Aun en su etapa de declive, los imperios conservan un enorme poder duro, bajo la forma de fuerza militar y mecanismos de inteligencia y subversión y ahí es donde se convierten en más agresivos. El secuestro del dictador venezolano Nicolás Maduro produjo una conmoción en el mundo, tanto por la forma como por el contenido, y es una muestra del poder duro estadounidense.
Paradójicamente, donde menos desaprobación generó fue entre los propios pueblos latinoamericanos, debido a que el régimen de Maduro era muy mal visto, porque estamos cansados de dictaduras corruptas, y ese gobierno había llevado a Venezuela a un estadio de represión y miseria que había empujado a emigrar a millones de sus ciudadanos, remedando lo que antes había ocurrido con Cuba, tanto por sus erróneas políticas como por el embargo económico.
Era una dictadura como las muchas que hemos conocido en nuestra azarosa historia republicana: realizaba elecciones, pero como farsa, impidiendo la participación de reales opositores, manteniendo cientos de prisioneros políticos y corrompiendo múltiples estamentos.
Ahora bien, la complacencia de muchos latinoamericanos decayó de inmediato al salir a flote, con palabras del mismo Trump, a la franca, cuáles eran los verdaderos objetivos de la acción militar: no era por democracia, no era por narcotráfico, no era por terrorismo, era por el petróleo y otros recursos de Venezuela.
El éxito militar y de inteligencia alcanzado en Venezuela despertó el temor de que acciones parecidas se hicieran extensivas a otros países de la región. Sin embargo, si bien infundió temor, tengo la impresión de que el gobierno norteamericano va a buscar controlar a América Latina mediante mecanismos más sutiles.
Gracias a la fortaleza que van adquiriendo las ideas neofascistas en el mundo, lo más probable es que vaya imponiendo regímenes de su agrado en todas partes mediante elecciones. De paso, ya en su corto período ha venido siendo determinante para imponer gobiernos ultraderechistas en cuantas elecciones se han celebrado en América Latina, y es muy posible que al término de su período la región entera esté dominada por estos regímenes, con todos sus efectos de represión e injusticias, hasta que los pueblos reaccionen al ver que salieron de Guatemala para guatepeor.
Lástima que, en el interregno, los pueblos de América Latina perderían voces como las de Petro, Sheinbaum o Lula, que ahora representan la dignidad latinoamericana.
A propósito, tras la acción en Venezuela, he leído o escuchado muchas conjeturas sobre un supuesto acuerdo tácito entre las grandes potencias del momento para una nueva repartición del mundo, según el cual, EUA tomaría Venezuela sin que los demás opusieran resistencia; Rusia quedaría autorizada a tomar Ucrania y China a Taiwán.
No comparto este razonamiento por muchas circunstancias. Lo primero es que ni China ni Rusia iban a arriesgar la paz mundial ni a meterse en una guerra contra Estados Unidos en el Hemisferio Occidental para defender a un gobierno tan impopular como el de Maduro. Lo segundo es que ambas potencias aplican en este caso la máxima napoleónica de que, cuando ves que tu enemigo camina hacia el abismo, no intentes corregirle el camino.
Pero la principal razón por la que no comparto el razonamiento es que se trata de tres casos completamente diferentes. Rusia siente un riesgo existencial con Ucrania incorporada en la OTAN; Venezuela ni ningún país latinoamericano ofrece un riesgo de inseguridad para EUA, sino al revés, es nuestra región la que está en grave peligro. Y China, salvo algunas querellas fronterizas que ocurren en cualquier parte, no ha manifestado durante más de quinientos años vocación de conquistar ni de invadir países ni de imponerles sus gobiernos o sus valores.
Prefiere preservar el orden internacional de posguerra que, aunque fuera diseñado por otros, le ha venido muy bien. Lo único que le interesa son dos cosas: la primera es mantener abiertas las rutas comerciales para poder sustentar su desarrollo, y la segunda es recuperar sus territorios de los que fue despojada durante el siglo de las humillaciones. Taiwán es el último territorio que le falta, tras haber recuperado las colonias de Hong Kong y Macao.
Hay una diferencia fundamental entre EUA intervenir en Venezuela y una hipotética intervención china en Taiwán: según el derecho internacional, aunque se encuentre en el área de influencia de EUA, Venezuela no le pertenece, es un país soberano, e intervenir militarmente su territorio es una violación a su soberanía y por tanto, al orden internacional, pero Taiwán sí pertenece a China.
Taiwán no se encuentra en el área de influencia china, sino que es parte de China, como Nueva York es parte de Estados Unidos. Así lo reconoce el derecho internacional y ni los mismos habitantes de Taiwán lo niegan. A lo sumo, lo que discuten es quién representa el gobierno legítimo de China, si el que está en Beijín o el de Taipéi.
Por eso Taiwán se llama oficialmente República de China y, así como la República Popular espera recuperar la isla, igualmente Taiwán mantiene la ambición de recuperar el territorio continental, por lo que lo mejor para ambos es avanzar hacia la unificación pacífica. A ambos lados del mar, a pesar de las persistentes instigaciones de los EUA, los habitantes de una y otra rehúyen la posibilidad de una guerra fratricida entre chinos.
Desde hace décadas, la profecía más veces fallida en Occidente es aquella de que la invasión a Taiwán está por llegar. La otra predicción que tiene más de 15 años y no llega, es la de una grave crisis económica en China.
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