Entre muchas cosas, me ha llegado a las manos un texto de cuentos de Amable Mejía, titulado: "Y otros cuentos". Yo lo recibí con amabilidad de parte del mismo autor, al cual leo siempre con avidez, porque sus narrativas me llevan a esos lugares de la escritura en los que la realidad y la ficción me despiertan de mis sueños.
Yo desearía leer este texto sentada en un viejo banco de madera, en un parque de grandes árboles, donde las horas salten sin lluvia y mis manos solo se muevan para pasar las páginas, mientras disfruto esa pasión interior por la lectura.
Esta lectura fue desbordante, me empujó a escribir dos cuentos durante la semana. Las emociones me empujaban a la ebriedad por la escritura. Este texto es un despliegue de historias provocadoras de imágenes que se mueven con el tictac de un viejo reloj de pared, mientras dan significado a la ordinaria continuidad de los llantos, la pasión o las conversaciones anodinas de la sala o de la alcoba.
En lo personal me abandoné a esa historia del "loco viejo" que, con cordura o sin ella, va repitiendo la misma narrativa a un amigo que la escuchará una y otra vez, como si fuera la primera vez. El autor describe en esos trozos de vida que existe un movimiento continuo que demarca cercanía, separación y distancia. Una realidad que vivimos todos cuando nos encontramos con amigos entrañables y recordamos momentos que quedaron atrapados en una memoria.
Amable Mejía, con habilidad escritural, atrapa los detalles que muestran los principios de repetición como entidad que se necesita para seguir existiendo. Las conversaciones tienen la belleza de la lucidez de lo ordinario.
El autor logra mover y mostrar esa unidad entre el tejido del alma humana y sus ansias de existir por las palabras. Por ejemplo: "Algunas palabras que intercambiamos se perdieron en el gentío… el tiempo montado en el autobús pasó de prisa, que cuando vine a ver la hora que era, era tarde ya para mí". Estas bellas imágenes son del cuento que titula "La mirada". Yo, en lo personal, siento que estoy a bordo de esas palabras que respiran y acarician mis rizos.
Los escenarios múltiples se vuelcan en las mejillas de las chicas, en la garganta ensangrentada, en los anuncios de la gente que muestran que no hay silencio antes de las palabras, por eso de que nunca dejamos de grabar en la memoria eso que hacemos en la calle, con los bolsillos, la curiosidad y la pasión social y sexual de las actividades que sí importan o no para los sujetos, ya que de una manera u otra escenifican los significantes de la vergüenza o de la ternura.
Amable Mejía tiene ese saber que logra captar el sentido de la cultura. Estas narraciones son justo conocimiento de cómo la humanidad se mueve apretando las manos, en la mirada del estanque o estadio del espejo, "que no debí mirar", la incertidumbre de la muerte y los poderes de la cultura que anuncian tránsitos, para los cuales establecen una palmaria de cercanía, bajo la ciega satisfacción, por ese estadio irresistible de la humanidad para tratar de entender el tejido de lo cotidiano.
Las narraciones de Amable Mejía muestran ese gran rostro de lo que somos. Sus cuentos mojan los ojos por la ternura de los personajes, o por los resbalones que nos hablan en voz alta, donde el amor respira o se retira.
Este texto lo sentí como un estar en mi casa con una taza de café. Vamos a leer esta obra; yo creo que les encantará. Les aseguro que sus narraciones abren ventanas a través de la lluvia suave de primavera.
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