Hay momentos en la vida de una Maestra, Maestra de Vocación, de entrega, compromiso y mucha pasión para que sus muchachos aprendan, que la llevan a cuestionarse a sí misma y se pregunta si es que no saben leer cuando a su humilde entender, están cometiendo errores. Pero todavía más, se cuestiona cómo es posible si pudo haber tenido a mano el sartén por el mango, y dejó que los demonios se desaten y que pueda perder el momento que ese compañero ha traído después de larga espera.
Esa Maestra puede ser cualquiera de las 125,000 que más o menos están en nómina. Puede ser una directora que la ascienden a Maestra (¡SÍ!) … para mí es un ascenso, y lo es porque de manera más directa hace posible la transformación de la vida de sus niños y de sus jóvenes, que siendo sus estudiantes pueden moldearlos para hacerlos hombres y mujeres de bien.
Pero como también puedo ser yo que soy Maestra y como tal me he dado a conocer, no voy a explicar qué quiero decir en un trabalenguas para que no me corten la mía, que no teniendo precio, no pueden callarme. Es difícil sin pertenecer al partido de turno, trabajar con los gobiernos dominicanos. Eso dice la práctica, pero también hay excepciones. Durante 67 años, he vivido mi práctica profesional al margen de los partidos políticos. O de sus momentums … o de sus ideologías … o de sus resultados.
Nadie ha vivido, con excepción de mi inolvidable Fabio Cabral, a quien le llamaban el “Corcho”, el servir de una u otra manera a TODOS los partidos del espectáculo político carnavalesco nacional. Y si alguien quisiera competir conmigo en de quién recibió mejores condiciones de libertad e independencia para realizar sus tareas pedagógicas y técnicas, no me han de ganar porque el respeto a mi pluma y mi voz ha sido la marca que me ha acompañado desde Don Fello Bonelly, Héctor García Godoy, Donald, Balaguer, Don Antonio, Jorge Blanco, Leonel, Danilo y el Presidente Abinader. Aunque este último es el único a quién no tengo el gusto de conocer ni darle un mandado que le enviaron de Washington en junio del 2025, cuando me lo encontré en el Hotel Jaragua se lo dije y dio órdenes al amigo, colega y profesor Angel Hernández, para que me gestionara la cita. El Dr. García Fermín estaba presente. La cita nunca la concedieron.
Cuando la solicité yo varias semanas después, una Directora de Despacho me dijo que tenía que entrevistarme primero para saber lo que yo iba a buscar o pedir. Muerta de risa le dije a la señorita, dígale a su Jefe que “no le llevo el Mensaje a García”. (Simil de la guerra en Cuba). No tenía nada qué buscar ni nada que pedir. Soy asesora de muchos ministros y legisladores” en el gobierno y no puedo coger más “clientes”.
Como a buen entendedor bastan pocas palabras, me cito en párrafos con los títulos de dos temas que nos agobian y sobre los que he escrito en este prestigioso periódico digital, Acento, que acoge mis letras octogenarias. Uno de los temas es el de la llamada “fusión”, y el “otro”, el de la llamada “Evaluación de Desempeño Docente” que es el tollo más grande que se ha dado para disfrazar un aumento de salario a docentes que se quemarán en la evaluación.
Voy al grano y me cito, todo entre comillas. No me plagio a mí misma.
Más que una fusión, una transformación educativa impostergable
(J. Malagón, ACENTO. 16 de febrero, 2026)
La República Dominicana enfrenta una realidad que no podemos ignorar. Nuestros resultados en evaluaciones internacionales como PISA nos colocan en los últimos lugares en lectura, matemática y ciencias. Las pruebas regionales muestran tendencias similares. Hablan coros de voces de los desastres que hacen y deshacen los muchachos en las escuelas públicas (también los hay con menor escándalo, pero con mayor disciplina en la privada). Más preocupante aún es el diagnóstico compartido por universidades, empleadores y familias: cuando muchos jóvenes egresan del nivel secundario, no poseen las competencias fundamentales para insertarse con éxito en la educación superior ni en ese estadio de vida ni posterior en el mundo laboral.
Este no es un señalamiento contra una gestión específica. Es un problema estructural que se ha acumulado durante décadas y que constituye hoy un clamor nacional. Tampoco es exclusivo de Dominicana. La educación superior en general, reafirmo, en general, también da señales de crisis, de debilidades que exigen mejoras que, en el caso de la formación de profesores, demandan una formación más cualificada que en el aula preuniversitaria pueda ofrecer al niño la oportunidad de aprender, de aprender desde aprender a leer, para leer para aprender toda la vida. Esa es en mi concepción, el ideal del maestro que forma la universidad y que luego se circunscribe a una obra casi milagrosa de transformar la vida de un niño, simplemente enseñándole.
El proyecto de ley en el Congreso habla de fusión. Sin embargo, el nuevo ministro designado de Educación Superior, Ciencia y Tecnología —veterano profesor, dirigente sindical y político, pero aclaro, viejo amigo y compañero de trabajos en la educación desde la Ley 66-97 hasta el Plan Decenal, y es una figura con larga trayectoria en el ámbito educativo— y parece ser que ha llamado la atención de muchos que ha planteado en sus primeras declaraciones que no debemos centrar la discusión en la palabra “fusión”, sino en la necesidad de transformar el sistema educativo.
Transformar implica valentía técnica
Transformar el sistema educativo es asumir decisiones complejas:
- Revisar el currículo
- Evaluar el desempeño docente con criterios profesionales.
- Exigir resultados de aprendizajes medibles
- Priorizar la calidad sobre la complacencia. Sin intervenciones de carácter político partidario.
