“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles…”
El poema no comienza con un hecho ni con una escena que sitúe al lector; comienza con un mandato, y en ese gesto inicial se fija una relación entre la palabra y aquello que nombra que no pasa por la distancia ni por la explicación, de modo que la guerra de Troya no aparece como algo previo al relato, sino como algo que se pone en marcha en el acto mismo de ser invocado; ese “canta” no es una fórmula heredada ni un adorno de la tradición, es el punto en que la palabra se vuelve acción, y lo que se dice adquiere un peso que no se discute, se asume.
En ese primer verbo queda inscrita también la figura que habrá de sostener el poema, porque la cólera de Aquiles, nombrada desde la primera línea, no funciona como un rasgo del personaje ni como un motivo narrativo entre otros, sino como la fuerza que atraviesa todo el canto, la que empuja a los hombres hacia el combate y condiciona el curso de los hechos sin necesidad de justificarse, y ahí conviene detenerse, porque Aquiles no es un héroe en el sentido posterior del término, no encarna una virtud que deba ser imitada ni se presenta como modelo de conducta, es, ante todo, una intensidad que irrumpe, se impone y arrastra consigo a los demás, una forma de exceso que no se regula en función de un equilibrio, sino que se define precisamente por aquello que no puede contener.
La tradición heroica que se articula en torno a figuras como la suya no busca ofrecer ejemplos de prudencia, sino fijar una escala de experiencia donde la vida se juega en su punto más alto, donde el héroe no es quien actúa correctamente, sino quien lleva la acción hasta sus últimas consecuencias aun a riesgo de su propia ruina, y en esa lógica la cólera ocupa el lugar de apertura no como accidente, sino como principio que hace visible al héroe en su verdad, porque Aquiles se retira del combate, se niega a participar, deja que la guerra siga su curso sin él, y en ese gesto introduce una grieta que pesa tanto como cualquier hazaña, de manera que la épica, que podría sostenerse en la acumulación de victorias, se organiza aquí alrededor de una ausencia, de una negativa que altera el equilibrio de todo el ejército aqueo.
Ese desplazamiento le confiere a la figura heroica una densidad que va más allá del combate, porque Aquiles no es solo el guerrero invencible, es también quien se repliega, quien se encierra en su propia ofensa y mide el mundo desde una herida que no busca resolver, de modo que la cólera no se manifiesta únicamente como impulso hacia afuera, sino como una forma de permanencia en el conflicto, una manera de habitarlo sin disiparlo, y en esa tensión entre acción y retirada se insinúa ya un movimiento que desborda el marco estrictamente épico, como si en el centro mismo de la guerra comenzara a abrirse una conciencia que no se agota en la hazaña.
Ahí se produce un punto de contacto con otras formas de la tradición, porque si la épica fija al héroe en el espacio público, en el campo de batalla y en la memoria colectiva, la lírica lo desplaza hacia una experiencia más interior, donde la intensidad ya no se juega en la acción sino en la voz, y aunque en Aquiles ese tránsito no se consuma, su figura lo contiene en germen, en su relación con la pérdida, en el dolor por la muerte de Patroclo, en la conciencia de un destino breve y glorioso que no se presenta como elección, sino como condición, de manera que el canto no solo recoge la violencia del combate, sino también una forma de conciencia que comienza a volverse sobre sí misma.
Desde esa perspectiva, el inicio adquiere otra resonancia, porque el mandato de cantar no solo pone en marcha una historia de guerra, sino que fija una forma de decir donde la intensidad de la experiencia exige ser pronunciada, donde la cólera no puede quedar en silencio y necesita del canto para adquirir forma, y en ese paso la violencia del hecho se transforma en materia de palabra, sin que esa transformación logre contener del todo aquello que nombra, porque la cólera, una vez invocada, se despliega, irrumpe, altera cuanto toca, y el canto, al mismo tiempo que le da forma, deja ver aquello que se le escapa.
En ese punto el inicio adquiere un alcance que atraviesa la tradición, no solo porque abre un relato, sino porque introduce una relación entre palabra y autoridad que será revisada una y otra vez, ya que el mandato de cantar implica una potestad, la de nombrar y, al hacerlo, fijar el sentido de lo que ocurre, de manera que la épica no se limita a contar la guerra, sino que la vuelve inteligible desde una voz que no admite réplica, una voz que no se ofrece como interpretación, sino como enunciación.
Leer ese comienzo hoy implica aceptar esa doble condición; por un lado nos sitúa ante una forma del relato donde palabra y mundo se tocan sin intermediarios, y por otro deja al descubierto una fisura, porque aquello que se invoca no queda contenido en el decir, la cólera de Aquiles, una vez pronunciada, desborda el canto que intenta seguirla y lo obliga a perseguirla sin alcanzarla del todo, y en ese movimiento se sostiene la fuerza del poema, no en la magnitud del tema, sino en la precisión de ese primer gesto que pone todo en marcha, como si cada lectura regresara a ese “canta” no para confirmarlo, sino para volver a escucharlo, con la misma intensidad y con la misma incertidumbre.
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