Entre la bohemia de los ochenta y el silencio de Jababa, se apaga la voz de un poeta y gestor cultural cuya imaginación no conoció límites ni disciplinas.

A Yoe F. Santos Graciano lo conocí en 1986, en un congreso de escritores que José Mármol organizó cuando era docente y tallerista del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec). Franklin Hernández —el exitoso ingeniero de casi todas las bandas sonoras de las películas dominicanas actuales— era entonces un mozalbete poeta, mezcla de Bob Dylan y Charles Bukowski. Nos alojaron en algún dormitorio universitario. En la primera sesión de discusiones, todos nos ajustamos a los minutos reglamentarios de participación que rondaban, en promedio, de 5 a 10 minutos. Sin embargo, cuando rondaba la media hora, era que Yoe se aprestaba para abordar el meollo resbaladizo de su discurso, ante el no disimulado disgusto de los organizadores; pero, también, ante el deleite morboso de una turba fascinada por su encendido verbo y lúdica imaginación sin límites.

No era una situación excepcional. Yoe era así: podía venderle un elefante rosa a un esquimal. Siempre me deslumbraba con los planes sin fin que concebía a partir de redes de relaciones internacionales con famosos personajes y fundaciones. Había sido, motivado por el entorno intelectual de la UASD y del taller César Vallejo de los años ochenta, un lector voraz de toda teoría filosófica, intelectual, ideológica, conspiracionista, tecnócrata, etc.; en definitiva, de todo papel impreso o fotocopiado que caía en sus manos. Esa constante actividad intelectual explica su incomparable capacidad de invención y de poetizar, no solo en las páginas, sino en la vida.

De ahí que, sin ser un dechado de disciplina y metodología, pronto fue asediado por quienes, en negocios, colegios o universidades, debían concebir algún proyecto o tesis, o simplemente publicar algún libelo. Cientos, que podrían ser miles, de clientes y profesionales le deben haber completado algún farragoso documento para realizar un negocio o alcanzar un título. No serán menos los que, habiendo pagado parte de los adelantos que precavidamente Yoe solicitara, esperaron (y ahora aguardarán eternamente) la entrega de un plan de negocio, una campaña de publicidad, una tesis de maestría o doctorado.

Yoe Santos siempre estaba en las nubes. En la mayoría de los casos, esto sería una figura retórica o metafórica, pero no en este caso. Él vivía de la ficción, en la que realmente creía. Recuerdo aquella vez que, participando en uno de los incontables concursos que empezaban a divulgarse en un incipiente internet —en los que, a menudo, por una cuota de inscripción se recibían premios y el derecho a aparecer en antologías internacionales—, el peculiar pícaro anunciaba radiante un reconocimiento, si no recuerdo mal, de un certamen convocado en Washington. Estaba feliz. «Se me está haciendo tarde», me dijo. «Ya hay muchos poetas de la crisis y de la generación de los ochenta que van camino de la consagración. Necesito que también hablen de mí». Comprendí su dolor como escritor de provincia, mocano y obstinadamente ignorado por las pandillas literarias de la capital, ocupadas en mirarse el ombligo. Sin duda, Yoe era tan talentoso como desordenado en muchos aspectos, un gestor cultural nato. Y se merecía que lo tomaran más en cuenta. Pero la crueldad en el mundo cultural, nacida de egos desmedidos y ciegos, es tan grande como a veces se manifiesta en los niños.

Lo eché de menos en los últimos Arte Vivo, un festival que, desde los años ochenta, era el escenario ideal para sus divagaciones quijotescas y cultas en demasía, sus bailes de palos y gagá, y para su espíritu de gozador sin culpa e impenitente. Hace poco me dijeron que estaba en situación de calle. Hoy, Franklin me pregunta y me reclama por el silencio en torno a Yoe. Luis Córdova y Basilio Belliard me han confirmado una triste noticia: falleció hace un par de meses en Jababa, Moca. La noticia me ha golpeado duramente, tanto que me resisto a que el duende más prolífico en sueños, emociones, poesía y ruido se vaya en la indiferencia y el anonimato absoluto.

Van, pues, estas palabras y mis lágrimas para Yoe, un querido amigo y duende indispensable. ¡Que las circunstancias mundanas te sean leves, poeta! ¡Vuela alto, Yoe!

Fernando Cabrera

Escritor

Graduado en: Doctorado (PHD) en Estudios de Español: Lingüística y Literatura, Maestría en Administración de Empresa e Ingeniería de Sistemas y Computación.

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