Hay novelas que cuentan una historia y otras que interrogan una civilización. Los hermanos Karamázov pertenece a las segundas. Publicada en 1880, convierte una familia en laboratorio de la condición humana: fe y razón, deseo y responsabilidad, libertad y culpa.

El asesinato del padre no es solo el eje policial. Es el acontecimiento a partir del cual Dostoievski formula una pregunta nada ingenua: ¿qué ocurre cuando se debilitan los fundamentos morales que limitan la libertad?

Una pregunta semejante, desde una realidad histórica completamente distinta, atraviesa Over, de Ramón Marrero Aristy, publicada en 1939. No construye una tragedia metafísica familiar, sino una tragedia social: la vida de los trabajadores del batey sometidos a un sistema que convierte la necesidad en mecanismo de dominación.

A pesar de su distancia —Rusia zarista en crisis espiritual, Caribe agroindustrial bajo Trujillo— ambas convergen en un punto: el mal no aparece como anomalía individual, sino como realidad que se instala en las relaciones humanas y compromete la responsabilidad de todos.

Precisamente esa distancia hace fecundo el encuentro. Dostoievski lleva el mal al alma; Marrero Aristy, a la estructura. Uno pregunta por la libertad ante el misterio del mal; el otro, por la libertad dentro de un sistema que la asfixia. Y ambos verifican una misma tesis: una cultura se vuelve universal no cuando abandona su lugar, sino cuando convierte ese lugar —la casa de los Karamázov, el batey— en metáfora del ser humano.

El padre y el sistema

Entre los Karamázov, Fiódor Pávlovich no es solo un personaje más, dado que es la fuente del desorden. Su sensualidad, avaricia e irresponsabilidad constituyen un principio corruptor. Sus hijos son respuestas distintas ante ese desorden: Dmitri, la pasión contradictoria; Iván, la rebelión contra un universo donde el sufrimiento de los inocentes parece incompatible con Dios; Aliosha, la reconciliación fundada en el amor.

En Over, al contrario, el padre se diluye bajo el peso de la carencia. No hay un Fiódor que concentre los vicios. Su lugar lo ocupa un sistema: el ingenio azucarero, el endeudamiento, la usura y la dependencia casi absoluta, donde el abuso se vuelve normalidad.

Ahí aparece la diferencia decisiva y el aporte dominicano: en Dostoievski el mal se concentra en una familia; en Marrero Aristy se reproduce en una sociedad. Reunidos, ambos desembocan en lo mismo: ¿basta atribuir la culpa a quien ejecuta directamente el mal? 

La libertad como problema

En los Karamázov, la libertad es carga insoportable. El hombre quiere ser libre, pero desea que alguien le indique qué hacer. En la parábola del Gran Inquisidor, Iván formula la paradoja: quizá los hombres prefieran la seguridad de la obediencia a la angustia de una libertad radical.

En Over, la libertad es más concreta. El trabajador puede elegir, pero su margen está reducido por la necesidad y el sometimiento. Puede aceptar o enfrentar, obedecer o rebelarse, pero cada decisión está condicionada materialmente.

En ese marco de referencia ambivalente, Dostoievski pregunta si el hombre puede soportar la libertad. Marrero Aristy, si puede llamarse libre a quien carece de condiciones para ejercerla.

El mal: acto y estructura

En Dostoievski, el mal nace del deseo, del resentimiento, de la avaricia, y llega al extremo de introducir una dimensión radical: la responsabilidad de tanta maldad no termina en el acto que uno ejecuta. El asesinato lo ejecuta Smerdiakov, pero Dmitri ha deseado la muerte del padre, Iván ha elaborado ideas que Smerdiakov interpreta como autorización moral. La pregunta ya no es solo quién mató, sino quién es responsable de que el asesinato haya podido ocurrir.

Over adiciona un contrapunto enriquecedor a dicha cuestión. También existen los responsables concretos de tanto mal, pues la injusticia no depende solo de individuos perversos. Existe toda una maquinaria que permite que la explotación se reproduzca. El mal deja de ser solo un acto individual y se convierte en una relación social institucionalizada.

Dostoievski lo expresa desde la conciencia del individuo; Marrero Aristy, desde la experiencia colectiva.

Iván y Aliosha

El puente más interesante con el batey dominicano es Iván. Este no puede aceptar un mundo donde los inocentes sufran. Su rebelión no nace de la indiferencia, sino de una exigencia moral: si el universo exige aceptar el sufrimiento de los inocentes como parte de un orden superior, él rechaza ese orden.

La pregunta de Iván puede trasladarse a la plantación: ¿puede considerarse legítimo un sistema cuya prosperidad depende de la miseria de quienes lo sostienen?

Si Iván es la protesta, Aliosha es la posibilidad de redención. Donde Iván exige explicación racional, Aliosha responde con fraternidad. No resuelve intelectualmente el misterio del mal, sino que impide que destruya la capacidad de amar.

Marrero Aristy no ofrece una solución religiosa; su horizonte es social. La redención depende de reconocer la injusticia y transformar las relaciones que la producen. Aliosha redime por fraternidad; Over apunta a redimir por conciencia. En ambos, salir del mal exige superar el egoísmo.

Del lugar a lo universal

Contraponer ambas novelas no es decir que Marrero Aristy sea un Dostoievski dominicano. Sería equivalencia falaz.

La grandeza de la comparación está en mostrar cómo dos mundos radicalmente distintos formulan — desde sus originalidades — una misma pregunta moral.

Dostoievski advierte que ninguna estructura absuelve completamente al individuo. Marrero Aristy recuerda que tampoco puede responsabilizarse solo al individuo de males organizados históricamente por la sociedad.

Uno escudriña el abismo del alma individual. El otro, el despeñadero de un conglomerado. El mal puede nacer en el corazón, pero también organizarse en estructuras; puede cometerlo una persona, pero puede ser producido o tolerado por muchos. Puede ser pecado, pero también puede convertirse en sistema.

Por eso la casa de los Karamázov y el ingenio dejan de ser solo Rusia y la República Dominicana para convertirse en metáforas del hombre frente al mal que hereda, produce o tolera.

Y nos obligan a mirar el mismo lugar: nuestra responsabilidad frente al mundo que contribuimos a construir con pensamientos, actos u omisiones.

Entre ambos hay un siglo, dos continentes y una misma pregunta cuya respuesta hace universal a Marrero Aristy, a la par de Dostoievski: ¿resignarnos al mal como destino o atrevernos a transformar el mundo que lo hace posible?

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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