Quince años no son apenas una cifra: son un umbral.
En la vida de las niñas —más que en la de los niños— los quince años tienen la música de lo irreversible: la entrada oficial a la adolescencia, el paso delicado de la niñez hacia una conciencia que comienza a mirarse al espejo del mundo. No sé si Acento celebrará con vals y vestidos largos, pero hoy cumple quince primaveras, y eso, por sí solo, ya es ceremonia.

De esos quince años, yo he caminado catorce a su lado como columnista. He contado antes cómo comenzó esta travesía luminosa gracias a Fausto Rosario, quien respondió el correo —aún guardado como quien preserva una reliquia— de un desconocido que tocaba a su puerta con más ilusión que nombre. No repetiré aquella historia; prefiero detenerme en lo que el tiempo ha ido escribiendo con tinta indeleble.
Cuando Acento nació, apenas hacía dos años que la línea uno del Metro de Santo Domingo había comenzado a recorrer las entrañas de la ciudad y ya prontamente se va a inaugurar la línea 2C de los Alcarrizos y un monorriel en Santiago. No existía aún el Teleférico de Santo Domingo (y ya tenemos otro en Santiago y los Alcarrizos), y las redes sociales tenían otros rostros: Hi5 y Sonico eran las ventanas digitales de una época que hoy parece remota. El país era otro, y sin embargo ya latían las mismas urgencias.
Todavía no se había conquistado el 4% para la educación, y este diario fue uno de los estandartes de aquella lucha cívica que exigía dignidad para las aulas y esperanza para los pupitres. En aquellos días, la palabra insistía donde el silencio parecía más cómodo.
La lucha contra la corrupción apenas despertaba, tímida, hasta que la Marcha Verde encendió las calles con su clamor. Antes y durante ese despertar, Acento marcó el ritmo con investigaciones que rompieron la inercia, revelando escándalos que en el ámbito internacional ya eran conocidos, pero que aquí aún dormían bajo el peso de la omisión.
Fue Acento quien primero arrojó luz sobre el caso del nuncio Józef Wesołowski, acusado de abusar de niños en las inmediaciones de la avenida George Washington, en el monumento a Antonio de Montesinos. En aquel momento, cuando el temor aconsejaba prudencia y el poder sugería silencio, este medio eligió la verdad. Y esa elección, más que un acto periodístico, fue un gesto de conciencia.
Acento ha defendido, con perseverancia, la independencia de la justicia. Su voz fue constante cuando el tema apenas susurraba en los márgenes. Hoy podemos hablar de un Ministerio Público con mayores márgenes de autonomía —aunque todavía perfectible—, y en ese proceso la insistencia pública ha sido determinante. No atribuyo logros absolutos; reconozco, más bien, la coherencia de una línea editorial que sembró antes de que la cosecha fuese imaginable.
Este periódico ha sido baluarte en la defensa de los derechos humanos, de la equidad de género, de la inclusión de las mujeres, de la justicia social, del cuidado del medioambiente y de la lucha contra la corrupción y los viejos males que han herido a la nación. Ha sido voz cuando otros callaban, faro cuando la bruma espesaba.
Quince años son apenas el comienzo de una madurez. Creo que mucho se ha aportado y mucho queda por ofrecer. Porque todavía existen íes que reclaman su punto, interrogantes que exigen respuesta, admiraciones que merecen su asombro. Y a cada uno de esos signos —a cada duda, a cada clamor, a cada certeza— siempre habrá que ponerle Acento.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota
