La Semana Santa siempre es una oportunidad para la reflexión y revisión de nuestra trascendencia, de nuestro aporte al entorno en que trabajamos, compartimos, crecemos espiritual y materialmente, y en relación a lo que construimos como ciudadanos de un país, de una ciudad, de un sector que aspira a la plenitud de la vida, como lo enseñó Jesús de Nazaret.
Jamás debemos dejar de ser sensibles ante la insolidaridad y la injusticia. El ser humano es gregario y como tal, no está solo ni debe sentirse solo. Debe actuar en su entorno, en su comunidad, en su familia. El ser humano debe asumir que la vida en comunidad implica ser atentos a los cambios, y reaccionar si son buenos o malos. Si nos hacen mejores o peores. El individualismo, la petulancia, la prepotencia, la violencia o la agresividad jamás conducen a la plenitud de la vida. Conducen a la soledad y al miedo, al rechazo de los que se sienten ignorados, pateados, agredidos. Y lo mismo pasa con las naciones.
Hacer la guerra, y disfrutarla divulgando escenarios de muerte es lo más terrible que nos puede ocurrir, es lo más despreciable de un líder o un gobernante. Pretender controlar y dominar a los otros, aduciendo solo razones baladíes, y supuestos riesgos o tenencia de lo que usted ya tiene, es un retroceso y una pérdida de valores esenciales de la vida en comunidad.
Esta Semana Santa tiene que llevarnos a una reflexión sobre lo que podemos hacer, como miembros de una pequeña comunidad, un nuevo Jerusalén, en un mundo dominado por un nuevo imperio romano
El mundo que hoy vivimos, y padecemos, no es lo que Jesús propuso, ni lo que aspiró, en una pequeñísima comunidad del Medio Oriente, controlada por el imperio romano. Jesús aspiró a un mundo de amor, de comprensión, de justicia, de verdad, de solidaridad, de amor al prójimo. Jesús ha sido desde su martirio un ejemplo de entrega, de bondad, de justicia. En sus palabras y enseñanzas está contenida la aspiración del ser humano de hoy día. No es lo que estamos siguiendo ni estamos procurando, cuando por cualquier causa insultamos, entramos en otras culturas y otras naciones, asesinamos y destituimos presidentes, lanzamos bombas, cohetes, drones criminales. Destruimos pozos petroleros, palacios arquitectónicos que son patrimonio histórico de la humanidad. Erramos y vamos por rumbo equivocado.
Esta Semana Santa tiene que llevarnos a una reflexión sobre lo que podemos hacer, como miembros de una pequeña comunidad, un nuevo Jerusalén, en un mundo dominado por un nuevo imperio romano. Lo que Jesús hizo fue contar su verdad, contar sus convicciones y reflexiones sobre un Dios de justicia, de verdad, de solidaridad y de identificación con el que más sufre y más necesita.
Vivamos una Semana Santa que sea la muestra más genuina del amor y la entrega por la paz, la justicia y la solidaridad.
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