A propósito de un reciente artículo de opinión publicado en el Caribe el pasado 11 de agosto de 2026, bajo el título «Cultura… sin presupuesto no es Cultura», considero necesario abrir una conversación que vaya más allá de la simple demanda de mayores fondos.
Es indiscutible que la cultura dominicana necesita mayores recursos y una prioridad real dentro de las políticas públicas del Estado. Resulta apremiante medir su aporte al Producto Interno Bruto, fortalecer la relación entre cultura y educación, desarrollar el turismo cultural, aprovechar las industrias creativas, impulsar la Ley de Mecenazgo y proyectar internacionalmente nuestras expresiones artísticas.
Sin embargo, el debate no puede agotarse en el monto de la partida presupuestaria. La pregunta fundamental que sigue pendiente es:
¿Qué política cultural de Estado queremos financiar con esos recursos?
Más presupuesto, pero también más preguntas
Cuando se compara la inversión cultural con la de otros sectores del Estado, suele argumentarse que cuando existe voluntad política es posible movilizar grandes recursos hacia una prioridad nacional.
Es una reflexión válida. Pero toda comparación presupuestaria debe conducir también a otra pregunta:
¿Qué resultados estamos obteniendo con los recursos que actualmente recibe el sector público cultural?
Reclamar una mayor inversión obliga simultáneamente a cuestionar:
- ¿Cuáles son las prioridades de la inversión actual?
- ¿Cuánto se destina a remuneraciones y funcionamiento administrativo versus creación y formación?
- ¿Cuánto llega efectivamente a los artistas, investigadores y gestores de las provincias?
- ¿Cuánto se invierte en conservación patrimonial, infraestructura y mantenimiento sostenible?
- ¿Cuáles son los resultados medibles de esa inversión en el tejido social?
Exigir más recursos es necesario, pero la discusión sobre la eficiencia, las prioridades y la transparencia del gasto existente es igualmente insustituible. Más presupuesto, sí, pero acompañado de una firme rendición de cuentas.
¿Actividades culturales o política cultural?
Aquí encontramos uno de los puntos centrales del debate. A menudo se confunden los festivales, las ferias, los congresos y los eventos regionales con la existencia de una política cultural.
La descentralización es imprescindible. Los eventos pueden ser instrumentos valiosos, pero un conjunto de actividades no demuestra, por sí mismo, la existencia de una Política Cultural de Estado. Para afirmarlo sería necesario conocer el diagnóstico que los sustenta, sus metas, sus indicadores y los mecanismos para garantizar su continuidad.
Las preguntas que quedan abiertas son:
- ¿Dónde está el Plan Nacional de Cultura?
- ¿Dónde se establece la continuidad de las políticas más allá de una administración?
La evaluación de una iniciativa no termina cuando concluye el evento; comienza después: qué capacidades quedaron instaladas, cómo se fortaleció a los artistas e instituciones locales, qué públicos se formaron y cómo se protegió el patrimonio de la comunidad.
La economía de la cultura no es toda la cultura
Es correcto y urgente medir el aporte económico de la cultura y conocer la productividad de las industrias creativas y el entretenimiento. Necesitamos una estrategia internacional para nuestras expresiones musicales de mayor alcance, como el merengue y la bachata.
Pero debemos evitar que la rentabilidad económica se convierta en el único criterio para determinar qué manifestaciones merecen la atención del Estado.
La República Dominicana posee un vasto patrimonio cultural inmaterial —desde el merengue y la bachata hasta los Congos de Villa Mella, la tradición Cocolo y la fabricación del casabe— que requiere una estrategia integral de protección, transmisión e investigación.
No todo lo cultural se mide por su capacidad de generar ingresos:
- Una tradición comunitaria posee un enorme valor identitario aunque su rentabilidad comercial sea nula.
- Un archivo histórico o una escuela de arte provincial pueden no rendir beneficios financieros inmediatos, pero son insustituibles para comprender quiénes somos.
Lo que tiene valor cultural no siempre tiene precio de mercado. Necesitamos medir la economía de la cultura, sin reducir la cultura a su economía.
Patrimonio e infraestructura: la sostenibilidad necesaria
Las intervenciones en museos, teatros, monumentos y escuelas de bellas artes son inversiones indispensables. Cuando una obra pública resuelve una necesidad cultural, debe reconocerse.
Sin embargo, una infraestructura no concluye cuando se inaugura; allí comienza la etapa de mantenimiento, programación, conservación y gestión. Sin una política permanente de sostenibilidad institucional, la recuperación física corre el riesgo de deteriorarse en el corto plazo.
Hacia un Plan Nacional de Reconocimiento e Identidad
Para superar la dispersión, debemos dar un paso crucial: pasar de una visión puramente administrativa a un plan integral de conocimiento de la trama cultural dominicana.
No podemos articular una política pública sobre lo que no conocemos a profundidad. La cultura de una nación no reside únicamente en la agenda de los ministerios ni en los circuitos comerciales; reside en el tejido vivo de sus comunidades, creadores, gestores provinciales, investigadores, artesanos y colectivos independientes.
Construir esa visión de Estado exige priorizar un Plan Nacional de Levantamiento e Integración Cultural orientado a:
- Cartografiar y reconocer a todos los actores: Identificar y articular a los gestores y creadores de cada territorio para que la inversión responda a realidades locales y no solo a decisiones centralizadas.
- Proteger y transmitir la diversidad patrimonial: Vincular el patrimonio material e inmaterial con el sistema educativo y la memoria de las futuras generaciones.
- Garantizar la participación ciudadana: Convertir a las comunidades culturales en agentes co-responsables de la planificación y evaluación de las políticas públicas.
La secuencia correcta: Primero la estrategia, luego el presupuesto
Invertir el orden de esta discusión ha sido, históricamente, el gran error de la gestión pública cultural. Pretender resolver las carencias del sector aumentando partidas presupuestarias sin una visión clara equivale a verter agua en un recipiente horadado: una parte considerable se diluye en la inercia administrativa y en estructuras burocráticas que consumen los recursos antes de que lleguen a las comunidades y a los creadores.
Por eso, la secuencia debe ser inequívoca: primero el plan; luego, el presupuesto.
Solo cuando contemos con un conocimiento real de nuestras necesidades y prioridades, podremos discutir con rigor cuánto dinero se requiere y cómo debe invertirse para evitar que quede atrapado en las garras de la burocracia:
- De la burocracia a la creación: Establecer límites al gasto administrativo para garantizar que la mayor parte de la inversión llegue directamente a la formación, la creación, la investigación y la conservación patrimonial en las provincias.
- Mecanismos transparentes: Sustituir la discrecionalidad por concursos públicos, fondos concursables, convocatorias abiertas y veedurías independientes.
- Sostenibilidad y resultados: Condicionar las asignaciones a la evaluación de impacto real y a la creación de capacidades locales permanentes.
Defender la cultura dominicana no es simplemente exigir un presupuesto más amplio. Es exigir una visión clara de Nación, un conocimiento profundo de quienes la construyen día a día desde sus territorios, y una arquitectura transparente que garantice que cada peso invertido se transforme en identidad, dignidad y desarrollo.
Más presupuesto, sí. Pero solo después de saber para qué, para quiénes y con qué garantías de que llegará a su destino.
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