Cuando pensamos en la obesidad, la mayoría imaginamos un problema de salud. Pensamos en diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares o en el aumento de los costos hospitalarios. Sin embargo, pocas personas se hacen una pregunta mucho más interesante: ¿cuánto cuesta realmente la obesidad a una economía?
La respuesta puede sorprender: miles de millones de dólares cada año.
Y no estamos hablando únicamente del gasto en hospitales o medicamentos. De hecho, esa es solo una parte de la factura. La obesidad afecta la productividad de las empresas, reduce el crecimiento económico, incrementa el gasto público, disminuye la competitividad de un país y acorta los años de vida saludable de millones de personas. En otras palabras, la obesidad ya no es únicamente un problema médico. Se ha convertido en uno de los desafíos económicos más importantes —y menos visibles— del siglo XXI.
Y esa factura sigue creciendo.
Aunque pueda parecer un problema propio de los países desarrollados, la República Dominicana recorre hoy un camino muy similar. El crecimiento económico, la urbanización, los cambios en los hábitos alimentarios y un estilo de vida cada vez más sedentario están impulsando un aumento constante del sobrepeso y la obesidad. La diferencia es que un país en desarrollo dispone de menos recursos para absorber sus consecuencias. Precisamente por eso vale la pena observar lo que ya está ocurriendo en una economía como la de los Países Bajos.
Los Países Bajos: cuando incluso un país saludable paga una factura enorme
Los Países Bajos suelen aparecer entre los países más saludables del mundo. Su infraestructura favorece caminar y montar bicicleta, la atención sanitaria es de alta calidad y desde hace décadas existen programas de prevención dirigidos a mejorar los hábitos alimentarios y promover un estilo de vida activo.
Aun así, el sobrepeso y la obesidad representan un desafío creciente.
Actualmente, alrededor de la mitad de la población adulta neerlandesa presenta sobrepeso y aproximadamente un 15 % puede clasificarse como obesa. Aunque estas cifras son considerablemente inferiores a las observadas en muchos otros países desarrollados, su impacto económico resulta enorme.
Sobre la base de esta prevalencia, los costos sociales y económicos del sobrepeso y la obesidad se estiman entre 25.000 y 79.000 millones de euros anuales, equivalentes a aproximadamente entre el 2,1% y el 6.6% del PIB neerlandés, dependiendo de la metodología utilizada.
Estas estimaciones se basan en datos oficiales del RIVM (Instituto Nacional de Salud Pública y Medio Ambiente de los Países Bajos) y del CBS (Oficina Central de Estadística) sobre la prevalencia del sobrepeso y la obesidad, así como en estudios recientes de economía de la salud publicados por expertos neerlandeses; no obstante, existe debate académico sobre la magnitud exacta de los costos, por lo que las cifras disponibles muestran un rango relativamente amplio.
Lo verdaderamente llamativo es que los gastos hospitalarios representan solo una parte relativamente pequeña de esta factura. El mayor costo se produce fuera de los hospitales. La obesidad incrementa el ausentismo laboral, reduce la productividad de los trabajadores, aumenta el número de personas que abandonan prematuramente el mercado laboral por incapacidad y obliga a destinar más recursos públicos a prestaciones sociales y atención médica. A ello se suma la pérdida de años de vida saludable y el impacto económico derivado de la mortalidad prematura.
Desde una perspectiva económica, cada persona no solo aporta valor por lo que produce hoy, sino también por todo lo que podrá producir durante las próximas décadas. Cuando enfermedades prevenibles reducen esa capacidad, también disminuye el potencial de crecimiento de toda la economía.
Vivir más… pero también vivir mejor
Durante las últimas décadas, la esperanza de vida ha aumentado de forma constante gracias a los avances de la medicina, las vacunas, los tratamientos y la mejora de las condiciones de vida. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre vivir más años y vivir esos años con buena salud.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que el exceso de peso reduce la esperanza de vida y aumenta considerablemente el número de años vividos con enfermedades crónicas. Pero quizá el mayor problema no sea morir antes, sino vivir durante décadas con una calidad de vida reducida.
Cada vez más personas pasan los últimos veinte o treinta años de su vida conviviendo con diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, insuficiencia renal o limitaciones físicas que reducen su autonomía. Esto implica un enorme costo humano para quienes lo padecen y sus familias, pero también una creciente presión sobre los sistemas sanitarios y una menor participación en el mercado laboral.
