La crítica teatral es, en esencia, un ejercicio de análisis y valoración estética de una puesta en escena. Su propósito no consiste únicamente en afirmar si una obra gustó o no, sino en interpretar el lenguaje del artista y ofrecer al espectador una mirada que le permita comprender con mayor profundidad el universo escénico propuesto: las actuaciones, la dirección, la escenografía, el vestuario, la dramaturgia y el conjunto de signos que confluyen sobre el escenario.
Pero existe también otra dimensión más compleja y profundamente humana: el encuentro pasional entre quien escribe y el creador que dirige, adapta y se arriesga. Más aún cuando ese creador es un amigo, alguien que no solo levanta una obra, sino que carga sobre sus hombros la responsabilidad inmensa de organizar el FESTAE, apostándolo todo para mantener vivo el teatro y poner al servicio de nosotros, los amantes de las artes escénicas, un esfuerzo casi inconmensurable.
Entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿quién soy yo frente a semejante desafío humano y artístico? Y esa interrogante lo transforma todo. Cambia el lugar desde donde miro, desde donde escribo y desde donde asumo mi compromiso crítico. Porque ya no se trata únicamente de evaluar una puesta en escena, sino también de reconocer el acto de fe, entrega y resistencia cultural que existe detrás de cada función, detrás de cada riesgo asumido para que el teatro continúe respirando y fortaleciendo entre nosotros.
Y sentarme a escribir desde tempranas horas de la madrugada, preguntándome como diría William Shakespeare: “ser o no ser”, mientras resuena de inmediato aquella frase eterna de Hamlet: “Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero”. Porque al final, también desde ahí nace la honestidad de la mirada y la profundidad del compromiso frente al teatro y frente a los amigos que lo sostienen con su pasión y sacrificio.
El remontaje de Yago: Yo no soy quien soy, presentado dentro del FESTAE, confirma la madurez artística de Fausto Rojas como uno de los directores dominicanos más inquietos, creativos y arriesgados de su generación. Su apuesta no consiste simplemente en volver sobre Otelo, sino en dialogar con el clásico shakesperiano desde una sensibilidad caribeña, popular y profundamente contemporánea.
Asumir FESTAE con una visión de país para el mundo posee un enorme mérito. En tiempos donde gran parte del teatro se repliega hacia zonas cómodas o comerciales, Fausto Rojas insiste en abrir puentes entre el teatro universal y la identidad cultural dominicana. Esa persistencia merece ser reconocida. Hay en su trabajo una voluntad de riesgo, una necesidad de explorar nuevos lenguajes visuales y actorales y, sobre todo, el deseo legítimo de demostrar que el teatro dominicano puede conversar de tú a tú con las grandes tragedias universales.
Foto: Mika Pasco.
Esta adaptación, conocida como localización o versión vernácula, consiste precisamente en trasladar el contexto original de una obra clásica hacia códigos culturales propios. Y aunque se trata de una versión muy libre de Otelo, la estructura simbólica esencial del clásico permanece viva dentro de la puesta en escena, preservando muchos de los grandes núcleos trágicos y poéticos concebidos por Shakespeare.
La propuesta traslada el universo trágico hacia “la gallera”, espacio simbólicamente dominicano donde la masculinidad, el poder, la rivalidad y la violencia adquieren una dimensión casi ritual. Ese hallazgo dramatúrgico constituye uno de los mayores aciertos del montaje.
Yago, sociópata seductor, inteligente y hombre de absoluta confianza de Otelo, se convierte en el autor de todo cuanto acontecerá en ese espacio de degradación moral y discutible caballerosidad. Allí, este poeta del mal teje lentamente la telaraña psicológica en la que todos terminarán atrapados. Otelo, “el negro”, el general victorioso, no es más que la gran víctima de su accionar. Ante los ojos de todos, Yago aparenta nobleza y lealtad, cuando en realidad encarna la manipulación más devastadora. Como anuncia el propio título de la obra: “yo no soy quien soy”.
Foto: Mika Pasco.
Uno de los aspectos más interesantes de esta puesta es cómo la adaptación conserva varios de los símbolos esenciales del universo trágico del teatro de Shakespeare. El pañuelo continúa siendo el gran dispositivo simbólico de la obra: representación del amor, la fidelidad y la confianza conyugal que, en manos de Yago, termina convertido en instrumento de sospecha y destrucción moral.
También sobreviven las metáforas animales utilizadas por Yago para describir a Otelo: “el carnero negro”, “el caballo”, “la bestia”. Shakespeare utilizó esas imágenes para evidenciar los prejuicios raciales y el miedo al “otro” . En esta adaptación, esos símbolos adquieren todavía mayor fuerza al integrarse al universo de “la gallera”, espacio dominado por la confrontación masculina, la territorialidad y la violencia instintiva.
La obra fue concebida bajo un formato de teatro en arena o semi-arena, rompiendo la frontalidad tradicional y colocando al público prácticamente dentro del escenario del Teatro Nacional Eduardo Brito. El espacio escénico se situaba en el centro, rodeado por los espectadores desde todos los ángulos, generando una experiencia de notable proximidad e inmersión.
La puesta utilizó además pasarelas, niveles y plataformas que extendían la acción dramática hacia el público, integrando actores y espectadores dentro de una misma dinámica ritual. Esa concepción recordaba, en muchos aspectos, el espíritu del teatro isabelino: ruptura de las unidades clásicas de tiempo y lugar, desplazamientos constantes de la acción y una libertad estructural donde coexistían lo trágico, lo popular, lo poético y lo violento.
