Escribir, ciertamente, es una actividad dura, espinosa y, sobre todo, apasionante.
Por tanto, no sería extraño practicarla con la fuerza del coraje radical.
Para algunos sería dolorosa; mientras que para otros resultaría poco más que placentera.
Hemingway concibe el hábito de escribir como terriblemente difícil; mientras que Faulkner habría entendido que escribir bien implica, entre otras cosas, "99% de talento… 99% de disciplina… 99% de trabajo" (…).
Ambos genios de la literatura escribirían con valentía inquebrantable.
No es secreto para nadie que la escritura de elevado nivel estético y perfección extrema requiere, entre otras cosas, buena imaginación, talento, creatividad, constancia, disciplina, preparación, además de valentía, templanza de espíritu y mucho coraje.
Ello no podría ser de otro modo.
A sabiendas de ello, Vargas Llosa se entregaría, en cuerpo y alma, no sin coraje, al duro y complejo oficio de escribir.
Convendría subrayar como ejemplo curioso que lo haría con gran empeño, coraje y ardiente pasión.
Todas sus obras, sin excepción alguna, las pensaría con profundidad conceptual y las escribiría con entusiasmo y no poca valentía.
Si no hubiese sido por ello, sus escritos habrían sido absurdos, insulsos y contradictorios.
Por fortuna, encontraría la libertad de ser en el coraje de escribir.
Gracias a la fuerza del coraje de escribir lograría con eficacia:
- Vencer el bloqueo mental.
- Trascender el miedo de escribir.
- Crear mundos imaginarios fundamentados en realidades.
- Criticar duramente el poder.
- Descontinuar relaciones amorosas.
- Superar rupturas ideológicas.
- Defender sus ideas con entusiasmo y prudencia radical.
Además, criticaría, sin temor ni temblor, los gobiernos dictatoriales.
También convendría no olvidar que elaboraría obras novedosas con ritmo, cadencia y musicalidad poética.
Diríase, sin la menor duda posible, que el coraje de escribir lo habría revitalizado, en gran medida, no solo con ricas enseñanzas de la mejor tradición literaria, sino con postulados fundamentales de las concepciones óntica, gnoseológica y existencial de Jean-Paul Sartre, con el cual tendría diferencias insuperables.
Por no pocas razones, Vargas Llosa no asumiría todos los principios y planteamientos sartreanos.
Uno de ellos, por ejemplo, sugiere el abandono radical de la práctica escritural y la aceptación plena del compromiso político.
Vargas Llosa no estuvo de acuerdo con ello.
Pudiera decirse que esa, más que cualquier otra, habría sido su gran controversia con Sartre.
Con razón y argumentos aclaratorios, Alonso Cueto, buen conocedor de la literatura vargasllosiana, refiere que:
"La gran discrepancia entre Vargas Llosa y Sartre se produjo ante una famosa afirmación del filósofo francés en una entrevista realizada por Madeleine Chapsal aparecida en Le Monde. Puesto en el dilema entre escribir y cumplir un papel político, según Sartre, el escritor debería dejar de escribir y abrazar a su sociedad en el campo de la política (…)".
Como se ha de saber, Vargas Llosa nunca dejaría el trabajo de escribir.
Puede que alguna vez las garras horripilantes del terrorismo pretendieran acallar su voz sin lograrlo.
Al contrario, nunca temblaría de pavor y, en cambio, desarrollaría la práctica escritural con rebeldía y firme coraje.
En todo momento escribiría con mucho y soportaría, en carne viva, vértigos del dolor y enormes desafíos de creaciones literarias, así como el peso de la incertidumbre de un devenir sombrío.
Con firmeza de espíritu y fuerza de coraje, habría enfrentado la pérdida de valores, la cultura light, la decadencia ideológica, la falta de libertad y la voluntad de poder de regímenes de fuerza.
Por sus constantes relámpagos de lucidez mental y el coraje de escribir, cultivaría la literatura de su contexto epocal con absoluta independencia de criterio.
Según su punto de vista, la literatura ha de ser libre y nunca servir.
Esa convicción, probablemente, la heredaría de Sartre, quien, alguna vez, habría escrito que:
"Yo digo que la literatura de una época determinada está enajenada cuando no ha llegado a la conciencia explícita de su autonomía y se somete a los poderes temporales o a una ideología (…)".