Desde el punto de vista económico, una población que vive más años con enfermedades crónicas es una población que necesita más recursos y produce menos riqueza. La calidad de los años vividos termina siendo casi tan importante como la cantidad.
La productividad también tiene peso
Durante décadas, economistas y empresas han intentado explicar por qué algunos trabajadores presentan mayores niveles de productividad que otros. La educación, la experiencia, la innovación y la tecnología siempre han ocupado un lugar central en ese debate.
Hoy sabemos que la salud también forma parte de esa ecuación.
Numerosas investigaciones muestran que la obesidad incrementa el ausentismo laboral, reduce el rendimiento físico y cognitivo, aumenta el riesgo de incapacidades de larga duración y dificulta el regreso al trabajo después de una enfermedad.
Existen además efectos mucho menos visibles. Diversos estudios sugieren que las personas con obesidad pueden encontrar mayores dificultades para acceder a determinados empleos o progresar profesionalmente, especialmente en ocupaciones donde existe un contacto frecuente con clientes o donde la imagen personal influye, consciente o inconscientemente, en las decisiones de contratación. En el caso de las mujeres, este fenómeno suele ser incluso más pronunciado.
No estamos hablando únicamente de un problema sanitario. También estamos perdiendo talento, experiencia y productividad.
Una nueva generación de medicamentos… y nuevas preguntas para la economía
La aparición de medicamentos como los agonistas del receptor GLP-1 ha abierto un debate completamente nuevo. Los resultados clínicos obtenidos hasta ahora son muy prometedores. Además de lograr pérdidas de peso significativas, estos tratamientos reducen el riesgo cardiovascular y mejoran el control de la diabetes, lo que podría disminuir una parte importante de los costos que hoy genera la obesidad.
Sin embargo, todavía existen importantes interrogantes. Estos medicamentos ayudan a comer menos, pero no necesariamente a comer mejor. Reducir el apetito no garantiza que una persona adopte una alimentación equilibrada ni que reciba todos los nutrientes que necesita. Si el paciente no acompaña el tratamiento con una dieta saludable y ejercicio físico —especialmente entrenamiento de fuerza para preservar la masa muscular—, la pérdida de peso puede ir acompañada de una disminución de masa muscular y de posibles deficiencias nutricionales. En otras palabras, perder kilos no siempre significa mejorar la salud de manera integral.
Además, aún desconocemos cuáles serán los efectos del uso continuado durante varias décadas. Estos tratamientos son relativamente recientes y todavía no disponemos de evidencia suficiente sobre sus consecuencias a muy largo plazo. Tampoco sabemos qué ocurrirá cuando millones de personas los utilicen durante diez, veinte o incluso treinta años.
Otra cuestión importante es que diversos estudios muestran que una parte considerable de los pacientes recupera gran parte del peso perdido después de suspender la medicación si no ha modificado de forma permanente su alimentación y su estilo de vida. Todo ello sugiere que estos fármacos pueden convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz, pero difícilmente sustituirán a la prevención y a la educación nutricional.
La discusión, por tanto, ya no pertenece únicamente a la medicina. También plantea preguntas económicas. ¿Quién podrá acceder a estos tratamientos? ¿Deberían los sistemas públicos financiarlos si su costo termina siendo inferior al de tratar durante décadas enfermedades crónicas? ¿Qué impacto tendrá sobre los presupuestos públicos si millones de personas requieren estos medicamentos durante años? Y, sobre todo, ¿estamos invirtiendo en curar las consecuencias mientras seguimos dejando intactas las causas del problema?
Porque si un país tan desarrollado como los Países Bajos ya soporta una carga económica estimada entre el 2.1% y el 6.6% de su PIB, la verdadera pregunta es otra: ¿puede una economía emergente como la República Dominicana permitirse ignorar este problema?
La República Dominicana: un problema sanitario… y también económico
La respuesta, lamentablemente, apunta cada vez más hacia el no.
