La Carta Pastoral 2026 de la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) no es solo un preludio del Día de Nuestra Señora de la Altagracia. Es, además, un llamado urgente que trasciende lo espiritual y se adentra en las heridas sociales de la República Dominicana.
Así, en la misiva “Renovación y compromiso bautismal, desde una perspectiva sinodal”, se presenta una radiografía alarmante de la realidad que se vive en la República Dominicana en la cual, aciertan los prelados, abundan relaciones heridas y fragmentadas, a tal punto que las faltas individuales -el pecado- se convierte en una estructura social colectiva que carcome el bienestar del pueblo, del pueblo más necesitado.
Los 14 obispos denuncian la corrupción administrativa como un acto de “manos manchadas” que traiciona la confianza pública. Este año, la denuncia va más allá del desvío de fondos: la corrupción se traduce en muertes evitables, en enfermos privados de medicinas y en derechos fundamentales negados.
Con entereza y rigor la carta denuncia las muertes provocadas por la negación de medicinas. El Episcopado señala que la corrupción ha llegado al extremo de privar a los enfermos de sus derechos fundamentales y de los fármacos necesarios para sobrevivir. Esta situación, afirman, atenta gravemente contra la dignidad humana y hace que “el Señor llore ante las tumbas de estos nuevos Lázaros”, escriben los obispos, aludiendo a quienes mueren por negligencia institucional y corrupción en el sistema de salud”.
Para la Iglesia, el acceso a la salud y a los servicios esenciales es un derecho que no puede ser objeto de transacciones oscuras, como ha quedado al descubierto en el desfalco al Seguro Nacional de Salud. Describen que estas situaciones “desgarran el corazón del ser humano” y hacen un llamado urgente a recuperar la honestidad en la administración de los recursos destinados a la vida.
Los obispos también exigen que el sistema judicial dominicano actúe con firmeza y sin privilegios para nadie. La carta es enfática al solicitar que se sancione de modo ejemplar a los responsables, asegurando que el castigo sea proporcional al tamaño del daño causado a la sociedad por sus actos corruptos. La impunidad, advierten, es un obstáculo que impide sanar las relaciones sociales y restaurar la justicia.
La visión de la CED también se extiende a la protección de los recursos naturales y en su mensaje establece un principio ético innegociable: el bien común debe prevalecer sobre el interés económico. Esta postura defiende que el desarrollo no puede lograrse a costa del sacrificio del entorno natural ni del bienestar superior de las personas; la renovación bautismal que proponen implica, necesariamente, una nueva forma de relacionarse con la creación, basada en el respeto y la sostenibilidad.
Los obispos llaman a renunciar a toda corrupción y maldad que rompa la fraternidad. Solo con una justicia ejemplar y un respeto profundo por la naturaleza, es lo que nos muestran a través de pasajes bíblicos, podremos construir una nación donde la vida sea sagrada y los recursos públicos se destinen al bienestar de todos. La Carta Pastoral 2026 es, en esencia, un grito de esperanza: dejar el mundo mejor de como lo encontramos.
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