El calor intenso de esta temporada, el sol candente y los entaponamientos provocan sufrimientos en quienes están obligados a transitar en las horas pico de la mañana y de la tarde por las grandes avenidas de la ciudad, principalmente por el Polígono Central.
Pero lo peor del tránsito vehicular no son los entaponamientos, ni el sol radiante y picante, ni siquiera los muchos vendedores que se agolpan encima de los vehículos para mostrar sus productos, y los pordioseros para mostrar sus taras físicas o desmembramientos de brazos y piernas.
Santo Domingo es una metrópolis que sorprende al más desatento o descuidado de los transeúntes, incluyendo a los muchos deportistas que nos visitan en esta temporada de los juegos Centroamericanos y del Caribe y que nos mantienen pegados al medallero y a las competencias en las que tenemos atletas de alta competición que nos representan. Vamos detrás del cuarto o en el quinto puesto en el medallero de oro, y eso nos transforma en orgullosos, nos permite celebrar en cualquier esquina o colmadón, y si tenemos oportunidad de acudir al Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, con mucha más razón para levantar la bandera y gritar que somos dominicanos.
Sin embargo, lo más triste no es ver cuántos vehículos lujosos tiene la ciudad, ni darse cuenta de que los motoconchistas no respetan a los agentes policiales ni, por supuesto, los semáforos y leyes de tránsito, o que las voladoras son agresivas y violentas porque son conducidas por desaprensivos.
Lo más triste es, como acaba uno de comprobarlo en cualquier momento, ver que desde lujosos y despampanantes automóviles, en cualquiera de las grandes avenidas del Polígono Central, elegantes damas y caballeros bajan el cristal opaco de sus asientos traseros, y lanzan basuras en las avenidas, como si no tuvieran oportunidad para aguantar y llegar al lugar donde van, y depositar esa basura en un zafacón. La echan en las avenidas, en las calles, y no se sonrojan, ni se avergüenzan, porque creen que es un derecho que tienen. Qué vergüenza, que falta de educación, qué triste es comprobar que los que tienen algo de formación también son carentes de lo elemental de la decencia y la educación cívica, y que lo mismo que hacen les permiten a sus descendientes que lo hagan. Una tragedia, para no decir que la gran basura inunda la ciudad por todas partes.
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