Esa arquitectura escénica reforzaba además la atmósfera opresiva de “la gallera”, ese territorio moralmente degradado donde todos vigilan y todos son vigilados. El espectador dejaba de ocupar una posición segura o distante; terminaba absorbido por el dispositivo dramático, atrapado en la red invisible que Yago construye con palabras, sospechas y manipulación. La tragedia no ocurría solamente frente al público, sino alrededor y dentro de él.
La escenografía diseñada por Fidel López constituye uno de los grandes aciertos visuales del montaje. El uso del espacio escénico favorece la movilidad de la acción dramática y potencia la sensación de encierro, vigilancia y tensión colectiva que define el universo de la obra. Las plataformas, alturas y desplazamientos permiten que la tragedia ocurra simultáneamente desde distintos puntos del espacio, generando una experiencia dinámica y envolvente.
A ello se suman las interpretaciones musicales y la ambientación sonora, que contribuyen significativamente a sostener la atmósfera emocional de la puesta. La música no aparece únicamente como acompañamiento, sino como un elemento orgánico que dialoga con las acciones dramáticas, reforzando tensiones, silencios y momentos de confrontación.
El vestuario, aunque funcional dentro de la propuesta escénica, aún puede evolucionar hacia una mayor fuerza estética y simbólica que termine de integrar plenamente la atmósfera trágica y ritual concebida por el montaje.
En el plano actoral, el montaje encuentra varios de sus momentos más sólidos. Johnnié Mercedes construye un Otelo de fuerte presencia escénica, autoridad contenida y notable humanidad trágica. Su interpretación evita los excesos melodramáticos y deja ver, poco a poco, las grietas emocionales del personaje.
Por su parte, Wilson Ureña ofrece un Yago inteligente, calculador y seductor. Su actuación se desplaza con habilidad entre la aparente lealtad y la perversidad emocional, convirtiéndose en el eje gravitacional de la tragedia.
Ernesto Báez, en el rol de Casio, aporta equilibrio y funcionalidad dramática, mientras Yorlla Lina Castillo consigue una Desdémona sensible y vulnerable dentro de un universo marcado por la violencia masculina y la degradación moral.
Mención especial merece Cristela Gómez en el papel de Emilia, personaje que logra sostener momentos de sinceridad humana y cercanía emocional dentro de la tragedia. Asimismo, resulta significativo el trabajo del veterano actor Miguel Bucarelli, cuya presencia aporta experiencia, oficio y peso teatral al conjunto del montaje.
Más allá de individualidades, debe reconocerse el esfuerzo colectivo de todo el elenco, que asume el desafío de habitar una puesta físicamente exigente y dramatúrgicamente compleja.
Sin embargo, uno de los aspectos que todavía requiere mayor rigor dentro del montaje es el tratamiento del verso y de algunos soliloquios. En determinados momentos, ciertos actores no logran declamar con toda la musicalidad, profundidad y organicidad que exige el drama poético shakesperiano. En Shakespeare, el verso no es únicamente palabra: es respiración dramática, música interior y tensión emocional; por eso, cuando pierde cadencia o organicidad, la tragedia disminuye parte de su fuerza escénica.
No obstante, debo reconocer también que asistí al estreno de la obra. Y quienes hemos vivido el teatro desde dentro, quienes hemos dirigido actores y sentido el peso de una producción sobre los hombros, sabemos que un estreno es también un territorio de tensiones, presión emocional, exigencias técnicas y acumulación de desgaste humano. Muchas de esas pequeñas imperfecciones forman parte natural del riesgo irrepetible del teatro vivo.
Y justamente ahí reside también la nobleza del hecho escénico: en lanzarse al vacío frente al público, aun con el cansancio, la ansiedad y las enormes responsabilidades que implica levantar un montaje de esta magnitud dentro de un festival.
Más allá de cualquier observación crítica, Yago: Yo no soy quien soy merece trascender el reducido tiempo de unas cuantas funciones. Esta es una obra que debería recorrer todo el país. Imagino perfectamente un gran circuito nacional, provincia por provincia, llevando esta reinterpretación caribeña y dominicana de Shakespeare hacia nuevos públicos, estudiantes, teatristas y comunidades.
Ahí existe otro gran desafío que Fausto Rojas y el teatro oficial dominicano podrían asumir: convertir este montaje en una verdadera experiencia nacional de circulación cultural y formación de públicos.
Ojalá el Ministerio de Cultura, las instituciones privadas y los distintos sectores comprometidos con el desarrollo artístico comprendan el valor de iniciativas como esta y apoyen la continuidad y expansión de propuestas teatrales que elevan el diálogo entre la cultura dominicana y el gran teatro universal.
Porque más allá de sus imperfecciones, este remontaje posee un valor esencial: reafirma la necesidad de revisitar los clásicos desde nuestra realidad cultural y demuestra que el teatro dominicano necesita seguir apostando por propuestas ambiciosas, riesgosas y artísticamente comprometidas.
Remontar una obra después de cinco años no significa repetirla. Significa volver a entrar en ella desde otra conciencia, desde otra experiencia humana y teatral. Y justamente ahí reside uno de los mayores méritos de esta nueva entrega de Yago: Yo no soy quien soy.
Finalmente, felicito a todo el elenco, al equipo técnico, a los músicos, diseñadores, productores y colaboradores que hicieron posible esta puesta en escena. Y de manera muy especial, al amigo, director y organizador del FESTAE, Fausto Rojas, por su entrega, valentía y compromiso persistente con el teatro dominicano.
Foto: Mika Pasco.
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