Pensar y escribir, aunque diferentes entre sí, están estrechamente relacionados.
La actividad escritural certera, en todo caso, dependería de reiteradas lecturas, inteligentes, reflexivas y, por supuesto, exentas de prejuicios.
Cuando el pensamiento es claro y certero, la escritura también lo es.
De no ser así, los mensajes serían truncos, unilaterales y, por ende, incomprensibles.
Los pensadores impecables buscarían, en todo momento, la claridad discursiva y, las más de las veces, evitarían la jerga lingüística altisonante, rebuscada y, si se quiere, pedante.
La lectura de sus textos, entonces, sería placentera y comprensible.
Diríase que no pocos olvidarían tan importante verdad.
Quizás, por falta de conocimientos, preferirían la escritura lóbrega y para nada legible, ya que su práctica, superflua y fútil, tornaría insignificante su estilo escritural, que, por tanto, no sería sino embrollado, ambiguo y nunca claro.
Por tal razón, no podrían ser interpretados, ni, mucho menos, entendidos.
De modo que para ser buen escritor se hace necesario leer mucho; trabajar bien; tener talento y pensar, sobre todo, con elevado vuelo creativo.
Ello posibilitaría la transmisión efectiva del mensaje y diversos significados del texto en cuestión.
Quien piense lo contrario, no pasaría de ser escribidor de escasa o ninguna calidad.
Sus libros, atiborrados de incoherencias y sinsentidos, no resistirían el paso del tiempo, ya que permanecerían enterrados, para siempre, en el polvo del olvido.
Sus intérpretes, avezados o no, perderían el tiempo leyendo cualesquiera de sus obras.
Consciente de eso, Flaubert pensaría, una y otra vez de manera exhaustiva, sus novelas, cuentos y libros de viajes.
Y lo más importante: escribiría con incomparable calidad literaria, para entretener y excitar la imaginación de sus lectores.
Por tal motivo, ocupa un sitial relevante en el ámbito de la cultura universal.
En efecto, nadie, por más que lo quisiese, se lo podría regatear.
Conocedor de tan gran escritor, Vargas Llosa, no sin curiosidad ni asombro, elaboró un magnífico ensayo titulado: La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary.
El mismo, además de sustancioso, sobrio, elegante y fluido, es profundamente reflexivo, conciso y preciso.
Para nada es complaciente ni halagador.
Al contrario, presenta un análisis interpretativo de la pasión escritural de Flaubert y el proceso creativo de Madame Bovary.
Orgía perpetua, sin el menor ápice de duda, es un ensayo magistral que permite entender la filosofía escritural y creativa de Flaubert. Con toda seguridad, se diría que él habría de ser tenido en cuenta por siempre.
Ello no es casual: se debe, principalmente, a su elegancia formal y admirable riqueza de contenido.
En dicho ensayo, entre otras cosas, Vargas Llosa afirma:
"(…) el exceso de trabajo, la tremenda excitación en que lo sume un episodio, un problema de estilo, lo ponen en un estado de desequilibrio emocional, de ira frenética, y llega a rozar el colapso nervioso (…)".
Eso demuestra que Flaubert cuidaba mucho el estilo escritural.
De otra manera no habría escrito obras de indiscutible valor literario.
Pudiera decirse que Orgía perpetua es un merecido homenaje a Madame Bovary y a la enorme vocación creativa de Flaubert, el cual, amante del oficio de escribir, se entregaría, en cuerpo y alma, a la creación ininterrumpida de obras magistrales.
Flaubert escribiría sus obras con gran vocación pasional. Sin ella, sus creaciones no habrían tenido sentido.
Vargas Llosa estudió detenidamente las obras de Flaubert.
Aprendería de ellas, al tiempo que diría:
"(…) Gustave descubrió (inventó) su sistema de trabajo mientras escribía Madame Bovary; aunque sus textos anteriores le habían exigido esfuerzo y disciplina —sobre todo la primera Tentación—, solo a partir de esta novela quedaría perfectamente definida esa suma de rutinas, manías, preocupaciones y ocupaciones que le permitían el máximo rendimiento (…)".
Ciertamente, Flaubert no solo habría sido buen lector, sino, también, excelente escritor, de ensanchada imaginación, que trabajaría, a tiempo y destiempo, ideas, conceptos y palabras impregnadas de sentido, ritmo y musicalidad.
Si no hubiese sido por ello, no habría logrado obras dignas de recordación y lectura obligatoria.
Ahora bien, de las pocas obras que habría escrito Flaubert, la mejor, sin duda alguna, es Madame Bovary.
Por tal razón, Vargas Llosa la eligió como paradigma escritural de novela perfecta.
No conforme con leerla una y otra vez, la sopesó con agudeza analítica.
Las experiencias, impresiones y percepciones sobre tan interesante novela enriquecieron, en cierta medida, su concepción técnica y metodología de hacer novelas verosímiles, cualificadas y perpetuas en el espacio-tiempo de la buena literatura.
Entre las tantas novelas leídas a lo largo de su vida, Madame Bovary habría sido la novela predilecta de Mario Vargas Llosa.
Sin pensarlo siquiera una vez, leería y ponderaría con visión crítica, paciencia y disciplina, los escritos del gran maestro de la novela moderna.
Sin desesperación alguna, desentrañó los sentidos de Madame Bovary, novela de estilo deslumbrante, cuya magia encantadora embriaga el pensamiento con intenso placer estético.
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