Esa consideración, Vargas Llosa la compartiría, en tanto en cuanto, desde siempre, habría creído que la literatura, por su naturaleza libertaria y contestataria, jamás estaría subordinada a caprichos enfermizos del poder estatal.
Con limpidez y coraje, concibió la literatura como rebelde e indomable.
En no pocas ocasiones habría dicho, no sin razón, que la literatura estaría llamada a completar la realidad, denunciar la injusticia y hacer posible la vida razonable.
Esa, en vez de otra, habría de ser, quizás, su misión fundamental en la vida.
Tolstói, Maupassant, Dostoievski, Hemingway, Kant, Hegel, Spencer, Nietzsche, Homero, Unamuno, Borges, Kafka y Deligne, entre otros tantos escritores, nos legaron, con deslumbrante coraje, su impronta en el contexto de la práctica escritural creativa.
Vargas Llosa, impregnado del ser de las palabras y las enseñanzas de la lectura constante, escribiría obras de gran valor estético y belleza inigualable.
Lo haría con pasión, inteligencia, el fuego de la imaginación y la rebeldía del coraje.
Debido a ello, habría desvelado los secretos más recónditos de la sabiduría milenaria.
Eso determinaría, de alguna manera, su reciedumbre intelectual y escritural.
La conciencia lúcida y el impulso vital del coraje de sentir, hacer y pensar le habrían permitido forjar un estilo propio:
- Seductor.
- Natural.
- Legible.
- Conciso.
- Fluido.
- Sobrio.
- Poético.
- Verosímil.
- Rítmico.
- Bello.
- Y elegante.
Su estilo, ajeno a divagaciones fútiles del entendimiento desentendido, revelaría, en toda su pureza, el aroma encantador de la poesía y la certeza del buen decir.
Por tal motivo, sus obras, tanto narrativas como analíticas y expositivas, tienen armonía sonora, elegancia y contagiosa fragancia estética.
Durante sus andanzas literarias, Vargas Llosa nunca habría comulgado con la desmesura ni la falsación.
Suponerlo siquiera sería un gran absurdo.
En todo momento, sin presunciones extravagantes, buscaría la eficacia de pensar e imaginar más allá de la realidad.
Lo haría no para proyectar falsas expectativas de grandeza banal e ilusoria, sino para echar raíces en la memoria colectiva y ser recordado, además, con respeto y admiración.
Gustave Flaubert, creador de Madame Bovary, diría alguna vez:
"Estoy abrumado, los sesos me bailan dentro del cráneo. He vuelto a copiar, desde las diez de ayer por la noche hasta ahora, setenta y siete páginas seguidas, que en total no hacen más de cincuenta y tres. Es embrutecedor. Tengo las vértebras del cuello rotas (…)".
"Has de saber —continúa explicando— que estoy agotado de escribir. El estilo, que es algo que me tomo muy en serio, me altera los nervios horriblemente. Me lleno de despecho, me reconcomo. Hay días en que estoy enfermo y por la noche tengo fiebre. Cada vez me siento más incapaz de expresar la Idea. ¡Qué extraña manía la de pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando para redondear frases (…)!".
No obstante, Flaubert no renunciaría a la dura y placentera práctica de escribir.
Al contrario: siempre escribiría estimulado por el impulso pasional del coraje escritural.
En reiteradas y despaciosas lecturas de obras de Flaubert, Vargas Llosa asimilaría sus técnicas y estrategias discursivas.
Desde muy temprana edad, habría escuchado, sin el rubor de la impaciencia, el llamado irresistible de la vocación literaria.
En verdad, nunca desoiría su cántico embriagador y grácil.
Sin reproche alguno, la aceptaría de buena gana, toda vez que sintetizaría su esencia significativa en estas palabras:
"La vocación literaria no es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos (…)".
Consciente de que la vocación por sí sola no bastaría para desarrollar el talento y dar rienda suelta a la imaginación, Vargas Llosa, de suyo, la combinó muy bien con los mandatos categóricos del coraje y los soplos de las musas inspiradoras.
En una ocasión digna de recordación, el filósofo español José Ortega y Gasset habría dicho:
"Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua. Es un acto de rebeldía permanente contra el entorno social, una subversión. Escribir bien implica cierto radical denuedo (…)".
