En la actualidad, cada vez que un cliente accede a la aplicación móvil de su banco, realiza una transferencia, consulta su balance, retira efectivo de un cajero automático o paga con una tarjeta de débito o crédito, genera mucho más que un simple movimiento financiero. Detrás de cada transacción existe un complejo ecosistema de información que registra, almacena y procesa una enorme cantidad de datos sobre el comportamiento financiero y digital del usuario. A ese conjunto de registros se le puede denominar huella electrónica bancaria, un activo intangible de extraordinario valor para las entidades financieras, pero también una fuente de riesgos que muchas veces pasa inadvertida para los propios clientes.

La mayoría de las personas asocia su relación con el banco a los movimientos reflejados en un estado de cuenta. Sin embargo, la realidad es mucho más amplia. Cada interacción genera información transaccional relacionada con montos, fechas, horarios, canales utilizados y contrapartes; datos tecnológicos vinculados con direcciones IP, geolocalización, dispositivos empleados y sistemas operativos; información biométrica como huellas dactilares o reconocimiento facial; e incluso patrones conductuales que permiten identificar hábitos de uso, preferencias de consumo y perfiles de riesgo. En otras palabras, mientras el cliente visualiza únicamente una pequeña parte de la información que genera, las instituciones financieras administran un universo mucho más amplio de datos que permiten reconstruir prácticamente toda la actividad financiera y digital de una persona.

La magnitud de esta información es difícil de imaginar. Un usuario promedio que utiliza regularmente servicios de banca digital, tarjetas y cuentas de depósito puede generar cientos de eventos electrónicos cada mes. Multiplicado por millones de clientes activos dentro del sistema financiero, el resultado es una cantidad masiva de datos que se convierten en uno de los principales activos estratégicos de la banca moderna. De hecho, en la economía digital actual, la información se ha transformado en un recurso tan valioso como el capital financiero, convirtiendo a los bancos no solo en custodios del dinero de sus clientes, sino también en guardianes de enormes volúmenes de información personal y transaccional. 

Desde el punto de vista regulatorio, la República Dominicana cuenta con un conjunto de normas que buscan proteger esta información. La Ley Monetaria y Financiera No. 183-02 establece el principio del secreto bancario; la Ley No. 172-13 regula la protección de los datos de carácter personal; la Ley No. 53-07 sanciona los delitos de alta tecnología, incluyendo el acceso indebido a sistemas informáticos; y la Ley No. 155-17 contra el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo obliga a conservar registros y evidencias transaccionales durante períodos prolongados. Asimismo, la Superintendencia de Bancos, a través de ProUsuario y de diferentes reglamentos sectoriales, ha fortalecido los mecanismos de protección al consumidor financiero. Sin embargo, la velocidad con la que evolucionan las tecnologías digitales plantea desafíos cada vez mayores, lo que hace necesario continuar fortaleciendo el marco legal para adaptarlo a los estándares internacionales más avanzados en materia de privacidad, gobernanza y protección de datos. 

Resulta importante reconocer que la huella electrónica bancaria cumple funciones legítimas y esenciales para el buen funcionamiento del sistema financiero. Gracias a ella es posible detectar operaciones fraudulentas en tiempo real, prevenir el lavado de activos, mejorar los procesos de identificación de clientes, fortalecer los modelos de riesgo crediticio y ofrecer servicios más seguros y eficientes. Sin embargo, junto a estos beneficios también surgen riesgos relevantes. Una filtración de datos, un acceso interno no autorizado, una deficiente administración de privilegios de acceso o una relación poco transparente con proveedores tecnológicos externos pueden comprometer información altamente sensible de los usuarios. De igual forma, el uso creciente de algoritmos y modelos automatizados para la aprobación de créditos, determinación de límites o segmentación comercial plantea interrogantes sobre la transparencia y la explicabilidad de las decisiones que afectan directamente a los clientes.

Ante esta realidad, la gobernanza de los datos se ha convertido en un tema estratégico que debe ocupar un lugar prioritario en las agendas de los consejos de administración, los comités de auditoría y los comités de riesgos de las entidades financieras. Ya no basta con invertir en tecnología o en sistemas de ciberseguridad; es imprescindible establecer políticas claras de retención de información, controles estrictos sobre quién puede acceder a los datos de los clientes, procesos de supervisión permanente de proveedores externos y mecanismos efectivos para identificar y corregir posibles sesgos en los modelos automatizados. La verdadera fortaleza de una institución financiera no se mide únicamente por la cantidad de datos que posee, sino por la calidad de los controles que implementa para protegerlos y administrarlos responsablemente.

Al mismo tiempo, los usuarios financieros deben asumir un papel más activo en la protección de su información. La legislación dominicana les reconoce derechos de acceso, rectificación, oposición e información respecto al tratamiento de sus datos personales. Cada cliente tiene el derecho de conocer qué información posee una entidad financiera sobre él, cómo se utiliza, con quién se comparte y cuáles mecanismos existen para corregir errores o presentar reclamaciones cuando considere que sus derechos han sido vulnerados. Una ciudadanía financieramente educada y consciente constituye una de las mejores líneas de defensa frente a posibles abusos o malas prácticas.

En definitiva, la huella electrónica bancaria representa una realidad inseparable de la banca moderna. Cada operación financiera deja una marca digital que trasciende el simple movimiento de dinero y se convierte en información valiosa para la gestión del riesgo, la prevención del fraude y el cumplimiento regulatorio. Sin embargo, también exige niveles cada vez más elevados de responsabilidad, transparencia y supervisión.

El próximo gran salto de calidad del sistema financiero dominicano no dependerá exclusivamente de nuevas aplicaciones, inteligencia artificial o innovación tecnológica. Dependerá, sobre todo, de la capacidad de las instituciones para desarrollar una verdadera cultura de gobernanza del dato, donde la protección de la información de los clientes sea considerada un elemento esencial de la confianza pública y de la estabilidad financiera. Porque en la era digital, cada clic, cada consulta y cada transacción no solo movilizan dinero: también generan información, y la forma en que esa información es protegida será uno de los principales indicadores de la solidez y credibilidad de la banca del futuro.

La columna “La Banca Dominicana por Dentro”, es desarrollada por Jesús Geraldo Martínez, en el interés de aportar al fortalecimiento del Sistema Financiero Dominicano desde una perspectiva analítica y práctica orientada a la formación de conocimientos y divulgación de informaciones exclusivas de dicho sector. Para contactar con el autor. Email jesusgeraldomartinez@icloud.com, o seguir a @Jesusgeraldomartinez en Instagram

Jesús Geraldo Martínez

Economista

Dominicano, consultor, con amplia experiencia profesional en regulación y supervisión del sector financiero, destacado por sus conocimientos en gerencia, finanzas bancarias, gestión de riesgos, administración y optimización de portafolios, investigación económica, planificación estratégica, análisis de riesgos financieros y sectoriales, análisis y estructuración de bases de datos, econometría, estadística, diseño y aplicación de modelos de pruebas de estrés.

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