En el vasto universo literario dominicano, compuesto por una inmensa variedad de lecturas, uno encuentra libros cuya mirada profunda nos sobrecoge. Hay otros que, al leerlos, nos dejan esa sensación de sabiduría vital en sus versos, como suele ocurrir con la poesía. Algunos, cuya profundidad no permite detenernos a pensar en ellos, son tan vastos que se superponen a nuestras expectativas de lector. No sin cierta ingenuidad, nos dejamos arrastrar y quedamos atrapados ante un mundo que se impone a nuestros ojos y a nuestros gustos literarios. Estos últimos provocan una mirada honda e inusual, y sus imágenes funcionan como sellos, como “manchas indelebles” al servicio de nuestra memoria. En ocasiones, su elocuencia conjuga la virtud del pensamiento con el juego lúdico del discurso, por lo que es imposible detener su lectura. En ese orden, si siento y padezco aquellas imágenes conmovedoras de Atardeceres de aire encarnado (2026) del poeta mocano Yky Tejada, es porque crean un poderoso mundo de fantasías.
A mi modo de ver, Yky es un poeta prospectivo. En el año 1999 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña con Un latido en el bosque y, desde entonces, su literatura ha ido en franca expansión. La onda de su evolución poética se justifica más bien en estructurar una estética muy particular que trasciende las esferas del yo. Luego publicó, en 2014, Isla isla. Ahora regresa con nuevas preocupaciones y nuevos bríos que lo colocan en un lugar importantísimo dentro del quehacer poético nacional.
En esta nueva entrega de su poesía, Tejada tiene la intención de ensayar —lo que Pedro José Gris define como “poética de la circunstancia”—, con la que pretende establecer un diálogo permanente entre poesía y sentimiento para penetrar así en el alma de sus lectores. Cabe destacar que la peculiaridad de la poesía en Yky Tejada ocurre más por consecuencia de la intuición que por los avatares de un discurso racional. De ahí que la abstracción de su poesía obedezca al mandato de una lírica escrita con fervor y a la inquietud propia del espíritu y de los fantasmas que habitan su extraño mundo. Esta manera tan personal de sumergirse en el universo abre, con ella, nuevos cauces a la creación y a la imaginación poética. En efecto, el objeto de esta poética está íntimamente ligado a una búsqueda interior, de manera que el mundo de los poemas que integran Atardeceres de aire encarnado simboliza el constructo de una nueva sensibilidad estética y puede leerse como efluvios del alma atormentada.
De paso, toda poesía representa, en buena medida, el desasosiego del espíritu angustiado. El espíritu sosegado jamás es un espíritu poético; de ahí que el espíritu poético sea intranquilo. Pues la condición alquímica que alberga esta poesía está asociada a experiencias contemplativas como principio fundamental de una estética, a través de la cual la mirada del poeta penetra en el yo interior. Además de poeta, Yky Tejada es un acucioso observador de la naturaleza humana. La génesis de esta poesía debemos buscarla más bien en la idea schopenhaueriana de la voluntad. Filosóficamente hablando: la voluntad de soñar como “impulso ciego”, frente a la idea de ser. Por lo tanto, el núcleo principal de su poética lo constituye la fuerza de su “contemplación estética”.
En estos inquietantes versos hay un poeta sensible a las cuestiones metafísicas relacionadas con la naturaleza humana y la muerte como tal. Pues la savia de esta lírica es de hondura reflexiva y palpitante, porque desafía el tiempo y el silencio. No en vano su canto explora las interioridades del hombre y de las cosas en sí: las pasiones humanas, los miedos agazapados, las angustias, el tiempo antes de la muerte, el lugar que ocupará el alma después de la muerte y los deseos de la carne, la esperanza de vivir. En definitiva, el hombre no es más que voluntad —dice el filósofo—, deseos encarnados y un compuesto de mil necesidades.
No se trata de que el poeta esté contento con los pormenores que rodean su vida, sino que imagina, analiza y piensa en los momentos circunstanciales para transformarlos en materia poética. De manera que, para él, la experiencia de vivir forma parte de una experiencia estética. Por lo tanto, vivir y soñar complementan su mundo imaginario.
Es bueno advertir que Atardeceres de aire encarnado es un libro en tránsito entre poesía y minificción, por lo que estos poemas cuentan historias y narran experiencias diversas. Modernamente la poesía cuenta. Así, retratan además las inquietudes de una amplia cartografía espiritual del hombre. Más bien, un mapa por donde el poeta recorre las rutas, los lugares y los bosques del saber. En definitiva, las líneas generales que habitan en los trillos de la conciencia humana. Sin embargo, ningún poema de los que perfilan este libro cuenta historias reales, desde el punto de vista tangible, sino que parten de quimeras e ilusiones perdidas de la realidad. Su idea plástica del universo me parece de un orden astral, sideral, con una carga evidentemente simbólica, cuya estética se comporta como temblor del alma atormentada. Estos poemas son también la idea de un poeta retrospectivo en sí mismo, porque transitan hacia el interior del alma humana para explorar las cavernas ocultas del yo.
