La cumbre de la OTAN que comenzó este martes en Ankara trasciende los anuncios de nuevos contratos militares o las habituales declaraciones diplomáticas. Lo que realmente pone de manifiesto es un cambio profundo en la arquitectura de seguridad occidental.
Europa ha dejado de discutir si debe aumentar su gasto en defensa. La cuestión ahora es cuánto y con qué rapidez debe hacerlo, impulsada tanto por la invasión rusa de Ucrania como por la presión constante del presidente estadounidense, Donald Trump.
Los contratos anunciados durante la primera jornada ilustran esa transformación. La Alianza confirmó la adquisición de diez aviones de vigilancia GlobalEye, fabricados por la empresa sueca Saab, para reemplazar la envejecida flota de AWACS.
También anunció la incorporación de un décimo Airbus A330 MRTT para ampliar su capacidad de transporte estratégico y reabastecimiento en vuelo. En conjunto, los acuerdos superan los 50 mil millones de dólares.
No se trata únicamente de compras militares. Los anuncios constituyen un mensaje político dirigido a Washington. Los aliados europeos quieren demostrar que han asumido la principal exigencia de Trump: Estados Unidos no seguirá cargando con la mayor parte del costo de la defensa del continente.
El paradójico legado de Trump en la OTAN
Durante años, Trump calificó de injusto que los contribuyentes estadounidenses financiaran la seguridad de países que, a su juicio, disponían de recursos suficientes para hacerlo por sí mismos. Su regreso a la Casa Blanca ha convertido esa visión en una política de Estado.
El tradicional objetivo de dedicar el 2 % del producto interno bruto al gasto militar ha quedado prácticamente superado.
Ahora, con la excepción de España, los miembros de la OTAN aceptan avanzar hacia el 5 % del PIB antes de 2035.
Paradójicamente, el dirigente que más cuestionó a la OTAN durante la última década ha terminado fortaleciéndola. No mediante llamados a la solidaridad atlántica, sino obligando a Europa a asumir una responsabilidad financiera mucho mayor sobre su propia defensa.
Este escenario conecta directamente con el análisis que el columnista Gideon Rachman publicó en el Financial Times y que Acento reprodujo hoy mismo.
Rachman sostiene que Putin enfrenta un problema estratégico sin salida: tiene opciones para escalar el conflicto en Ucrania, pero todas son malas. Esa lectura adquiere nueva dimensión en Ankara: si el Kremlin está acorralado, el rearme europeo no es solo una respuesta a Trump, sino también una señal directa a Moscú de que Occidente no cederá ante la presión.
La guerra que reconfiguró Europa
El cambio responde también a un entorno internacional cada vez más incierto. La guerra en Ucrania disipó la idea de que un conflicto convencional de gran escala pertenecía al pasado europeo.
A ello se suman el acelerado fortalecimiento militar de China, las tensiones en torno a Taiwán y la persistente inestabilidad en Oriente Medio.
También pesan el aumento de los ciberataques y la percepción de que Washington concentrará cada vez más su atención estratégica en el Indo-Pacífico.
Rachman describe con precisión las cuatro vías de escalada que Putin tiene disponibles: acciones convencionales en el campo de batalla, armas nucleares, un ataque directo contra la OTAN y la guerra híbrida. Ninguna, argumenta, ofrece una salida limpia al líder ruso.
Las amenazas nucleares han perdido credibilidad por su propia repetición —"él ha devaluado esa moneda", dice un funcionario occidental citado por Rachman—. Un ataque a los países bálticos exigiría retirar tropas del frente ucraniano. Y la guerra híbrida, aunque activa, no cambia el rumbo estratégico.
Ese análisis refuerza la lógica detrás del rearme que se consolida en Ankara: si Putin está limitado en sus opciones de escalada, la presión sostenida de Occidente —militar, económica y diplomática— puede ser la palanca que fuerce al Kremlin a abandonar sus objetivos maximalistas.
Rachman apunta que Ucrania y sus aliados esperan que, si logran superar este verano peligroso, Putin y su círculo se vean obligados a aceptar la realidad antes de que termine el año.
El costo de la seguridad: la pregunta que Ankara no responde
Desde esa perspectiva, el incremento del gasto militar va al encuentro de una justificación. Sus defensores sostienen que la capacidad de disuasión sigue siendo la mejor garantía para evitar una agresión.
La vieja máxima romana si vis pacem, para bellum —si quieres la paz, prepárate para la guerra— continúa orientando buena parte del pensamiento estratégico occidental. Para esta corriente, un adversario bien armado piensa dos veces antes de atacar.
Sin embargo, la cumbre de Ankara también plantea una pregunta que trasciende el ámbito militar. ¿Cuánto armamento necesita realmente una sociedad para sentirse segura?
