El sábado 11 de julio, mientras enviaba un artículo a la hija de una personalidad que desempeñó un papel determinante, en agosto de 1953, en la organización del Primer Seminario de la Infancia en Haití, le compartía una amarga reflexión: aquí, la memoria de las personas íntegras se desvanece con una rapidez desconcertante. Es como si el clima o el transcurso de los años terminaran por disolver los rostros y los méritos más brillantes.
Estaba entonces muy lejos de imaginar las dificultades que encontraría tres días después al intentar, simplemente, reunir y ordenar mis notas sobre el doctor Raoul Pierre-Louis. Se trataba, sin embargo, de una figura eminente, una referencia académica y médica del siglo XX haitiano. Pero los rastros se borran pronto. El 14 de julio de 2026, a las once y cincuenta y cinco de la mañana, llamé por teléfono al Rectorado de la Universidad del Estado. La voz que me respondió parecía venir de otra época: no disponía de ningún documento, de ningún archivo. Nada.
Al hojear las páginas de Le Nouvelliste del lunes 3 y martes 4 de septiembre de 1962, se podía leer esta breve nota, casi como una invitación al viaje: «El doctor Raoul Pierre-Louis asistirá al Congreso de Dermatología en Nueva York y visitará después las facultades francesas». El periódico precisaba que el sábado por la mañana el doctor Raoul Pierre-Louis, decano de la Facultad de Medicina de Puerto Príncipe, había tomado un avión en compañía de su esposa y del doctor Gérard Boyer, mayor del Servicio de Sanidad de las Fuerzas Armadas. Ambos eran destacados especialistas en dermatología. Tras su paso por Nueva York, el decano y su esposa volaron a París a bordo de un avión de Air France. Había sido el profesor Philippe North, director de Asuntos Culturales de la Embajada de Francia, quien había gestionado la visita con la diligencia propia de los diplomáticos de otra época. Durante la ausencia del decano, la dirección interina de la Facultad de Medicina quedó en manos del doctor Jacques Fourcand, profesor de Neurología. Es fácil imaginar aquellas partidas, el rugido de las hélices sobre la pista de Chancerelles y la elegancia discreta de los viajeros de mediados del siglo XX.
Cinco años más tarde, el nombre del doctor reapareció en las mismas columnas. Le Nouvelliste del 17 y 18 de octubre de 1967 relataba la participación de Haití en el Congreso Médico de Canadá. El redactor escribía haber coincidido con el «dinámico decano», recién regresado de aquellas grandes sesiones celebradas a finales de septiembre. Por entonces, el presidente de la República, el doctor François Duvalier, había delegado también a los doctores Frantz Médard, René Duperval y Marie-Thérèse Duperval. Allí se analizaban los avances de la ciencia y de la educación médica en el mundo. El decano Pierre-Louis, conmovido por la cálida acogida de los canadienses, se apresuró a transmitir los saludos del jefe del Estado, quien durante largo tiempo había colaborado en la revista L’Union Médicale du Canada. El doctor preparaba entonces un informe detallado. Un informe del que hoy, con toda probabilidad, no queda ni una sola línea.
Para comprender el liderazgo de Raoul Pierre-Louis era necesario remontarse aún más atrás, al otoño de 1958. El diario Haiti Sun del domingo 5 de octubre mencionaba la visita a Puerto Príncipe de una autoridad mundial: el doctor David G. Pugh, eminente radiólogo de la célebre Clínica Mayo, de Rochester, quien había viajado para pasar unos días de vacaciones junto a su esposa. Tras una cena en la residencia del director de la Unión Panamericana y una visita al Hospital General, el matrimonio estadounidense fue recibido por el ministro de Salud Pública, el doctor Auguste Denizé, y por el decano Pierre-Louis. Al día siguiente, un avión de la compañía COHATA los trasladó a Cap-Haïtien para realizar una excursión.
Hoy, en la mesa de un café o ante el silencio del teléfono del Rectorado, estos fragmentos de frases y estas fechas alineadas son las únicas murallas contra el olvido. Dibujan la silueta de un hombre que lo dio todo por la medicina de su país y cuyo nombre flota ya en el aire tibio de Puerto Príncipe, como un perfume que se evapora.
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