La elección presidencial brasileña de este domingo 4 de octubre puede convertirse en el episodio más importante de la actual disputa ideológica latinoamericana.
Luiz Inácio Lula da Silva busca la reelección frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, en una contienda extraordinariamente estrecha en la que economía, seguridad, religión y relaciones exteriores se han convertido en los principales campos de batalla.
Brasil, la mayor economía y el país más poblado de América Latina, decidirá entre la continuidad del Gobierno de Lula y el regreso del bolsonarismo, esta vez con otro miembro de la familia Bolsonaro como candidato.
Encuestas dicen que la elección permanece abierta
Los sondeos publicados en los últimos días muestran diferencias reducidas. Datafolha registró 40 % para Lula y 36 % para Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, mientras que una encuesta de Meio/Ideia situó a Lula en 39,4 % y a Flávio en 38,4 %, una diferencia inferior a su margen de error de 2,2 puntos porcentuales.
En los escenarios de segunda vuelta también aparece un empate técnico.
Lula llega como el candidato que probablemente encabezará la primera vuelta, pero sin garantías de evitar una segunda votación, mientras Flávio se mantiene prácticamente a la par en los escenarios de balotaje.
Esos números no permiten anticipar el resultado. Sí muestran, sin embargo, que el bolsonarismo conserva una capacidad electoral considerable cuatro años después de que Jair Bolsonaro perdiera la Presidencia frente a Lula.
Dimensión regional de la elección
Si la derecha se impone, Brasil será el octavo país latinoamericano, desde 2025, en elegir a un presidente de esa orientación después de Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia.
Si Lula conserva el poder, la mayor democracia de América Latina interrumpirá esa secuencia y mantendrá a uno de los principales gobiernos de izquierda de la región, junto a México, donde Andrés Manuel López Obrador le entregó el poder a Claudia Sheinbaum, ambos abanderados del partido izquierdista Morena.
Pero el resultado brasileño responderá una pregunta que se repite en la política latinoamericana desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca: ¿la derecha está ganando porque se ha vuelto más fuerte o porque la izquierda ha perdido capacidad para convencer, gobernar y renovarse?
Las victorias recientes de la derecha no constituyen un fenómeno idéntico en todos los países.
Daniel Noboa fue reelegido en Ecuador; Rodrigo Paz llegó al poder en Bolivia; Nasry Asfura recuperó la Presidencia para el Partido Nacional de Honduras; José Antonio Kast ganó en Chile; Laura Fernández se impuso en Costa Rica; Keiko Fujimori ganó en Perú y Abelardo de la Espriella venció en Colombia.
El denominador común no se queda en el péndulo de una supuesta conversión ideológica masiva de los latinoamericanos hacia la derecha.
En buena parte de esas elecciones pesaron problemas domésticos: inseguridad, costo de vida, empleo, corrupción, migración, crecimiento económico y desgaste de los gobiernos de turno.
La derecha ha encontrado una forma particularmente eficaz de convertir varios de esos problemas en mensajes electorales sencillos. La seguridad -mejor dicho: la inseguridad ciudadana- es el ejemplo más evidente.
La oposición ya no basta
Durante el ciclo electoral anterior, la izquierda latinoamericana obtuvo una ventaja considerable al presentarse como respuesta al descontento con gobiernos conservadores.
Brasil fue el caso emblemático: Lula regresó al poder en 2022 después de derrotar a Jair Bolsonaro por un margen extremadamente estrecho.
Pero la política latinoamericana tiene una característica que ataca las generalizaciones ideológicas: el voto suele castigar al gobierno más que premiar un programa doctrinario.
La economía, el costo de vida, la delincuencia, la corrupción, la migración y la percepción de inseguridad pesan en muchas de estas elecciones.
En ese terreno, la derecha ha conseguido convertir la seguridad en una cuestión transversal: no únicamente una política policial, sino una explicación general del malestar ciudadano.
