Sin dudas, hay gestas que una nación celebra y gestas que una nación comprende. La Guerra de la Restauración, que este 16 de agosto cumple 163 años desde su inicio en Capotillo, pertenece con demasiada frecuencia a la primera categoría y con demasiada escasez a la segunda. Se la conmemora con actos protocolares, discursos de ocasión y la foto de rigor frente al Monumento de Santiago. Pero rara vez se la estudia, se la debate o se la asume como lo que realmente fue: la acción político-militar más trascendente de la historia dominicana y, al mismo tiempo, el espejo más honesto de nuestras contradicciones como pueblo, como bien ha precisado la socióloga Tahira Vargas.

La Restauración no fue un accidente heroico. Fue la respuesta organizada, furiosa y legítima de un pueblo que había visto cómo el general Pedro Santana, en un acto de traición sin parangón, entregó la soberanía nacional a España el 18 de marzo de 1861, apenas diecisiete años después de haberla conquistado con sangre. Lo que siguió fue una ocupación que no tardó en mostrar su verdadero rostro: aranceles discriminatorios, una burocracia colonial inflada y costosísima, racismo institucionalizado contra los dominicanos negros y mulatos, y el despojo sistemático de una economía ya de por sí frágil. Para 1863, las ilusiones de prosperidad que Santana había vendido para justificar la anexión se habían evaporado por completo.

Y entonces el pueblo tomó las armas. ¿Es entonces el activismo primigenio?

El general Gregorio Luperón lo dijo con una claridad que no ha envejecido: cada pueblo era un campo de combate y cada dominicano, un soldado de la libertad. Pero sería deshonesto romantizar esa unidad sin reconocer sus fisuras. Juan Bosch, con la lucidez analítica que lo caracterizó, y de acuerdo a los estudios de Juan De la Cruz y de Anthony Almonte Minaya,  advirtió que la Restauración fue esencialmente una guerra de la pequeña burguesía dominicana: fueron los campesinos pobres, los peones, los artesanos —la baja pequeña burguesía, en términos de Bosch— quienes pusieron los cuerpos en el campo de batalla, mientras que la dirección política quedó en manos de los sectores más acomodados de ese mismo estrato social.

La victoria fue compartida; los frutos del poder, no tanto.

Esa tensión no se resolvió con la expulsión de los españoles en 1865. Al contrario, se convirtió en el motor de décadas de inestabilidad, caudillismo y conflicto interno. La Restauración ganó la guerra, pero no pudo fundar el Estado que el país necesitaba. No porque sus héroes fueran pequeños, sino porque la sociedad dominicana de entonces carecía de las estructuras —económicas, institucionales, culturales— para sostener un proyecto nacional cohesionado. Entender esto no es restarle mérito a la gesta; es honrarla con la seriedad que merece.

"Y si pudo inconsulto caudillo de esas glorias el brillo empañar, en la guerra se vio en Capotillo la bandera de nuevo ondear".
Emilio Prud’Homme
Himno Nacional Dominicano

Pero quizás lo más grave no es lo que no se debatió en 1865, sino lo que deliberadamente se ha silenciado desde entonces. Volvemos al análisis de la socióloga Vargas: el desconocimiento de la Restauración no es casual. Convino a los intereses hispanizantes de las élites que gobernaron este país durante el trujillato, el balaguerismo y los regímenes que los sucedieron. Reconocer plenamente la Restauración implica reconocer que España fue invasora y colonizadora por segunda vez. Implica asumir que los héroes de esa guerra fueron en su mayoría hombres y mujeres afrodescendientes y campesinos.

Nuestro propio Himno Nacional lo dice —y casi nadie lo sabe porque casi nadie lo enseña, pues no se canta por completo—: "Y si pudo inconsulto caudillo de esas glorias el brillo empañar, en la guerra se vio en Capotillo la bandera de nuevo ondear". Esas estrofas hablan de la Restauración. Y, sin embargo, la gesta que describen permanece en las sombras del currículo oficial. Sobre esta gesta, en sus memorias, Gregorio Luperón dijo que representó el sentir de la sociedad, y que sus actos y él eran "el alma colectiva individualizada".

Es decir, a 163 años de Capotillo, la República Dominicana tiene una deuda histórica que no se salda con monumentos ni con feriados. Se salda con educación honesta, con historia enseñada desde sus complejidades y no desde sus conveniencias. Se salda reconociendo a Luperón, a Benito Monción, a Santiago Rodríguez y a las mujeres que también combatieron, no como figuras de bronce sino como seres humanos que actuaron desde su condición social, sus contradicciones y su valentía.

Se salda desmontando la narrativa que reduce nuestra identidad nacional a una hispanidad que nunca fue tan nuestra como nos quisieron hacer creer.

La Restauración nos sigue enseñando que este pueblo es capaz de lo extraordinario cuando se articula en torno a un proyecto común. Pero también nos enseña que la victoria militar no basta si no va acompañada de un proyecto político que distribuya sus beneficios con justicia. Esa lección, a 163 años, sigue esperando ser aprendida.

Que el 16 de agosto no sea solo un día de desfile. Que sea, también, un día de preguntas incómodas y respuestas honestas. Eso sí sería digno de los héroes de Capotillo.