A mí siempre me han alegrado las premiaciones literarias. No es una pose. Sé lo que hay detrás de cada reconocimiento: el tiempo que nadie ve, las dudas, incluso esos momentos en que uno mismo no sabe si lo que está haciendo vale la pena. Por eso, cuando un escritor recibe un premio, lo celebro. Pero no todas las alegrías son iguales, y esta vez lo siento distinto, porque la noticia no se queda en el reconocimiento: se me va hacia la persona.

Hoy me alegra profundamente que César Sánchez Beras haya recibido el Premio Biblioteca Nacional de Literatura Infantil 2026, en reconocimiento al volumen, Calidad de su obra y a la defensa de los valores culturales que representan la identidad y defensa de la dominicanidad. Y  yo, puedo decir sin rodeos: me alegra como se alegra uno por un amigo cercano, de esos que uno ha visto en el tiempo, trabajando sin hacer ruido, construyendo una obra sin necesidad de anunciarla.

Porque en mi caso, el hecho no se agota en el galardón. Tiene que ver con el recorrido compartido, con la cercanía, con la posibilidad de decir que conozco al hombre antes que al autor. Y eso cambia la lectura. Porque hay escritores que construyen una obra desde el oficio, y hay otros —menos frecuentes— en los que la escritura y la persona coinciden. César pertenece a ese grupo, y lo digo con la tranquilidad de haberlo visto fuera de la página.

No necesita imponerse para ser reconocido. No levanta la voz, no compite desde la estridencia, no anda detrás del protagonismo. Y, sin embargo, está. Siempre ha estado. Y esa forma de estar —serena, firme, sin artificios— es la misma que uno encuentra en su escritura.

Claro, cuando uno mira su trayectoria, entiende que no se trata de una percepción afectiva. Nacido en 1962, César ha construido una obra amplia, que recorre la poesía, el teatro y la narrativa, tanto para adultos como para niños y jóvenes. A eso se suma su trabajo como educador y abogado, dos dimensiones que, lejos de ser ajenas, ayudan a entender mejor lo que escribe y desde dónde lo escribe.

Sus premios no son pocos, ni recientes. Vienen de lejos. Desde aquellos concursos de décimas en los años noventa, hasta reconocimientos importantes como el Premio Anual de Poesía Salomé Ureña en varias ocasiones, el Premio de Teatro Cristóbal de Llerena, y otros galardones en literatura infantil que ya anunciaban lo que hoy se confirma. Este premio de ahora no llega de sorpresa; llega porque tenía que llegar.

La raíz de su escritura

Un premio justo para una obra coherente

Si hay algo que, a mi juicio, explica de verdad su obra, no es la cantidad de premios, que son importantes, sino su experiencia como maestro. Y esto lo digo con conocimiento de causa. Quien ha trabajado con niños sabe que eso no es un dato más. Eso te cambia la manera de mirar el mundo.

Yo también fui maestro durante años. También trabajé con niños, y hay algo que uno no pierde después de esa experiencia. Es difícil explicarlo sin que suene sentimental, pero es real: uno se queda con una especie de memoria del asombro. Aprende a ver lo que el adulto ya dejó de mirar.

Por eso, cuando leo a César, hay algo que reconozco de inmediato. No es una técnica. No es una estrategia para escribir “bien” para niños. Es otra cosa. Es una sensibilidad que viene de haber estado ahí, de haber escuchado, de haber entendido que el mundo de un niño no se simplifica: se respeta.

Y luego está lo del abogado, que en él adquiere un sentido casi simbólico. Doctor en Leyes, con formación académica sólida, pero con una práctica que, vista desde su escritura, parece orientarse hacia otra forma de defensa. Yo a veces pienso —y esto lo digo como intuición más que como afirmación— que César defiende la infancia desde la palabra. Que su verdadera ley está ahí.

La memoria también me lleva a un momento muy concreto. Cuando dirigía la Feria Dominicana del Libro en Nueva York, hubo un año en que decidimos dedicarla a dos autores de literatura infantil: César Sánchez Beras y Dinorah Coronado. No fue una decisión ligera. Era reconocer algo que ya estaba pasando. Algunas de sus palabras en aquella apertura todavía las releo: “No concibo mi vida fuera de la influencia de la poesía. Primero como un asombro infantil por las palabras, luego como un lujo  juvenil para tocar los cuerpos, mas tarde como una trinchera para soportar el miedo, y de ahí, a todos los otros estadios en que ella me ha acompañado:  Como bocado para aguantar el hambre, como sombra para esconder la rabia, como armadura para vencer tormentas, como velero para emprender la huida, como faro para volver a mi  mismo, como luz para encontrar el rastro, como lecho para acostar insomnios , como tibieza para vencer el frío.”

En algún momento de esa intervención, dijo algo que todavía hoy me acompaña. Hablaba de la poesía como un tránsito vital, como una presencia constante que lo ha sostenido en distintas etapas de su vida: desde el asombro inicial hasta la resistencia, desde la fragilidad hasta la fortaleza. No lo decía como una teoría, sino como quien ha vivido dentro de esa experiencia. Y creo que ahí está todo.

Porque cuando uno escucha eso, y luego mira la obra, y luego mira la vida, entiende que este premio no está reconociendo solo lo que ha sido escrito, sino la forma en que esa escritura ha sido vivida. Por eso me alegra. Y me alegra sin explicaciones largas. Porque, en el fondo, no es solo por el premio. Es por él.

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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