Así que la poética de Yky no es una poética cualquiera. En él, “la poesía es algo que se siente antes que entenderse”, pues se enmarca y es parte de un saber que trasciende la conciencia creativa. Atardeceres de aire encarnado es de prosa imaginativa, sugerente, surrealista (automatismo psíquico), porque exalta lo que Eugenio Trías llama la creación en su estado límite. La de Yky es la poética del límite, donde se congrega el quejido del alma en fuga acelerada por el tiempo.
Este libro, como ningún otro, propone varios micro-mundos. En cada micro-mundo hay una estética por descubrir. Su canto evoca lo ignoto, lo desconocido, por eso desafía constantemente la realidad y los misterios ocultos de la vida. De manera que su poesía es la patria que necesitamos para acunar los sueños y las esperanzas. Por eso, estoy convencido de que Tejada es un poeta más sideral que terrenal. Es necesario que su vuelo sea de factura altamente metafísica, por cuyas inquietudes anhela insuflarle vida al tiempo. Estas hondas preocupaciones relacionadas con el ser son las que bordean las angustias y los posibles miedos del hombre, ante el abismo de la nada eterna y ante el vacío existencial que provoca pensar en el instante de la muerte inevitable. Pues son frecuentes en él las constantes apelaciones a los orígenes de la vida y al nacimiento intangible de la conciencia; al desvelo ante la otredad y a los abismos secretos del ser. Por esta fina razón, se puede definir como el poeta de los miedos y de la angustia existencial. De hecho, cada poeta se erige como poeta de la angustia, de la soledad, del ser y del no ser. Con sobrada razón su manifiesto temor al vacío y ante la nada. Nadie escribe por escribir, sino por el dolor que se anida en su conciencia.
Estos poemas también convocan los deseos y los rituales de la carne. En cierta medida subyace en ellos un erotismo sugerente. Mientras tanto, su erotismo es tratado desde un punto de vista humano, partiendo de lo que significa la sensibilidad y el goce de los cuerpos. Pues el erotismo de Yky no pone el deseo de la carne en el plano de lo vulgar o banal, sino que crea una honda sensación de belleza, eminentemente figurativa, del amor carnal.
En Atardeceres de aire encarnado hay una expectante carga simbólica de facturas diversas, las que congregan el dolor, más allá de lo posible, para romper fronteras imaginarias inalcanzables. Me refiero al dolor como una forma de descubrir y abrasarse a la vida. Pero también encontramos en esta poesía un contacto con el sufrimiento eterno, con la angustia latente de la vida por el paso del tiempo, la soledad y el deterioro del alma en su tránsito hacia lo sideral. En tanto estos poemas exploran el sufrimiento, son más que “poemas humanos”. El sufrimiento humaniza al igual que el arte por la sensibilidad que este provoca; en tanto el hombre le teme al padecimiento, por el dolor eterno que hay en él, este se vuelve más sensible a las circunstancias del universo.
Esta parte de la isla, donde nació Yky Tejada en el año 1961, es una tierra que ha parido a grandes poetas y a grandes escritores. En cierta medida se podría afirmar que Moca es tierra de poetas. Diríamos que Yky Tejada ya forma parte de una tradición literaria con reconocimiento nacional. Una tradición arraigada en las entrañas de una literatura fuerte y vigorosa. Poetas como Aída Cartagena Portalatín, Juan Alberto Peña Lebrón, Manuel Valerio, Octavio Guzmán Carretero, José Rafael Lantigua, Pedro Ovalles, Sally Rodríguez, Basilio Belliard, entre otros, han escrito páginas de gloria y comparten con Yky sus sueños. O, mejor dicho, los sueños que Yky intercambia con ellos. Sin embargo, Yky Tejada es un poeta de la nación y del universo, al igual que sus antecesores, pues sus temas son quizás tan universales como los del filósofo. De manera que, al exponer ante ustedes Atardeceres de aire encarnado, no estamos frente a un hallazgo cualquiera, que por decirlo sería obra del azar, sino ante un libro contundente de la realidad literaria dominicana, el que constituye y anuncia un hecho valioso para la literatura y para el quehacer poético de nuestra región.
Palabras leídas en la puesta en circulación de Atardeceres de aire encarnado, en el marco de la Feria del libro y la cultura de Moca, el sábado 18 de abril en el auditorio de UTESA.
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