Durante décadas, las ciudades dominicanas han crecido al ritmo de una población cada vez más urbana. Edificios más altos, nuevas urbanizaciones y una expansión constante del tejido urbano han transformado el paisaje, especialmente en el Gran Santo Domingo. Sin embargo, detrás de ese crecimiento emergen desafíos que hoy impactan la calidad de vida de las personas: contaminación, déficit de áreas verdes, vulnerabilidad climática y una infraestructura que lucha por mantenerse al día.
La Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (Enhogar 2024), revela que el 51 % de los hogares analizados está afectado por al menos una fuente de contaminación, factores que deterioran su entorno y afectan su bienestar.
La situación es más marcada en las ciudades. En zonas urbanas, el 53.1 % reporta estar impactado por alguna fuente de contaminación, mientras que en las áreas rurales la proporción disminuye a 39.5 %.
Las cifras muestran además importantes diferencias territoriales. En Santo Domingo, el 60.3 % de las viviendas está afectado por algún tipo de contaminación. La región Ozama o Metropolitana registra incluso una incidencia mayor, con 61.5 % de los hogares impactados. También destacan Valdesia, con 60.5 %; Higuamo, con 52.2 %; y Cibao Norte, con 49.9 %. Las menores proporciones se observan en Enriquillo (35.7 %) y El Valle (35.4 %).
Estos datos reflejan una realidad vinculada al acelerado proceso de urbanización del país. Para 2022, alrededor de 9.1 millones de dominicanos, equivalentes al 82 % de la población nacional, residían en zonas urbanas. Las proyecciones de la ONE indican que para 2050 esa cifra alcanzará los 12.2 millones de personas, representando el 92 % de la población estimada.
Este crecimiento plantea importantes desafíos para el ordenamiento territorial y para sectores como la construcción, especialmente en un contexto de creciente vulnerabilidad climática.
Los fenómenos naturales ya están dejando una factura considerable. Entre 2017 y 2022, la Defensa Civil reportó 25,787 viviendas anegadas, 5,075 parcialmente destruidas y 914 totalmente destruidas. Además, se registraron daños en 58 puentes y 617 comunidades quedaron incomunicadas.
A esto se suma la reconstrucción de más de 1,000 puentes y vías entre 2016 y 2022, con pérdidas estimadas en US$ 700 millones, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
La presión sobre el Gran Santo Domingo
La concentración poblacional es especialmente visible en la capital y su periferia. Al cierre de 2022, la metrópoli de Santo Domingo concentraba 3,798,698 habitantes, equivalentes al 35.2 % de la población nacional. La densidad poblacional superaba los 1,000 habitantes por kilómetro cuadrado, reflejando la intensa ocupación del territorio.
Solo en la provincia Santo Domingo existen 1,297,631 viviendas, de las cuales 168,434 se encuentran en áreas rurales. El Distrito Nacional ya mostraba en el Censo de 2010 una densidad de 10,544.96 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que la provincia Santo Domingo registraba 1,824.14 habitantes por kilómetro cuadrado.
Para la arquitecta Yanelba Abreu, el crecimiento inmobiliario del Gran Santo Domingo ha sido vertiginoso y se ha desarrollado principalmente hacia las alturas.
Según explica, esta expansión genera desafíos:
- El suministro de agua potable.
- La disponibilidad de energía eléctrica.
- Los sistemas de drenaje pluvial.
- La gestión adecuada de los residuos sólidos.
Abreu considera que gran parte de este desarrollo ha ocurrido sin evaluar suficientemente sus impactos ambientales ni su alineación con los objetivos establecidos en la Agenda 2030.
Una ciudad con menos árboles y más calor
La reducción de espacios verdes es una de las principales preocupaciones de los especialistas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un árbol por cada tres personas y al menos 10 metros cuadrados de áreas verdes por habitante para garantizar una adecuada calidad del aire en las ciudades.
La experta en sostenibilidad Mónica Herrera advierte que el Gran Santo Domingo necesita millones de árboles para compensar el crecimiento urbano. Sin embargo, sostiene que ocurre lo contrario: muchas áreas verdes desaparecen para dar paso a nuevas construcciones.
“No tenemos políticas claras a nivel de construcción y regulación de espacios públicos donde se integren los ministerios de Vivienda, Medio Ambiente y planificación urbana para preservar un porcentaje mínimo de áreas verdes”, señala.
La arquitecta Abreu recuerda que sectores tradicionales como Gazcue fueron concebidos con amplios espacios abiertos, vegetación y distancias entre edificaciones, características que han ido desapareciendo a medida que aumenta la demanda habitacional provocada por la migración desde las zonas rurales hacia las ciudades.
El costo de no adaptarse
Para la doctora en sostenibilidad y resiliencia climática María Isabel Serrano, el Gran Santo Domingo ya experimenta los efectos de esta transformación mediante olas de calor más intensas, inundaciones recurrentes y pérdidas económicas cada vez mayores.
Según explica, el país destina alrededor de US$ 345 millones al año a la reparación de daños inmobiliarios asociados al cambio climático. A esto se suma el impacto que los eventos atmosféricos generan sobre la economía nacional.
Datos del Banco Central indican que, tras el paso de un fenómeno atmosférico de gran magnitud, el proceso de recuperación económica puede extenderse por unos 15 meses, mientras que las pérdidas alcanzan los US$ 1,100 millones, equivalentes al 1.5 % del producto interno bruto (PIB).
Serrano advierte que el problema ya no se limita al deterioro ambiental. También implica pérdidas humanas, afectaciones económicas y un territorio con escasa capacidad de respuesta ante los desafíos climáticos.
“El sector construcción tiene una gran responsabilidad no solo ambiental, sino también social. O cambiamos el enfoque de desarrollo asumido o las ciudades serán lugares donde se hará imposible vivir dignamente”, sostiene.
Los expertos coinciden en que la solución pasa por integrar la naturaleza a la planificación urbana mediante corredores verdes, bosques urbanos, jardines verticales y espacios públicos diseñados para mitigar el calor, mejorar la calidad del aire y aumentar la resiliencia de las ciudades.
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