Hace un poco más de un siglo, Simón Freud escribió un texto muy sugerente titulado “Más allá del Principio del Placer”, en el cual introduce varias categorías de importancia para el pensamiento psicoanalítico como son: la pulsión de muerte, la repetición, el juego del “Fort -Da”, la transferencia y la dualidad del Eros y del Tánatos.
Este texto es la base para el entendimiento de la cura analítica, la cual se mira no por el camino de la consciencia o del síntoma, sino por la vía del inconsciente.
Para mí que soy psicoanalista y no psicóloga este es un texto que no podrá ser superado, ni siquiera por la neurociencia. Su aporte permitió el conocimiento del aparato psíquico y entendimiento de la condición humana, la cual se dirige por los senderos inhóspitos de la búsqueda del placer y la evitación del dolor, entre otras.
El amor es eso que se traduce por un camino de idealización, de lo que se cree que se ama, porque no es más que una sustitución. Según Freud esto se corresponde con las figuras de la infancia (objeto perdido), a través de la renuncia del propio narcisismo, si se logra superar, por la satisfacción de pulsiones sexuales y la ternura que conlleva este complejo mundo cuando nos relacionamos con el Otro.
Hoy quiero tratar sobre eso que llamamos amor, el cual para la teoría freudiana está atrapado en una fuerza compleja que se encuentra en el inconsciente, en el espacio de la libido y la historia infantil del sujeto.
En el contexto de Freud el amor es una figura de sustitución que implica colocar al Otro en el lugar del “ideal del yo”, situación que se emboca con la repetición de experiencias infantiles y deseos reprimidos de nuestro primitivo mundo inicial.
Esto puede darse en el marco del Goce del Otro. Eso que llama Jacques Lacan el goce limitado o místico, no articulado por la palabra, es decir que se sitúa en el límite del lenguaje simbólico, el goce fálico y el goce del Otro.
En el lenguaje analítico el Goce del Otro no es signo de amor. El amor es algo que hace señales, demandas y es siempre recíproco, pero lo hace, a través de un signo, la falta, por lo que no se trata de cuerpos, tal como lo conocemos, sino de ese Otro que cuando se mira está sostenido por caminos que no logran completarse, porque “no hay relación sexual”, por una imposibilidad en la estructura del lenguaje.
Esto plantea que el Goce fálico es un goce limitado, ya que está articulado, al significante. Empero, es el lenguaje, el que construye la separación, porque cada uno de los amantes busca completarse en el otro. Esto no lo puede lograr, dado que está mediado por el significante de la falta.
Esto no es otra cosa, más que la causa del deseo, el cual no está enlazado, por la unión simbólica, por donde los seres humanos se desenvuelven. Por eso dice Lacan que no sabemos por donde pasa el amor, ya que es un fenómeno del inconsciente que en esencia es narcisista y se sostiene en una gran denuncia, la falta. En un lenguaje coloquial, lo que significa esto, es la imposibilidad de satisfacer la demanda de amor.
En el texto llamado “Aún,” el psicoanalista Lacan propone que “el amor es impotente, aun sea recíproco, porque ignora que no es más que el deseo de ser Uno”.
En el marco de la reflexión psicoanalítica, esto no es más que una imposibilidad, porque “ellos” son dos, no hay Uno. En el lenguaje tradicional de la psicología se habla de que el amor es hacerse uno. No es posible, porque no somos más que uno. Por lo que la apuesta de los amantes es demandar el amor para convertirse en el Otro.
En ese ángulo de mirada el psicoanalista dice, cuando el deseo se asoma por el Otro, se ofrece, algo que no se tiene. Lo real es que estamos ofreciendo, lo que no tenemos en el campo del amor. Por tal razón, la demanda de los amantes está localizada en el campo de la fantasía y de modelos culturales que hacen creer en esas ilusiones.
En el lenguaje psicoanalítico, la castración es la introducción de la ley. Esto ocurre en el marco simbólico, pues posibilita la separación. Se separa al sujeto del goce materno y le produce la falta. Tal es la situación, que el deseo por el falo, se convierte dentro del tribunal de la estructura psíquica en un significante de carencia.
Esto es lo que inscribe al sujeto en el orden simbólico, esto no es anatómico. Y vuelvo al lenguaje psicoanalítico, el falo es un significante del deseo y de la ley, el cual está marcado, por lo que se tiene o no se tiene.
En el marco de la cultura, es asumir la ley, por lo que nadie suplirá un Goce absoluto, nadie será completo, nadie podrá satisfacer al Otro, como tampoco suplir la falta. ¿Entonces qué es el amor?
En el psicoanálisis el amor es la aceptación de una fuerza que permite conservar la vida, en tanto se acepta la falta, es decir la castración. A lo que aceptamos la castración entramos en el campo de la neurosis. Es decir, entrar en la duda.
Aquellos sujetos, que por encima de la falta quieren imponer su propia ley, son como la bailarina en el fouette que giran sin poder parar, haciendo lo imposible para lograr obtener lo que, desde su inconsciente, ellos consideran el objeto de su deseo. Ese cruce de límites es patológico. A esos sujetos el psicoanálisis los coloca en la geografía de los psicóticos.
La falta de aceptación de la castración simbólica, conduce a los sujetos, por el sendero de los delirios, que pueden ser de muchos tipos, creando una panorámica que se va ampliando en el Manual de Trastorno Mentales (DSM-5). La psiquiatría hace uso de medicamentos para apaciguar a estos sujetos que no aceptan la falta.
Por tal razón, en el “Aun” se propone que el amor entra por el marco ambiguo de la falta, en la que se ampara, ya que pertenece a la topografía del inconsciente. El amor solo existe en esos resquicios que intentan bordear y traspasar el lugar de la falta para buscar al Otro, aun sabiendo de la imposibilidad de esa carencia en el mundo de lo real y del cuerpo.
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