A juzgar por el anuncio de la Casa Blanca, Xi aceptó el compromiso de compra de carbón sin obtener a cambio ningún tipo de compromiso firme por parte de EEUU. Pero si el gobierno de Trump quiere enfocarse en resistir el declive del carbón —en lugar de competir en las tecnologías bajas en carbono del futuro— Beijing no tiene ningún incentivo estratégico para interferir.
El gobierno de EEUU se ha dedicado a revivir la debilitada industria del carbón del país. Eso puede ser una buena noticia para los financistas de combustibles fósiles de los mayores bancos del Reino Unido, que, según se informa, se han desmarcado de la tendencia europea a reducir el apoyo a este combustible de alta emisión de carbono. Sin embargo, no es tan buena noticia para el propio EEUU, como explico a continuación.
Donald Trump no escatimó esfuerzos en su hospitalidad hacia Xi Jinping la semana pasada: recibió en la pista el avión de su homólogo chino y le ofreció una cena de gala repleta de multimillonarios del sector tecnológico.
A pesar de toda la pompa y la ceremonia, la reunión produjo pocos acuerdos concretos, con una excepción interesante. "China importará al menos 10 millones de toneladas métricas de carbón de EEUU en 2027 y nuevamente en 2028″, anunció la Casa Blanca el viernes, proclamando "el resurgimiento de la industria del carbón estadounidense propiciado por el presidente Trump".
Esa industria rara vez ha tenido un defensor político tan firme como Trump y nunca lo ha necesitado más. La producción de carbón de EEUU se ha reducido aproximadamente a la mitad desde el año 2000. Durante el mismo período, su participación en la generación nacional de energía ha disminuido del 51 por ciento al 17 por ciento y se prevé que siga cayendo inexorablemente en los próximos años, según las previsiones del propio departamento de energía de Trump.
El carbón ha sido el principal impulsor del calentamiento global, ya que representa el 46 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono procedentes de combustibles fósiles. Además, tiene un efecto desastroso en la salud de las comunidades locales, ya que contribuyó a casi un millón de muertes en 2021, según un estudio publicado en The Lancet.
Sin embargo, el principal factor detrás del declive de la energía a base de carbón en EEUU no es ambiental, sino económico. El rango del costo nivelado de la nueva generación eléctrica a carbón es significativamente más alto que el de la generación a gas y muy superior al de la solar y la eólica terrestre, según un informe reciente del banco de inversión Lazard.
La administración Trump ha entrado en conflicto con las leyes de la economía energética, emitiendo una serie de órdenes de emergencia para bloquear los cierres programados de centrales de carbón, a pesar de la resistencia de los gobiernos estatales y de los propios operadores de las centrales. Este mes, una corte federal de apelaciones anuló una de estas órdenes, dictaminando que Washington había actuado más allá del alcance de sus poderes.
Por otra parte, el gobierno ha anunciado más de US$1 mil millones en apoyo financiero previsto para el sector del carbón, al tiempo que recorta los incentivos fiscales de la administración Biden para la inversión en energía limpia.
El Departamento de Energía insiste en que la energía a base de carbón es necesaria para satisfacer la creciente demanda de electricidad del país, y que las exportaciones de carbón constituirán una parte importante de su agenda de "dominio energético".
A corto plazo, Trump ha impulsado esas exportaciones al entrar en conflicto con Irán. El cierre del Estrecho de Ormuz ha disparado los precios del gas natural, lo que ha llevado a algunas economías asiáticas a depender más de sus centrales de generación de energía a base de carbón. Las exportaciones de carbón de EEUU aumentaron un 19 por ciento en el segundo trimestre de este año, según investigadores de S&P Global.
Sin embargo, el conflicto ha reforzado el impulso de esas mismas economías hacia las energías renovables de bajo costo, lo que seguirá reduciendo la demanda de energía a base de carbón. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyecta que la generación mundial de energía a base de carbón disminuirá en los próximos cuatro años, incluso aunque la demanda total de electricidad siga creciendo sólidamente. Estima que la participación del carbón en la generación mundial de energía bajará del 34 por ciento en 2025 al 27 por ciento en 2030 y seguirá cayendo a partir de entonces.
Esa tendencia a la baja ya es evidente en China, donde la participación de este combustible en la generación de energía ha caído por debajo del 50 por ciento por primera vez.
China sigue siendo, por mucho, el mayor mercado de carbón del mundo: su consumo total, incluyendo la generación de energía y otros usos como la producción de acero, fue de casi 5 mil millones de toneladas el año pasado, más de la mitad del total mundial. Dada la reducción de la producción nacional tras un grave accidente minero, la reanudación de las importaciones de EEUU —que habían quedado suspendidas de facto en medio de la disputa comercial entre ambos países— será un aporte pequeño, pero útil a su suministro.
Pero ahora la gran mayoría de la nueva capacidad de generación eléctrica, tanto en China como a nivel internacional, proviene de fuentes renovables, las cuales representaron casi el 86 por ciento de las adiciones a la capacidad energética mundial el año pasado, según la Agencia Internacional de Energías Renovables. El auge nacional de China en el despliegue de energía limpia ha servido de trampolín para alcanzar el liderazgo mundial en un mercado enorme y en crecimiento. Las exportaciones chinas de tecnología limpia superaron los US$220 mil millones el año pasado, según estimaciones de los investigadores de Ember.
A juzgar por el anuncio de la Casa Blanca, Xi aceptó el compromiso de compra de carbón sin obtener a cambio ningún tipo de compromiso firme por parte de EEUU. Pero si el gobierno de Trump quiere enfocarse en resistir el declive del carbón —en lugar de competir en las tecnologías bajas en carbono del futuro— Beijing no tiene ningún incentivo estratégico para interferir.
Simon Mundy. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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