Lo dicho, a todas luces, indica que escribir bien exige, nada más y nada menos, trascender las reglas del idioma y dominar la lengua.
Es cierto, desde luego, que Vargas Llosa compartiría, al menos, la percepción orteguiana sobre el acto de escribir.
Al fin y al cabo, resulta evidente que jamás se sometería a esquemas rígidos del idioma.
Con inteligencia y debida prudencia, trascendió sus límites intrínsecos mediante la ficción y el vuelo de la imaginación epistémica.
Sin la energía del coraje, Vargas Llosa no habría escrito, con tesón, invención ni constancia, ninguna de sus obras.
Todas, sin excepción alguna, las perfeccionaría reescribiendo, haciendo borradores y sucesivas correcciones.
Ahora bien, de todos sus consejos escriturales, León Tolstói enfatizaría la necesidad ineludible de hacer borradores, sin reflexiones ni correcciones precipitadas.
Por tal motivo, expresaría, con sobrada razón:
"Hay que escribir en borrador, sin reflexionar demasiado sobre el lugar y la precisión de expresión de los pensamientos. Copiando una segunda vez, suprimiendo todo lo superfluo y otorgándole su verdadero lugar a cada pensamiento. Copiando una tercera vez, trabajando sobre la precisión de las expresiones".
Como buen lector del referido escritor ruso, Vargas Llosa habría tenido eso en cuenta.
Por ello, justamente, planificaría, reflexionaría, investigaría y haría borradores de todos sus proyectos narrativos.
No pocas veces los haría y reharía.
Justamente, con reposada calma y no sin coraje, visualizaba sus escritos una y otra vez, ajustando aquí y allá.
Y, sobre todo, precisando expresiones, sin dejar de eliminar todo cuanto estuviese de más.
La inteligencia, la imaginación, las habilidades técnicas y, en cierta medida, la paciencia ligada con el coraje le habrían permitido salir airoso en sus aventuras intelectuales.
Cabría decir, con toda seguridad, que ese, más que cualquier otro, habría sido el motivo principal de sus nobles hazañas literarias.
Dígase, pues, sin el menor asomo de duda, que Vargas Llosa pensaría, observaría y crearía obras memorables e inolvidables por la firmeza de carácter y, sobre todo, el coraje inmanente y trascendente de escribir.
Debido a eso burlaría, sin distracciones fútiles, los límites de la realidad, la ficción y las divagaciones vaciadas de sentido.
Por ello y la llama incandescente del coraje, resistiría voces temerarias que trataron de impedir que escribiese La fiesta del Chivo, Conversación en la Catedral, Tiempos recios, Historia de Mayta, El sueño del celta y La ciudad y los perros, su primera novela maestra.
Lo mismo ocurriría con todos sus escritos.
Sin pensarlo siquiera una vez, asumiría el riesgo de escribir con admirable coraje.
No pocos ejemplares de La ciudad y los perros fueron reducidos a cenizas en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado.
Tan amarga experiencia y lluvias de críticas —animadas por el fanatismo— contra su persona, Vargas Llosa las manejaría con voluntad estoica y gran coraje.
Sus escritos, sin duda alguna, constituyen el mejor testimonio de ello.
Con destreza, tejería ideaciones, armonizaría ficciones con imágenes, historias, invenciones, representaciones, visiones, vivencias, nostalgias y alegrías.
Todo ello, bien sopesado, quedaría plasmado en el papel con la magia contagiosa de la verdad de las mentiras y el coraje de hacer, imaginar y pensar.
En definitiva, Vargas Llosa viviría, escribiría y crearía con entera libertad y sin prejuicio alguno.
Los fantasmas endemoniados de la esterilidad y los temores infundados jamás mermaron su pasión vocacional ni el coraje de escribir.
Cabría decir, con toda propiedad, que los escritos de Vargas Llosa son reflejos indelebles de su inmensa vocación literaria y el coraje de vivir escribiendo, inventando, soñando y desentrañando sentidos y sinsentidos no solo del presente perpetuo —del que hablaría en la lejana antigüedad persa el gran filósofo, poeta y matemático Omar Khayyam—, sino también del pasado y un porvenir sombrío y nada halagüeño.
En esencia, la vocación literaria y el coraje de escribir ¡lo inmortalizaron para siempre en el espacio-tiempo de la cultura universal!
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