, sociedad civil), porque no podemos esperar que la alineación surja sola del sistema político, cuyos incentivos de corto plazo rara vez coinciden con el horizonte de una generación en formación.
Elevar esas capacidades empieza por construir un piso. Chris Corcino, en su reciente charla en TEDx Cumbayá, lo llama “piso cognitivo”: lectura, razonamiento y conocimientos que permiten preguntar, evaluar y verificar lo que la IA produce. Por encima del piso, la IA amplifica; por debajo, piensa por nosotros. Corcino estima que nueve de cada diez niños dominicanos estarían por debajo de ese piso. Radhamés Mejía llega a una idea semejante desde otro ángulo: más que alfabetización digital, lo que hace falta es “alfabetización cognitiva”, saber preguntar, verificar, contrastar fuentes y reconocer cuándo conviene no usar la IA.
Ese piso no basta si se queda ahí. A esa reflexión se suma una advertencia de Alejandro Moliné, planteada en un intercambio reciente: no basta construir el piso, hay que preservarlo y fortalecerlo. Si no se utiliza adecuadamente, la exposición intensiva a dispositivos y a la propia IA podría debilitar incluso capacidades ya desarrolladas.
Ahí aparece, quizás, la idea central de este artículo: en la era de la inteligencia artificial, el pensamiento crítico deja de ser solamente una competencia educativa o ciudadana y se convierte también en infraestructura productiva. No son, como advierte Radhamés, dos agendas distintas (aprendizajes básicos e inteligencia artificial): es la misma agenda, porque una economía con más IA no necesitará menos lectura o razonamiento, sino más. La misma capacidad que defendía como fundamento de una ciudadanía crítica y activa es la que necesitaremos para seguir siendo relevantes en el mundo laboral frente a una tecnología que, sin guía, piensa por nosotros. Un experimento con casi mil estudiantes de secundaria ofrece una señal en esa dirección: quienes usaron IA sin guía rindieron 17 % peor al quitársela, un daño que casi desapareció cuando la herramienta fue diseñada para proteger el aprendizaje.
La experiencia de Corcino ofrece una pista esperanzadora: el rezago acumulado no tiene que ser una condena. Su Instituto Cincinnatus ya forma docentes dominicanos en el uso de IA, y sostiene que el piso se puede reconstruir.
Recuperar exige también saber dónde se pierde el aprendizaje. Darwin Caraballo identifica grietas que se acumulan: inasistencia, ruido, calor, tiempo de clase que no termina siendo tiempo pedagógico, y que hay que detectar mientras ocurren, no cuando PISA presenta el resultado acumulado a los 15 años. Certificaciones, dispositivos y docentes formados son cifras de actividad, no de aprendizaje; de ahí la importancia de una evaluación permanente que reconozca, junto con la excelencia individual, el progreso colectivo.
Pero identificar las grietas tampoco basta si las respuestas siguen funcionando de manera aislada. Radhamés Mejía lo plantea desde una perspectiva sistémica: tenemos muchas de las piezas, pero el desafío es conseguir que funcionen juntas. Currículo, docentes, evaluación, tecnología, familias, liderazgo escolar y gobernanza deben alinearse alrededor de un propósito común: que estar en la escuela signifique aprender.
Con 69.3 % de nuestros estudiantes de 15 años por debajo del nivel básico simultáneamente en las tres áreas, como destacó Radhamés Mejía, conviene revisar una cultura demasiado centrada en el desempeño individual y asumir al estudiante no solo como resultado, sino como actor de una comunidad de aprendizaje. La experiencia finlandesa ofrece referencias interesantes: su modelo concibe la escuela como esa comunidad y promueve la participación del estudiante, la colaboración, la autoevaluación y la evaluación entre pares. Sobre esa filosofía podemos construir nuestra propia respuesta: estimular que quienes avanzan más contribuyan también al aprendizaje de quienes se van quedando atrás. Competir y colaborar no son incompatibles. La excelencia individual adquiere más valor cuando contribuye al progreso colectivo; aprender a avanzar con otros prepara además para trabajar en equipo y desarrollar nuevos liderazgos.
Esa brecha tiene además una dimensión socioeconómica urgente. Radhamés Mejía documenta que la diferencia en el índice de utilización de IA entre estudiantes dominicanos favorecidos y desfavorecidos alcanza 0.34 puntos, una de las mayores entre los sistemas con información disponible. Pero la desigualdad no está solamente en el acceso: dos estudiantes pueden utilizar la misma herramienta y obtener resultados muy distintos dependiendo de sus conocimientos previos, docentes, acompañamiento y capacidad para juzgar lo que la IA produce. La nueva brecha no será solamente entre quienes tienen y quienes no tienen tecnología, sino entre quienes pueden utilizarla para ampliar sus capacidades y quienes terminan utilizándola para sustituirlas. Democratizar la tecnología exige democratizar también la capacidad de aprender con ella, y ese despertar no puede esperar a que el sistema lo resuelva solo: es la ciudadanía, hoy, la que tiene que ponerlo en la agenda.
No existe una solución única: hay que construir y preservar las capacidades para aprender, detectar dónde se pierden, integrar las piezas del sistema y hacer que la excelencia de unos impulse el progreso de todos. La tecnología puede acelerar ese proceso, pero no sustituirlo.
Pero formar ese talento tampoco basta si la economía no crea espacios donde pueda desplegarlo. Educación y transformación productiva deben avanzar juntas: semiconductores, dispositivos médicos, electrónica, automatización y otras actividades intensivas en conocimiento son oportunidades para convertir capacidades humanas en innovación, productividad y mejores empleos. El reto es hacer que el talento que formamos encuentre en el país oportunidades para desarrollarse, innovar y generar progreso.
Todo ello sin perder de vista el propósito. No queremos aprender solamente para producir más, ni convertir los semiconductores, la inteligencia artificial o la manufactura avanzada en fines en sí mismos. Queremos que el conocimiento abra oportunidades, genere mejores condiciones de vida, empleos e ingresos, fortalezca nuestra ciudadanía, proteja nuestro medio ambiente y construya una sociedad más próspera y equitativa: el tránsito de producir más a vivir mejor que planteaba a propósito de Meta RD 2036.
Y el momento para plantearnos estas preguntas no podría ser más pertinente. Esta misma semana, el Foro Punta Cana reunió bajo el lema “El país que viene” a representantes de distintos sectores para debatir infraestructura, inversión, seguridad jurídica y liderazgo nacional. Si queremos pensar seriamente ese país que viene, las capacidades humanas que necesitará no pueden quedar fuera, y corresponde a la ciudadanía llevarlas a la mesa.
PISA nos muestra parte de la distancia que todavía debemos recorrer; los semiconductores y la manufactura avanzada, parte de aquello a lo que podemos aspirar. Entre ambos está nuestra verdadera tarea: elevar el aprendizaje, desarrollar pensamiento crítico, construir capacidades y convertir conocimiento en desarrollo.
Juntos podemos lograrlo: el aprendizaje debe convertirse en progreso. Y el progreso, finalmente, en una mejor calidad de vida.
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