“La educación transforma cuando se atreve a cuestionar los supuestos que la sostienen; cuando no lo hace, solo perfecciona la repetición”. Benjamín Amathís
Hablar de la educación como motor de desarrollo se ha vuelto casi una afirmación automática. Se repite sin demasiadas preguntas. Y, sin embargo, esa certeza corre el riesgo de vaciarse de sentido cuando no se acompaña de una reflexión más profunda sobre cómo, desde dónde y para qué educamos. No toda educación transforma por el solo hecho de existir; algunas, incluso bien intencionadas, terminan reforzando inercias que ya no dialogan con la realidad que dicen querer cambiar.
Durante años hemos sostenido —casi como un acto de fe colectiva— que la educación es el camino hacia el progreso. Esa convicción ha impulsado políticas, reformas y esfuerzos que merecen reconocimiento. Pero con menor frecuencia nos detenemos a revisar los paradigmas desde los cuales educamos y, sobre todo, aquellos que seguimos reproduciendo sin cuestionarlos, aun cuando el contexto social, tecnológico y cultural ha cambiado de manera profunda.
Un paradigma no es una teoría abstracta ni una moda intelectual. Es el marco desde el cual interpretamos la realidad y tomamos decisiones. La reflexión contemporánea ha mostrado que los sistemas no cambian solo por acumulación de mejoras, sino cuando los supuestos que los sostienen dejan de explicar el mundo. En educación, esos supuestos influyen en lo que entendemos por “buen estudiante”, “buen docente”, “calidad educativa” o “éxito escolar”. Cuando esos marcos envejecen, la educación pierde capacidad transformadora y se limita a reproducir lo conocido.
Estas reflexiones no buscan señalar culpables ni restar valor a los esfuerzos realizados. Por el contrario, reconocen que muchas innovaciones nacen de un deseo genuino de mejorar. El problema aparece cuando se habla de cambio sin revisar las estructuras mentales que lo condicionan. Se actualizan currículos, se incorporan metodologías y tecnologías, pero estas suelen convivir con lógicas heredadas difíciles de mover: prácticas centradas en el cumplimiento, evaluaciones clasificatorias y modelos de gestión más preocupados por controlar que por aprender. Reconocer estas tensiones no es una crítica destructiva; es una oportunidad para avanzar con mayor coherencia.
En ese sentido, el aprendizaje revela el paradigma en juego. Cuando aprender se reduce a cumplir tareas, memorizar contenidos o responder exámenes, deja de ser formativo y se convierte en un trámite. Aprender ya no es comprender, sino aprobar. Cuando no implica construir sentido, ni autonomía, ni capacidad de decidir, la transformación educativa se vuelve improbable. Desde hace tiempo se ha advertido que la educación puede convertirse —sin proponérselo— en un mecanismo de reproducción. El aprendizaje se reduce entonces a transmisión, el estudiante a recipiente, la sociedad a límite. La escuela deja de ser un lugar de posibilidad y pasa a funcionar como agencia de control. Y este riesgo no nace de la mala intención, sino de la fuerza de la costumbre.
Uno de los paradigmas más persistentes es la idea de que el conocimiento reside exclusivamente en quien enseña y que aprender equivale a reproducir lo transmitido. Ese modelo tuvo sentido en contextos de escasez informativa. Hoy, en una sociedad marcada por la sobreabundancia de información, resulta claramente insuficiente. Formar estudiantes dependientes, con poca capacidad para interpretar, contrastar o decidir, limita su desarrollo personal y reduce el impacto social de la educación.
Existe también otro paradigma, menos visible, pero igualmente limitante: el de la resignación. Con el tiempo, y sin que nadie lo declare abiertamente, se empieza a asumir que ciertos contextos “no dan para más”, que algunos estudiantes “no llegan” o que determinadas comunidades “no responden”. Esa mirada termina aceptando como inevitables desigualdades que el propio sistema educativo está llamado a cuestionar. Bajo esa lógica, la educación no transforma la realidad; se limita a administrarla.
Romper paradigmas no significa negar las condiciones reales ni caer en discursos ingenuos. Significa revisar certezas y preguntarnos, con honestidad, si lo que hacemos responde a las necesidades reales de los estudiantes o a la comodidad del sistema. Significa preguntarnos si estamos promoviendo aprendizajes que habilitan comprensión, pensamiento crítico y capacidad de reaprendizaje, o si solo estamos preparando para responder a exigencias inmediatas.
La educación técnica superior muestra con claridad esta tensión. Durante mucho tiempo estuvo asociada a un enfoque reducido: formar para ejecutar. Hoy se encuentra en proceso de transformación. Está llamada a algo más amplio y profundamente humano: formar para comprender, adaptarse, innovar y emprender. Ese tránsito no se logra únicamente con equipamiento moderno o talleres actualizados, sino con un cambio de mirada sobre el sentido del aprendizaje y el lugar del estudiante en su propio proceso formativo.
Nada de esto es nuevo. Desde distintos campos del pensamiento educativo se ha advertido que muchas reformas pierden impulso cuando se concentran en actualizar instrumentos sin revisar los supuestos que les dan sentido. Mientras no cuestionemos cómo entendemos el conocimiento, el aprendizaje y el éxito escolar, la educación corre el riesgo de modernizar sus formas sin transformar su esencia.
Cuando la educación logra romper paradigmas, se abre como espacio de posibilidad y de esperanza. Cuando no lo hace, puede —aun con buenas intenciones— reproducir desigualdades bajo un lenguaje más sofisticado. La diferencia no reside solo en los recursos disponibles, sino en el marco mental desde el cual se toman las decisiones y se orientan las prácticas.
Tal vez el mayor desafío educativo de nuestro tiempo no sea tecnológico ni presupuestario, sino cultural: reconocer que no lo sabemos todo y que educar implica también aprender a desaprender. Desde esa humildad crítica, la educación puede reencontrarse con su sentido más profundo y volver a ser una auténtica fuerza de transformación social.
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