La actividad política se ha degradado mucho en las últimas décadas. Poca credibilidad es un sello distintivo, y se la califica como una tarea para personas irresponsables, con déficits éticos y siempre dispuestas a aprovechar las circunstancias para sacar provechos y ventajas.

Es tanto lo que ha descendido el crédito de la actividad política, que ha surgido un segmento poblacional que se identifica como parte de la antipolítica. Es decir, ciudadanos que rechazan, abominan y decreten con militancia y con recursos contra quienes hacen política.

Otra cosa es lo que se piensa de los políticos, es decir, las personas que se dedican a la política como tarea principal, como forma de desarrollo personal y profesional, y se integran a los partidos políticos y al desempeño en el Estado cuando llegan al poder. A los políticos se les denigra, se les lanzan objetos podridos, o se les persigue y se les echa en zafacones, como hemos visto en muchos videos en las redes sociales.

Dr. José Francisco Peña Gómez y el Dr. Guido Gómez Mazara.

Sin embargo, hay muchos aspectos que no se toman en cuenta, o se olvidan: la dedicación, el sacrificio, la entrega al servicio público de los políticos, quienes hasta se olvidan de sus familiares y su disfrute personal para entregarse a una actividad de bienestar y desarrollo de las sociedades. Hay políticos que son serios, que sufren las consecuencias de una actividad tan absorbente, con tanta tensión y presión, y que conlleva tratar de satisfacer necesidades de millones de personas.

Hay que observar que muchos políticos mueren jóvenes. Las raras excepciones, como Bosch y Balaguer, quienes murieron con más de 90 años, casi todos los demás políticos contemporáneos han fallecido jóvenes. Por ejemplo, José Francisco Peña Gómez falleció con apenas 61 años, Hatuey Decamps con 69 años, Jacobo Majluta con 63 años, Reinaldo Pared con 65 años, Carlos Morales Troncoso con 74 años. Casi todos fallecen afectados por enfermedades que tienen origen en el estrés y la tensión, aparte del exceso de actividades, sin siquiera descanso.

Ramón Alburquerque acaba de fallecer, con 77 años, afectado por un cáncer. Fue presidente del Senado, activista político, hombre de energía inaudita, que enfrentó a la represión y a la Policía, con un “Entren to, coño”, que el país no olvida. Nunca dejó de ser político, pero siempre fue un técnico, ingeniero, hombre con amplísimos conocimientos. Parecía ser un sabelotodo del renacimiento. Muy lamentable su muerte, y que se fuera en circunstancias en que el dolor y el deterioro físico fueron progresivos y angustiantes.

Cada vez que alguien desea defecar contra algún sector, el primer grupo al que escoge es a “los políticos”, porque los califica de irresponsables, mentirosos, ladrones, sinvergüenzas, incumplidores, vagos, aprovechados y tantas otras denominaciones lacerantes que tiene el español y que se utilizan en su contra. No todos son así, y hay, entre los políticos, gente honrada, trabajadora, preocupada, que se ocupa de ayudar a grandes y pequeñas comunidades para que prosperen.

Juan Pablo Duarte, nuestro padre de la patria, que entregó su vida y la estabilidad y seguridad de su familia a la patria, fue político. Entregó las propiedades para la causa dominicana. Y fue político, exiliado, olvidado, vilipendiado y atacado como un agitador más.

Él, que rechazó los desvaríos de tantos sinvergüenzas, dijo una frase que rescata, aún hoy, la actividad política y a los políticos dominicanos: «La política no es una especulación; es la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles». No lo olvidemos.