En el vasto horizonte de la literatura persa, la figura de Omar Khayyam (1048–1131) aparece envuelta en una ambigüedad fascinante: ¿fue realmente el autor de los célebres Rubaiyat o más bien un nombre bajo el cual se agruparon voces diversas, escépticas y heterodoxas? Esta incertidumbre, lejos de debilitar su figura, la ha fortalecida a través de los años. Khayyam no es solo un poeta: es un campo de tensiones entre ciencia, filosofía, mística y rebeldía literaria.

Matemático, astrónomo y filósofo, Khayyam fue contemporáneo de Avicena, cuya influencia racionalista se percibe en la estructura reflexiva de sus versos. Sin embargo, donde Avicena buscaba la armonía entre razón y fe, Khayyam parece deslizarse hacia una duda más radical. El escritor iraní Sadegh Hedayat, en su ensayo sobre Khayyam, lo describe con claridad: “no es un místico resignado, sino un escéptico que canta desde el borde del abismo”. Esta lectura sitúa al poeta en una tradición crítica interna al pensamiento islámico, más cercana a la inquietud filosófica que a la devoción.

Los Rubaiyat —plural de ruba’i, cuarteta— no constituyen un libro en sentido estricto, sino una forma poética tradicional persa que Khayyam habría llevado a una intensidad singular. Cada cuarteta funciona como una cápsula de pensamiento: breve, incisiva, a menudo paradójica. La islamóloga Annemarie Schimmel señala en sus estudios sobre poesía persa que “el ruba’i condensa una experiencia espiritual o filosófica en un instante de revelación”. En Khayyam, ese instante suele estar teñido de escepticismo: la vida es breve, el destino incierto, y la verdad, si existe, permanece velada.

Uno de los temas centrales de sus versos es la fugacidad del tiempo. El célebre verso traducido como “El dedo que se mueve escribe, y habiendo escrito, sigue adelante” —difundido ampliamente en Occidente por Edward FitzGerald en su versión victoriana de los Rubaiyat— resume una visión fatalista del devenir : lo escrito no puede borrarse, el pasado es irrevocable. Este pensamiento, citado incluso en episodios contemporáneos como el escándalo Clinton-Lewinsky, revela la persistencia cultural de Khayyam más allá de su contexto original.

Pero reducir su poesía a un fatalismo sombrío sería simplificarla. En muchos Rubaiyat, la respuesta al absurdo de la existencia no es la desesperación, sino el goce del presente: el vino, el amor, la amistad. Aquí surge una de las grandes controversias interpretativas: ¿es el vino en Khayyam un símbolo sufí de éxtasis espiritual o una afirmación hedonista? El orientalista Reynold A. Nicholson defendía la lectura mística, considerando que el vino representa la embriaguez divina; mientras que Hedayat insistía en su literalidad, viendo en esos versos una celebración del placer como resistencia frente al dogma religioso.

Esta ambigüedad se extiende a su relación con el sufismo. Aunque algunos lo han vinculado con la poesía mística, su tono carece del anhelo de unión divina característico de los sufíes clásicos. Más bien, Khayyam parece cuestionar tanto la ortodoxia religiosa como las promesas trascendentales. El filósofo contemporáneo Peter Adamson ha señalado que Khayyam “encarna una corriente escéptica dentro del islam medieval que rara vez ha sido plenamente reconocida”, subrayando así su singularidad dentro de la tradición.

Hay momentos, incluso, en que su pensamiento roza una radicalidad difícil de aceptar:

“Mi nacimiento no aportó el menor provecho al Universo.

Mi muerte no disminuirá ni su inmensidad ni su esplendor”

(El Rubaiyat de Omar Khayyam, Penguin Classics, 1984, p. 39).

Aquí no hay metáfora tranquilizadora. Solo una constatación: la insignificancia. El yo, reducido a accidente. El universo, intacto.

Y, sin embargo, esa misma voz puede desplazarse hacia otro registro:

“Perdona a todos los culpables.

No entristezcas a nadie.

Y escóndete para sonreír” (Penguin Classics, P.74).

Omar Khayyam.

No es contradicción. O no del todo. Es, más bien, el otro lado de la lucidez: si nada tiene fundamento último, entonces la ética no proviene de un mandato trascendente, sino de una elección frágil, casi secreta.

La tradición ha intentado domesticar esta tensión. Leer a Khayyam como místico, como hedonista, como sabio resignado. Ninguna de esas etiquetas lo agota. Como advirtió Sadegh Hedayat, en su obra hay algo más incómodo: una negativa a aceptar consuelos.

La cuestión de su autoría también alimenta el mito. Muchos manuscritos atribuyen a Khayyam cuartetas que podrían haber sido compuestas por otros poetas. Edward FitzGerald, en su influyente traducción del siglo XIX, no solo seleccionó y adaptó los textos, sino que los reconfiguró según una sensibilidad occidental. Así, el Khayyam que conocemos en Occidente es, en parte, una construcción moderna : un poeta existencialista antes de tiempo.

Esta proyección ha permitido establecer afinidades con poetas modernos como Fernando Pessoa, T. S. Eliot, Paul Celan o Walt Whitman, quienes también exploraron la identidad fragmentaria, la temporalidad y la intensidad del presente. Sin embargo, en Khayyam hay una diferencia crucial: su insistencia en el “aquí y ahora” no busca construir sentido, sino aceptar su fragilidad.

Como observa Schimmel, “en la fugacidad del instante se revela una forma de eternidad”, una idea que permite comprender el núcleo de su pensamiento poético. Frente a sistemas filosóficos que prometen verdades duraderas, Khayyam propone una sabiduría del momento: efímera, pero intensamente vivida.

Khayyam también dialoga con tradiciones religiosas anteriores, como el zoroastrismo, y mantiene una relación compleja con el Corán: lo cita, lo interroga, a veces lo subvierte. No es un hereje declarado, pero tampoco un creyente ortodoxo. Su poesía se sitúa en una zona liminal, donde la fe y la duda coexisten sin resolverse.

¿Por qué escribió en cuartetas? Tal vez porque esa forma breve le permitía capturar lo efímero, lo inasible. En un mundo donde todo cambia, la cuarteta es un destello: una verdad momentánea que no pretende durar. En este sentido, Khayyam no solo heredó una tradición, sino que la transformó en un instrumento de pensamiento.

En última instancia, la pregunta inicial —¿poeta real o mito?— pierde relevancia frente a la potencia de su obra. Khayyam es ambas cosas: un individuo histórico y una construcción cultural, un sabio y un símbolo. Su legado no reside en la certeza de su autoría, sino en la persistencia de sus preguntas.

Quizás la respuesta esté, como sugieren sus versos, en aceptar la incertidumbre con lucidez. En ese gesto —tan simple como levantar una copa, tan complejo como asumir el vacío—, Omar Khayyam sigue hablándonos.

Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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