Mientras que en los Países Bajos aproximadamente la mitad de la población adulta presenta sobrepeso y alrededor del 15 % vive con obesidad, en la República Dominicana la situación es considerablemente más preocupante. El Ministerio de Salud Publica (MSP) estima que cerca de 70% de los adultos dominicanos tienen sobrepeso u obesidad y que aproximadamente 30% de los adultos ya padecen obesidad. La tendencia, además, continúa al alza.
Esto significa que la República Dominicana afronta un desafío mayor con muchos menos recursos para enfrentarlo.
Durante las últimas dos décadas el país ha sido una de las economías de mayor crecimiento de América Latina. El turismo, la inversión extranjera, las zonas francas y la estabilidad macroeconómica han impulsado un notable aumento del ingreso y del consumo. Sin embargo, ese desarrollo también ha venido acompañado de cambios profundos en los hábitos de vida. Consumimos más alimentos ultraprocesados, más bebidas azucaradas y realizamos menos actividad física. La urbanización, el uso creciente del automóvil y el trabajo sedentario están transformando silenciosamente el perfil de salud de la población.
El problema es que las consecuencias económicas apenas empiezan a hacerse visibles.
Cada trabajador que desarrolla diabetes, hipertensión o una enfermedad cardiovascular a una edad temprana reduce su productividad potencial durante años. Cada empresa que enfrenta mayores niveles de ausentismo pierde eficiencia. Cada peso destinado al tratamiento de enfermedades prevenibles deja de invertirse en educación, infraestructura, innovación o seguridad. Y cada persona que abandona prematuramente el mercado laboral representa una pérdida de capital humano que difícilmente puede recuperarse.
En otras palabras, la obesidad comienza a convertirse en un freno para el crecimiento económico.
La salud también es una política de competitividad
Durante años hemos asociado la competitividad con conceptos como inteligencia artificial, digitalización, automatización o innovación. Sin duda, todos ellos seguirán siendo determinantes para el crecimiento de cualquier economía.
Pero existe un factor igual de importante que rara vez aparece en los debates económicos: la salud de la población.
Ningún país podrá aprovechar plenamente las oportunidades de la revolución tecnológica si una parte creciente de su fuerza laboral pierde años de vida saludable por enfermedades que, en gran medida, pueden prevenirse. Una economía necesita trabajadores capaces de aprender, innovar y permanecer activos durante más tiempo. Cuando aumentan las enfermedades crónicas, disminuye también la productividad agregada del país.
La salud, por tanto, deja de ser únicamente una política social. Se convierte en una política de desarrollo económico.
¿Qué puede hacer la República Dominicana?
La buena noticia es que todavía estamos a tiempo.
La experiencia internacional demuestra que prevenir resulta mucho más rentable que tratar las consecuencias. Invertir desde la infancia en educación nutricional, facilitar el acceso a alimentos saludables, promover la actividad física, diseñar ciudades que inviten a caminar y fortalecer los programas de bienestar en las empresas puede generar beneficios económicos durante décadas.
La tecnología también puede convertirse en una aliada. La inteligencia artificial, los dispositivos de monitoreo, la medicina preventiva basada en datos y la atención personalizada permitirán identificar factores de riesgo antes de que aparezcan enfermedades costosas y difíciles de tratar. Utilizada correctamente, la innovación no solo puede hacer más eficiente al sistema sanitario; también puede contribuir a construir una fuerza laboral más sana y más productiva.
La verdadera factura
Durante los últimos años hemos debatido intensamente sobre el costo de incorporar inteligencia artificial, automatizar industrias o acelerar la transformación digital. Sin embargo, mientras miramos hacia los desafíos del futuro, ya estamos pagando otra factura mucho menos visible. La obesidad reduce la esperanza de vida saludable, disminuye la productividad, incrementa el gasto público, limita la competitividad y frena el crecimiento económico. Lo que durante mucho tiempo se consideró exclusivamente un problema de salud pública se ha convertido también en un desafío para la sostenibilidad económica de los países.
La verdadera pregunta, por tanto, ya no es cuánto cuesta prevenir la obesidad, sino cuánto costará seguir ignorándola. Porque la economía del siglo XXI no competirá únicamente por tener mejores algoritmos, más centros de datos o mayor conectividad digital. Competirá, sobre todo, por contar con una población capaz de vivir más años y de vivirlos con salud. Después de todo, el capital más importante de una economía nunca ha sido el dinero. Siempre ha sido su gente.
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