El monto del gasto en defensa es obsceno. Cada incremento presupuestario supone renunciar, al menos parcialmente, a otras prioridades públicas.
Los recursos que durante la próxima década se destinarán al rearme europeo equivalen a inversiones capaces de transformar áreas donde el mundo sigue acumulando déficits: seguridad alimentaria, salud pública, investigación científica, educación, transición energética, adaptación al cambio climático y acceso al agua potable.
La Organización de las Naciones Unidas lleva años advirtiendo sobre esos desafíos. Sin embargo, el deterioro del escenario internacional ha desplazado nuevamente la atención hacia la seguridad militar.
Dos maneras de entender la paz
El debate, por tanto, no consiste en elegir entre hospitales o ejércitos. Todo Estado tiene la obligación de proteger su soberanía y garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
La verdadera discusión es otra: ¿dónde termina una política de defensa razonable y dónde comienza una carrera armamentista que acaba alimentándose a sí misma?
Ese interrogante divide desde hace siglos a filósofos, estrategas y gobernantes. Enfrenta dos maneras distintas de entender la paz. Una sostiene que la estabilidad depende, ante todo, de la capacidad de disuadir mediante una fuerza militar suficientemente creíble. La otra afirma que la paz duradera requiere fortalecer el derecho internacional, la diplomacia, la cooperación entre los Estados y el desarrollo humano.

Mahatma Gandhi, por ejemplo, convirtió la no violencia en un principio de acción política en el siglo XX y hace más de dos siglos Immanuel Kant defendió que la paz solo podía construirse sobre instituciones comunes y normas compartidas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Albert Einstein y Bertrand Russell advirtieron que la capacidad destructiva alcanzada por la humanidad obligaba a replantear el sentido mismo de la guerra. Décadas después, Johan Galtung sostuvo que no basta con evitar los conflictos armados si persisten profundas desigualdades e injusticias.
Esa tensión puede resumirse en dos concepciones del poder. Una confía en la fuerza militar como principal garantía de estabilidad. La otra considera que la seguridad comienza mucho antes de que intervengan los ejércitos: nace en sociedades con instituciones sólidas, oportunidades económicas, cohesión social y mecanismos eficaces de cooperación internacional.
Voces disidentes dentro de Occidente
No es casual que algunos gobernantes hayan expresado reservas frente al nuevo ciclo de rearme. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, rechazó comprometer el 5 % del PIB para defensa al considerar que pondría en riesgo otras prioridades nacionales.
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, insiste en privilegiar la diplomacia frente a la confrontación entre bloques. El mandatario colombiano, Gustavo Petro, cuestiona que el mundo incremente el gasto en armas mientras el cambio climático amenaza la supervivencia de millones de personas.
En la misma línea, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, lleva años advirtiendo que la carrera armamentista absorbe recursos indispensables para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Son opiniones, llamados que, sin embargo, pierden fuerza frente a un escenario internacional cada vez más polarizado.
Ninguno de estos dirigentes propone eliminar las fuerzas armadas. El debate no gira en torno a la necesidad de la defensa, sino al punto en que el incremento del gasto militar deja de responder exclusivamente a amenazas reales y comienza a convertirse en un objetivo en sí mismo.
La industria de defensa será, sin duda, una de las grandes beneficiarias de este nuevo escenario. Empresas europeas como Airbus, Saab, Rheinmetall, Leonardo, Thales y BAE Systems —esta última involucrada también en los episodios de guerra híbrida rusa que Rachman documenta, como el intento de asesinato contra el director de Rheinmetall—, junto con gigantes estadounidenses, se preparan para un ciclo de crecimiento comparable al vivido durante los años más intensos de la Guerra Fría.
El verano más peligroso desde la posguerra fría
Ankara simboliza así el inicio de una nueva etapa para Occidente. La presión ejercida por Trump ha modificado profundamente las prioridades estratégicas de Europa y ha acelerado un proceso de rearme que probablemente marcará la próxima década.
Rachman concluye que, si Ucrania y sus aliados logran superar este verano de escalada mientras mantienen la presión sobre Rusia, Putin podría verse obligado a abandonar sus objetivos maximalistas antes de que termine 2026.
Es decir, puede que, por fin, se vislumbre el final de la guerra. Pero esa esperanza convive con una paradoja: el camino hacia la paz pasa, por ahora, según coincide la mayoría europea, por un rearme sin precedentes desde el fin de la Guerra Fría.
¿Todo esto terminará produciendo un continente más seguro o, a la postre, abrirá una nueva carrera armamentista en un mundo donde muchas de las amenazas más graves ya no pueden enfrentarse únicamente con más armas?
El siglo XXI parece exigir una definición más amplia de la seguridad. Proteger la vida también significa garantizar alimentos, salud, agua, energía, estabilidad climática, instituciones democráticas y cooperación internacional. La cumbre de Ankara no alienta esta discusión.
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