- Fortalecer la formación inicial y continua de los maestros. Mejorando la formación de los formadores de formadores.
- Integrar ciencia y tecnología como ejes transversales. La producción nacional requiere de un impulso en la innovación que, a través de la ciencia y el uso de la tecnología, entre los principales resultados, se produzcan patentes comerciales.
- Y, sobre todo, reconocer que la baja calidad educativa es una urgencia nacional que no admite más dilaciones. Se nos acabó el tiempo.
Afirmo que el momento exige menos confrontación y más construcción. Si hablamos de fusión, que sea para transformar. Si hablamos de transformación, que sea para elevar la calidad. Y si hablamos de calidad, que sea para que nuestros estudiantes dejen de ocupar los últimos lugares y comiencen a ocupar el lugar que merecen.
En la superficie del escenario educativo: fusión o separación entre MINERD y Mescyt
(J. Malagon, ACENTO. 2 de junio, 2025)
La fusión de los Ministerios de Educación y de Educación Superior puede ofrecer beneficios significativos en términos de coherencia política, optimización de recursos y mejora en la transición entre niveles educativos. Las experiencias de países como Finlandia, Singapur y Corea del Sur muestran que una gestión integrada puede contribuir a una mayor calidad educativa y mejores resultados académicos, resultados académicos que se miden en los aprendizajes de los estudiantes.
Es oportuno señalar que la mayor reserva se ha expresado en no entenderse por qué la comisión designada por decreto por el Señor Presidente de la República, está únicamente conformada por rectores y exrectores universitarios, ya que yo argumento que no habiendo objeción a ninguno como personas ni como rectores, ni como profesionales reconocidos de éxito ni como hombres y mujeres de integridad, formación y experiencia, se dice por voces autorizadas en la materia, que la posición de rector no implica necesariamente conocer, estar formado y tener experiencia a lo largo de todos los niveles que encierra el sistema educativo, aunque muchos tengan esa formación y experiencia.
Desafíos y Consideraciones: Burocracia y Resistencia al Cambio; Equidad en la Distribución de Recursos; Autonomía Universitaria; Complejidad Administrativa; Planificación Detallada; Consulta y Participación; Pilotaje y Evaluación.
Aunque la fusión de los Ministerios de Educación y de Educación Superior no es universal en Iberoamérica, la evidencia internacional sugiere que puede ofrecer beneficios significativos en términos de coherencia política, optimización de recursos y mejora en la calidad educativa. Sin embargo, la implementación de esta política debe ser cuidadosamente planificada y adaptada a las necesidades y contextos específicos de cada país para maximizar sus beneficios y mitigar los desafíos potenciales. Y se ha cometido un gran error que no debió ocurrir y es que no se consultó un proyecto de esta envergadura con la clase dirigente del sistema educativo a todos los niveles, las familias y los actores, y se ha impuesto una nueva política que nace de un desconocimiento absoluto de lo que se ha propuesto.
¿Se ha perdido la razón…?
(J. Malagón. ACENTO. 6 de octubre, 2025)
Hace décadas, en los años 70, 80 y 90, los educadores pedíamos a gritos lo que era justo: salarios dignos para los maestros. En aquel tiempo, sus sueldos eran vergonzosos frente a la nobleza de su oficio. Reclamábamos justicia porque queríamos calidad, y no se puede exigir calidad sin dignidad.
Ya en los 90, dentro del propio sistema, logramos algo impensable: cinco aumentos consecutivos en menos de cuatro años. Pero no fueron aumentos lineales ni caprichosos. Se diseñaron como incentivos al desempeño, diferenciados por mérito, sin resistencia del Gobierno ni del Ministerio de Hacienda.
Lo más importante no fue el aumento en sí, sino la creación de la Ley 66-97, que institucionalizó el 4 % del PIB para la educación. Esta fue una idea y una motivación que me dio el amigo Rafael Santos, hoy Ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, cuando nos encontramos accidentalmente en Migración en el aeropuerto de Miami. La Ley yo la declaro como una una conquista histórica que abrió un nuevo horizonte de justicia y esperanza.
No se trata, como algunos piensan, de un aumento general. Hablo de la próxima o inminente Evaluación de Desempeño Docente que la apellido en el Aula (ahí es donde nos interesa saber el punto final en el que aterriza, después de recorrer todo el espacio del centro para llegar a enseñar lo que debía ser, para llegar a que los niños aprendan.) Se trata entonces de un incentivo de desempeño mal concebido, que contradice su propio propósito. Según la escala actual, el incentivo empieza en un 32 % para los docentes destacados, un 28 % para los competentes, un 24 % para los de resultados básicos, un 17 % para los insuficientes, y aún, un 7 % para quienes apenas alcanzan 65 puntos.
¿Y qué significa eso en la práctica? Que un maestro que no logra siquiera la nota mínima para aprobar, recibe también un incentivo. Entonces, ¿qué le enseñará ese maestro a su estudiante? ¿Que con 65 puntos se pasa de grado? Porque, según la normativa escolar, para promoverse y ser egresado de bachillerato o secundaria se necesita en el peor de los casos un 70% acumulado. Me pregunto, ingenuamente, como si no supiera de lo que hablo … ¿Sabrá entonces el alumno más que su propio maestro desde el inicio del año escolar?
La Evaluación de Desempeño Docente no debe ser un mecanismo de reparto, sino una brújula de justicia y mejora continua. El país no necesita más aumentos generales: necesita una revolución moral en el magisterio, PRIMERO, Y TAMBIÉN EN TODO EL PAÍS. Y esa revolución empieza cuando se premia el mérito, se corrige el error y se deja de llamar “progreso” a lo que, en el fondo, es un retroceso.
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