Cuando yo era un adolescente, solía conversar mucho con un zapatero de mi natal Cevicos llamado Manolo y repasábamos muchos temas. En una de nuestras habituales conversaciones, don Manolo me dijo una frase que nunca he podido olvidar: “Mire, jovencito, en la vida uno tiene que aprender a entrar con la del otro para salirse con la de uno”.
Ni Maquiavelo tendría tan acertada estrategia de análisis sociopolítico como don Manolo, pues, analizando todo lo sucedido antes, durante y después con Venezuela y las estrategias discursivas de Donald Trump, nos damos cuenta de que hizo exactamente lo que don Manolo profetizó y que entiendo Noam Chomsky asume cuando habla de la estrategia de crear el problema y después la solución.
El discurso de Donald Trump sobre Venezuela, especialmente entre 2017 y 2020, constituye un ejemplo claro de cómo el poder político construye narrativas para legitimar intervenciones externas bajo un ropaje moral, haciendo eso de “entrar con la del otro”. Lejos de ser improvisado, dicho discurso responde a estrategias comunicacionales bien definidas, entre ellas la gradualidad y el modelo problema–reacción–solución, ambos ampliamente analizados por Noam Chomsky en sus estudios sobre manipulación mediática.
En primer lugar, Trump construyó el problema para “poder entrar con la del otro”. Venezuela fue presentada reiteradamente como un “Estado fallido”, una “dictadura brutal” y una “amenaza para la estabilidad regional”, “un narcoestado dirigido por el tren de Aragua al que pertenecía Nicolás Maduro”.
Este encuadre discursivo no solo deslegitimaba al gobierno de Nicolás Maduro, sino que simplificaba una crisis compleja, reduciéndola a la figura de un enemigo absoluto.
En este punto, el discurso omitía deliberadamente factores estructurales, como el impacto de las sanciones económicas, y concentraba la culpa en un liderazgo personalista, facilitando así la personalización del conflicto y la criminalidad de Nicolás Maduro y su entorno, cosa que aumentó su rechazo en la sociedad porque ahora, aparte de dictador, era un narcotraficante.
A partir de esa construcción del problema, se activó la reacción para “salirse con la suya”. Trump apeló de manera constante a la indignación moral: habló del sufrimiento del pueblo venezolano, de la migración masiva y de la supuesta amenaza del “socialismo” para el hemisferio.
Esta retórica buscó generar consenso interno en Estados Unidos y respaldo internacional, especialmente en América Latina, creando un clima emocional propicio para aceptar medidas cada vez más agresivas que le condujeran a lograr su objetivo o, lo que dijera don Manolo, “salirse con la suya”.
La repetición de estos mensajes, con ligeras variaciones, muestra claramente la aplicación de la estrategia de la gradualidad: primero sanciones diplomáticas, luego económicas, después el reconocimiento de un gobierno paralelo, posteriormente barcos merodeando a Venezuela, ataques de buques que supuestamente traficaban con drogas y, finalmente, la insinuación constante de una opción militar “sobre la mesa”.
La solución propuesta por Trump nunca fue verdaderamente democrática ni claras sus verdaderas intenciones.
Aunque una vez consumado el hecho de derrocar a Maduro, se hablaba de “libertad” y “elecciones libres”, las acciones concretas apuntaban a un cambio de régimen alineado con los intereses geopolíticos y energéticos de Estados Unidos.
Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del mundo, ocupaba un lugar estratégico que el discurso oficial rara vez explicitaba, pero que se revelaba en la práctica.
Así, al analizar los discursos reales de Trump bajo la lente de Chomsky y don Manolo, se evidencia que Venezuela fue utilizada como escenario para reafirmar el poder imperial estadounidense.
La narrativa humanitaria funcionó como una máscara: detrás del lenguaje moral se escondía una lógica de dominación, control de recursos y demostración de fuerza. Lejos de ser improvisadas, las intenciones de Trump quedaron expuestas en la coherencia entre su discurso, sus silencios y sus acciones.
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