De allí la importancia de Nayib Bukele en El Salvador, aunque su modelo no sea directamente trasladable a otros países. La promesa de recuperar el control de las calles, combatir las organizaciones criminales y endurecer las penas ha encontrado receptividad electoral, pese a los cuestionamientos sobre derechos humanos.
La derecha ha conseguido, además, un lenguaje político directo: orden frente al caos, autoridad frente a la delincuencia y protección frente a la incertidumbre.
La izquierda no necesariamente carece de respuestas, pero su problema, en varios países, ha sido que no logra un mensaje electoral capaz de competir con la claridad de la narrativa derechista.
Bolsonaro perdió el poder, pero el bolsonarismo sobrevivió
Jair Bolsonaro dejó la Presidencia en 2023 después de perder frente a Lula. Posteriormente fue condenado por su participación en la trama golpista que ideó para desconocer el resultado electoral de Lula de 2022 y quedó fuera de la carrera presidencial, dentro de una prisión. Pero su movimiento político no desapareció.
Flávio Bolsonaro ha conseguido ocupar el lugar de principal candidato de la derecha y disputar una elección estrecha contra Lula.
La campaña del senador se apoya en la persistencia de la popularidad conservadora de su padre y en una base electoral que no desapareció con la salida de Jair Bolsonaro del poder.
La consecuencia política es significativa: la derecha brasileña no necesita que Jair Bolsonaro vuelva personalmente al Palacio de Planalto para mantener su influencia. Puede heredar su electorado, su lenguaje político y buena parte de su identidad.
Flávio intenta, además, ampliar esa base hacia otros sectores de la derecha con propuestas centradas en seguridad, reducción de impuestos y críticas a la gestión económica del Gobierno de Lula.
Lula, a su vez, llega a la elección defendiendo la recuperación del empleo, los programas sociales, la inversión pública y un papel activo del Estado en el desarrollo económico, pero sufre una dificultad conocida en otras democracias: los indicadores macroeconómicos no coinciden con la percepción cotidiana de las familias.
El costo de vida, el endeudamiento y la inseguridad aparecen entre los obstáculos que enfrenta el presidente en la recta final de la campaña.
La religión también entró en la disputa
La campaña brasileña ha demostrado, además, que la elección no se explica solamente mediante economía y seguridad. También hay que mirar hacia las iglesias.
A pocos días de las urnas, Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil y uno de los mayores símbolos de la religiosidad popular del país, terminó convertida en protagonista de la batalla electoral.
Una información falsa comenzó a circular en redes sociales afirmando que Flávio Bolsonaro, si llegaba a la Presidencia, quitaría a Nossa Senhora Aparecida el título de patrona de Brasil.
La desinformación fue vinculada a un proyecto presentado en 2007 por el entonces diputado federal Victório Galli, que proponía modificar el título de la Virgen. El proyecto fue archivado en 2008 y no fue presentado por Flávio Bolsonaro. El propio candidato negó que tuviera intención de promover una medida semejante.
Pero la falsedad terminó teniendo consecuencias políticas reales y la campaña de Flávio recurrió a la justicia electoral y denunció la difusión de la información. La polémica llegó incluso a generar decisiones judiciales sobre publicaciones relacionadas con el candidato.
El episodio adquirió mayor fuerza porque Flávio había declarado en agosto que, si llegaba a la Presidencia, uno de sus primeros actos sería «decretar que Brasil es del Señor Jesucristo».
La frase fue presentada por el candidato como una declaración simbólica de fe. Pero en medio de la controversia sobre Nossa Senhora Aparecida terminó alimentando una discusión mucho más amplia sobre el lugar de la religión en la política brasileña.
Lula también entró en el terreno simbólico y durante un acto público apareció con una imagen de Nossa Senhora, mientras su campaña incorporaba la controversia religiosa a su propaganda.
Así, los dos principales candidatos terminaron utilizando símbolos marianos en una elección que vuelve a mostrar hasta qué punto religión y política se han entrelazado en Brasil.
