El huracán Inés azoló la provincia Pedernales y otras comunidades del procurrente Barahona, el 29 de septiembre de 1966. En el centro de la comarca, calle Braulio Méndez esquina Juan López, colapsó el edificio de oficinas públicas, en block y techado de zinc, donde había funcionado hasta el 1961 la vieja escuela tras el ciclón Katie (1955).
Oficinas como Rentas Internas, Junta Municipal Electoral, Trabajo, entre otras que funcionaban en el local, entraron en receso, salvo la Oficialía del Estado Civil (OEC), a cargo de Juan Pérez hijo (Curú).
Apenas pasados los vientos del fenómeno hidrometeorológico y ante el asombro de muchos, él recuperó y trasladó a su casa familiar de la Juan López 4 el mobiliario en caoba centenaria, archivos con libros de nacimiento, matrimonio y defunciones, y los insumos que no se dañaron.
Allí despejó la sala y, en el centro, colocó el escritorio principal, la mesita de la maquinilla Olympia y los archivos con los libros que cuidaba con celo desmedido.
Muchos criticaron la acción. Consideraban una estupidez reabrir la oficina cuando todo debía darse por perdido y esperar a que el Gobierno resolviera.
En el edificio colapsado, un tropel de gente había sacado de los escombros madera, zinc, varillas retorcidas, muebles, equipos y otros objetos para beneficio propio. En horas, solo quedaba lo irrecuperable: un promontorio de blocks desmoronados.
Ante la emergencia, la gestión del presidente Joaquín Balaguer comenzó la construcción de una nueva edificación en el mismo lugar, a un costo de 67,000 pesos (a la par con el dólar). La inauguró el 7 de septiembre de 1968.
La obra de dos niveles fue diseñada y construida por la Oficina de Construcción y Reconstrucción de Viviendas para la Región Suroeste, dirigida por el ingeniero Ángel Pezzotti, mismo del Barrio Inés hecho al sureste del municipio para damnificados del poderoso huracán.
Durante todo el tiempo de resaca y del proceso constructivo, Curú casó muchas parejas, llenó muchas actas de nacimiento, de defunción, para fines escolares y electorales.
Si asombro generó cuando salvó los bienes del Estado e instaló la oficina en la vivienda familiar para que siguiera funcionando cuando otros entraron en pausa larga, más asombro despertó cuando los regresó al espacio asignado a la OEC en el ala derecha del segundo piso del edificio acabado de inaugurar.
No podían creerlo. Le increpaban sobre su actitud, y él, molesto, siempre en su eterno tono bajo, respondía cortante: “Es que eso no es mío, eso del Estado, y yo no soy ladrón, y un hijo mío no puede salir ladrón porque soy el primero en llevarlo preso”.
Este hombre delgado siguió con sus tareas habituales. Semicojo a causa de una caída de un caballo nervioso, pero caminaba rápido y siempre llegaba más temprano. Ninguna dolencia le paraba. Era estricto con la escritura. Un diccionario Larousse siempre estaba a su derecha. Escribía hermoso, pese a que no era académico. No se permitía faltas ortográficas ni borrones en los libros.
Su conuco en Los Olivares y la siembra del patio, más la atención al caballo colorado, los perros y la puerca en la pocilga, eran su otra prioridad, después de cumplir como servidor público.
En la Oficialía no faltaban las recurrentes tentaciones de sobornos e intimidación por parte de particulares e influyentes políticos, especialmente funcionarios reformistas, para que expidiera actas de mayoría de edad a menores que, previamente, manipulaban para que votaran por ellos. O actas de matrimonio falsas, o hacer casamientos expresos a personas desconocidas en la comunidad, arreglos de nombres. Hubo ofertas resonantes como mejorar la economía de la familia. Y hubo respuestas como: “La ley no dice eso, ¡váyase ahora mismo de aquí”.
El de oficial civil era un cargo apetecido, no por el salario (RD$60.00), sino por lo que algún delincuente de cuello blanco podía conseguir a través de él, que eran millones.
Curú había sido nombrado en 1963 durante el gobierno constitucional presidido por Juan Bosch (PRD). En la oficina a su cargo también hacía de limpiador, vigilante, mensajero, reparador de lo dañado. Durante los períodos de 12 años y 10 años de Balaguer su cargo estuvo en la mira de los corruptos que veían en él una mole infranqueable de honradez, legalidad, transparencia y solidaridad.
En 1994, luego de 30 años de faena sin mancar ni llegar tarde, los médicos le diagnosticaron un cáncer de colon que lo llevó a la cama.
Mientras estaba en licencia médica fue subrepticiamente cancelado por gestión de un senador, pese a sus 30 años de servicio sin tachas que le avergonzaran. Pero él ni se enteró. Para no agravarle el mal, sus hijos cubrieron su salario hasta que el cáncer le hizo metástasis en hígado y murió con 76 años el 14 de mayo de ese año, previo a las elecciones nacionales que “ganaría” Balaguer, no sin antes levantar la mano y advertir a los suyos: “Me estoy muriendo, pero nadie me puede señalar; no se corrompan”.
Curú ha quedado instalado en el imaginario de los pedernalenses de aquellos tiempos como un icono del servidor público honrado, transparente y solidario.
Ahora que, tras reiteradas denuncias y reclamos, el Gobierno ha demolido el edificio de oficinas públicas porque no aguanta reparación en vista de su construcción a la carrera con poco cemento, pocas varillas y mucha arena de la playa Pedernales sin ningún tratamiento, como las casas de los barrios Inés y Miramar; ahora que lo han tumbado porque no es una obra arquitectónica que merezca una inversión multimillonaria para conservarla, se impone que la comunidad apoye, pero sin incondicionalidades. La transparencia y el cumplimiento de las normas para construcciones deben estar en primer plano.
De entrada, la constructora debió proteger el área por razones de seguridad y por la salud de los residentes del entorno. Y colocar una valla con el diseño, el costo y fecha de finalización de la obra para que la población vea y siga el proceso hasta el final. En este tiempo, y con el turismo en las narices, sería inaceptable un cajón feo y de mala calidad, solo porque se trata de una provincia fronteriza conformista.
Ese edificio debe hacerse bien y bonito con base en un diseño que lo haga memorable, para que Curú y otros servidores públicos como él no se conmuevan de las tumbas en el cementerio municipal.
Apoyemos, pero exijamos. El Gobierno tiene una deuda grande con la provincia Pedernales que debe cumplir. Es acentuado su rezago en la modernización y en proyectos sociales orientados al desarrollo integral prometido en los territorios de los municipios Pedernales y Oviedo, con sus respectivos distritos municipales, parajes y secciones.
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