El autor de esta columna es arquitecto, y siempre que hace un artículo que puede ser sospechoso de salir del redil de la arquitectura, la energía asociada a todos los procesos que involucran a los edificios y la sostenibilidad aplicada a la trama arquitectónica, hace una advertencia al lector para contar con su indulgencia. No es falsa modestia, pero sí es de justicia hacerlo y ante todo es un acto de honestidad literaria.

No es que el autor no tenga méritos para abordar todo sobre lo que trata aquí en esta, su propia columna; máxime siendo arquitecto, lo que equivale a decir que se sabe algo de casi cualquier cosa (¿?)… Es probable que sea válido decir que, por haber estudiado a Bosch y la composición social del dominicano, con la humildad de uno que apenas aprende a leer, se adquiera cierta licencia para seguir estudiando temas sociales. Quizás por ser nieto de un filósofo y teólogo calvinista, con predestinación incluida, el autor desarrollara una sensibilidad especial por el prójimo. Hay muchas más razones que arrojan al autor, no ajeno a la angustia de Kierkegaard, a un vasto campo de la investigación sociológica, asociada a su oficio de proyectista arquitectónico y diletante urbanista.

En artículos anteriores se ha tratado el tema de la gentrificación y/o procesos asociados:

Zonas aledañas I. El rastro madrileño de los dominicanos

Zonas aledañas II. El rastro madrileño de los dominicanos

Sobre gentrificación I

Sobre gentrificación II

… Y un tema conexo, que nos llama la atención y nos invita a la reflexión, son los procesos de agrupación territorial —¿inevitables?— que aparecen entre los dominicanos, como ocurre con otros colectivos inmigrantes en Europa y, para nuestro caso particular, en España.

En estudios postdoctorales, oficiales y oficiosos, hemos estudiado muchos de los aspectos relacionados con el confort de los ocupantes de las viviendas y por extensión de su realidad urbana y medioambiental. Hemos abordado el tema de los edificios saludables y los entornos saludables, y hemos vuelto a referentes siempre vigentes, como el análisis de la solución habitacional de Le Corbusier y su máquina para vivir o de Frank Lloyd Wright y sus fundamentos orgánicos; sin olvidarnos de las idílicas propuestas de las CSH (Case Study Houses). Todo ello, y siempre, buscando la mejor forma de habitar para el ser humano.

A todo esto, nos encontramos con una realidad urbana que coloca al ciudadano (el que habita la ciudad) de la urbe contemporánea y posterior a la Revolución Industrial, en barrios que evolucionaron tanto que la ingeniería de las ciudades a veces no ha sabido adelantarse y prever soluciones confortables, saludables, humanas y vivibles.

Con este contexto que hemos construido en nuestro "amplio" estudio, nos "aparece" una figura que siempre ha estado: el inmigrante en la ciudad que lo acoge; y en nuestro caso, es la figura del inmigrante dominicano en la ciudad que lo acoge; una ciudad que tiene unos barrios, unas calles, unas aceras (ojo a las aceras) y unas casas…

Porque quizás el verdadero conflicto urbano contemporáneo no comienza en las viviendas, ni en los edificios, ni siquiera en los barrios. Tal vez empiece mucho antes, en lugares aparentemente insignificantes: una esquina, un portal, un banco o una acera. Porque las ciudades no solo se construyen con hormigón, normativa y planeamiento; también se construyen con costumbres, distancias, formas de conversar y maneras distintas de habitar el espacio común. Y quizás ahí —precisamente ahí— se encuentre una de las claves menos estudiadas de la inmigración contemporánea: entender qué ocurre cuando culturas diferentes aprenden, o intentan aprender, a compartir una misma ciudad.

Juan C. Sánchez González

Arquitecto

Doctor Arquitecto. Especialista en Arquitectura Bioclimática y Eficiencia Energética en la Edificación.

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