Católicos, evangélicos y poder político
El episodio podría parecer anecdótico, pero tratándose de Brasil no lo es.
Detrás de Nossa Senhora Aparecida existe una disputa más profunda por el peso político de las iglesias y, especialmente, por el crecimiento de los sectores evangélicos conservadores.
La relación entre evangelicalismo y bolsonarismo es importante, aunque sería incorrecto convertir a los evangélicos en un bloque electoral uniforme. Del mismo modo, los católicos brasileños no constituyen un electorado homogéneo.
Los datos de Datafolha muestran, sin embargo, diferencias significativas: en su encuesta del 22 y 23 de septiembre, Lula tenía 45 % entre los católicos frente a 33 % para Flávio, mientras que entre los evangélicos Flávio alcanzaba 47 % y Lula 27 %.
Esas diferencias ayudan a explicar por qué los símbolos religiosos pueden adquirir importancia electoral.
La controversia sobre Nossa Senhora Aparecida no necesariamente decidirá la elección, pero sí ilumina una transformación: la religión se ha convertido en territorio de disputa política y las iglesias son actores relevantes en la construcción de identidades electorales.
La desinformación, en este caso, no creó la tensión religiosa desde cero. Se insertó en una sociedad donde esas diferencias políticas y religiosas ya existían.

La economía y la seguridad siguen siendo el centro
Ahora bien, si la religión puede movilizar identidades, la elección brasileña continúa teniendo dos asuntos centrales: la economía y la seguridad.
Lula defiende los avances de su administración en empleo, programas sociales e inversión pública. Flávio insiste en la reducción del tamaño del Estado, la disminución de impuestos y una política de seguridad más dura.
El crimen organizado se ha convertido en uno de los mayores problemas de Brasil y proporciona a la derecha un terreno especialmente favorable para reclamar medidas punitivas.
El Gobierno, por su parte, defiende una estrategia que combina coordinación federal, inteligencia y persecución de las estructuras financieras de las organizaciones criminales, algo que planteó la candidata comunista chilena que finalmente sucumbió ante la narrativa de Kast.
El pinochetista Kast recibió la banda presidencial de Gabriel Boric, quien luego hizo un meaculpa en el Congreso Panamericano celebrado hace poco en Uruguay, donde además recordó la sabiduría del fallecido José Pepe Mujica.
La derecha presenta la seguridad como una cuestión de autoridad y control. La izquierda intenta presentarla como un problema de capacidad estatal y coordinación institucional.
En una elección tan estrecha, la forma de contar el problema puede ser casi tan importante como la propuesta para resolverlo.
Una elección que desborda las fronteras brasileñas
La importancia de la votación tampoco termina en las fronteras de Brasil, ni mucho menos. Una continuidad de Lula mantendría una política exterior que busca mayor autonomía respecto de Washington, una relación estrecha con China, participación activa en los BRICS y un papel destacado de Brasil en el llamado Sur Global.
Flávio representa una orientación internacional diferente, estrechamente ligada al universo conservador estadounidense y al Gobierno de Donald Trump.
La política exterior se ha convertido también en un elemento de la campaña: Lula destaca la autonomía brasileña y sus vínculos con China, mientras el bolsonarismo mantiene una mayor afinidad con Washington. Por lo mismo, Brasil tiene una capacidad excepcional para modificar el equilibrio político regional.
También están en juego el futuro del Mercosur, la integración sudamericana, la política amazónica y climática y el papel que Brasil pretende desempeñar en un orden internacional cada vez más fragmentado. No es una elección que pueda analizarse solamente desde la política doméstica.
Sobre el clima y el ambiente, un texto de IPS sentenció que se trata de un asunto donde se prevé "la derrota anticipada en las elecciones de Brasil"
La izquierda enfrenta el problema de la sucesión
Sobre la sucesión, aquí aparece la otra mitad de la historia porque Brasil impide sentenciar que la izquierda latinoamericana está políticamente agotada.
Lula continúa siendo capaz de reunir a buena parte de la centroizquierda brasileña detrás de la izquierda representada por el PT (Partido de los Trabajadores), que conserva una identidad política definida y una estructura electoral nacional.
Esa fortaleza, no obstante, está estrechamente asociada a la figura del presidente y no existe la menor claridad sobre quién podrá ocupar ese espacio cuando Lula ya no sea candidato. Esta es su séptima candidatura.
El problema de la renovación puede terminar siendo más importante para la izquierda que el resultado de esta elección.
Si Lula gana, conservará una de las principales plataformas de poder progresista de América Latina y habrá interrumpido la secuencia de victorias de la derecha, pero incluso una victoria no resolverá automáticamente el problema de la sucesión. Si pierde, la discusión será todavía más profunda.
Brasil puede romper el patrón, pero no borrar la tendencia
La sucesión de victorias conservadoras tampoco significa que América Latina se haya convertido en un bloque político homogéneo. Javier Milei en Argentina, Kast en Chile, Noboa en Ecuador, Fujimori en Perú y De la Espriella en Colombia representan experiencias distintas, con agendas económicas, institucionales y sociales que no son intercambiables.
Lo que comparten no es necesariamente una doctrina única, sino la capacidad de convertir preocupaciones electorales concretas en mensajes reconocibles, carcas nuevas para electorados diferentes.
La izquierda, en cambio, todavía depende en varios países de dirigentes históricos o de estructuras políticas construidas durante el ciclo progresista anterior. Brasil es ahora la prueba mayor de esa diferencia.
Trump puede reforzar el giro, pero no lo explica por sí solo
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha añadido otra dimensión al cambio político latinoamericano.
Washington mantiene vínculos estrechos con varios gobiernos conservadores y la administración Trump ha colocado el narcotráfico, la migración y la seguridad hemisférica en el centro de su política regional. Ello, para no evidenciar tan descaradamente su apetito por petróleo y tierras raras.
Si bien ha respaldado públicamente a fuerzas conservadoras de distintos países, atribuir el avance de la derecha exclusivamente a Trump sería simplificar demasiado, porque los problemas que alimentaron varias de esas elecciones son anteriores a la segunda presidencia estadounidense: inseguridad, bajo crecimiento, inflación o pérdida del poder adquisitivo, corrupción, crisis institucionales y desgaste de los gobiernos de turno.
Trump puede reforzar una corriente política existente, sí, pero ello no explica por sí solo por qué esa corriente encuentra receptividad entre los votantes. Brasil demuestra precisamente esa diferencia.
La pregunta que deja Brasil
Si América Latina se ha vuelto de derecha habría que preguntarse si la izquierda ha perdido su capacidad para convertir el descontento social en una mayoría electoral.
Los resultados recientes sugieren que, en varios países, ha perdido terreno. Brasil demuestra que no ha perdido necesariamente su base social ni su capacidad de competir.
Lula continúa siendo capaz de mantener unido a buena parte del espacio progresista y, desmenuzando, se encuentran las divisiones territoriales, económicas y religiosas que siguen siendo profundas: Lula mantiene una ventaja considerable en el nordeste más pobre, mientras que Flávio sobresale en el sur más acomodado, además de que entre los evangélicos de todo el país.
La derecha brasileña acaba de ofrecer una respuesta parcial a su propio problema de sucesión: Jair Bolsonaro ya no está en la papeleta, pero su apellido sí. El bolsonarismo sobrevivió a su principal dirigente y ahora busca convertir esa supervivencia en una nueva Presidencia.
La elección de este domingo 4 de octubre no determinará por sí sola el futuro ideológico de América Latina, pero sí mostrará si el actual ciclo conservador encuentra en Brasil un nuevo punto de expansión o si, en la mayor democracia de la región, el péndulo vuelve a detenerse antes de completar su recorrido.
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