“El paraíso jamás será paraíso, a no ser que mis gatos estén allí, esperándome.”
“Caspar, El Gato Mago”, fabuloso cuento infantil de Verouschka Freixas con edición de la Biblioteca Infantil y Juvenil República Dominicana 2024, e impresión de Editora Búho. Las ilustraciones, coloridas y sugerentes, también pertenecen a la escritora.
“Caspar, El Gato Mago” nos sumerge en un texto lleno de magia y asombro sin límites.
Hay magias que no ocurren sobre un escenario, sino dentro de la herida. Hay desapariciones que no son un truco, sino una necesidad espiritual. Y hay criaturas —gatos, elefantes, urracas o ancianas olvidadizas— que parecen haber escapado de un cuento infantil, pero que en realidad son máscaras delicadas de la condición humana. Eso es lo que ocurre en la historia del mago Caspar Romanovich y la elefanta Malinka: bajo la apariencia de una fábula extravagante, luminosa y humorística, palpita un profundo tratado filosófico sobre la libertad, el dolor, la imaginación y el arte como acto de redención.
Hay gatos que nacen del humo,
de una cuchara vacía,
del rincón donde el invierno
mastica la melancolía.
Hay magos que no hacen trucos:
remiendan almas rotas,
cosen estrellas caídas
sobre la espalda de la noche.
Y hay maletas diminutas
donde cabe un universo,
porque el dolor, cuando sueña,
también aprende a ser vuelo.
“El anciano mago Iván Romanov en su lecho de enfermo y con síntomas de una grave e incurable pulmonía, decidió dejar como única herencia a su amado gato Caspar su valiosa maleta de mago” (página 9).
Todo comienza con una muerte. Y no cualquier muerte: la del anciano mago Iván Romanov, que agoniza entre toses y pulmones vencidos. La escena posee una tristeza humilde, casi doméstica. No hay castillos, ni héroes solemnes, ni grandes discursos épicos. Solo un viejo enfermo, un gato y una maleta. Sin embargo, en esa pequeñez descansa una verdad inmensa: las herencias más valiosas no son materiales, sino simbólicas. Iván no deja dinero ni propiedades; deja un oficio, una posibilidad, una identidad. Le entrega a Caspar la magia, que en el fondo equivale a entregarle una manera de sobrevivir al absurdo del mundo.
La maleta del mago es mucho más que un objeto. Representa el legado invisible que todos cargamos: las palabras heredadas, las cicatrices familiares, las pasiones transmitidas, los sueños inconclusos de quienes murieron antes que nosotros. Caspar no recibe solamente herramientas para hacer trucos; recibe una misión existencial. Porque vivir, muchas veces, consiste precisamente en eso: cargar una maleta llena de recuerdos ajenos e intentar convertirlos en algo propio.
“Era verano. Los días eran largos y cálidos. Y en Saratov no había nada más grato que callejear admirando edificios y parques.” (página 10).

El viaje hacia Saratov tiene entonces un sentido profundamente psicológico. Caspar abandona el cementerio y toma un tren. Es decir: abandona el duelo inmóvil y se lanza al movimiento. El tren simboliza el tránsito de la pérdida hacia la reinvención. Y resulta fascinante que el protagonista sea un gato, criatura históricamente asociada al misterio, la independencia y el silencio. Caspar es un huérfano elegante, un artista errante, una conciencia desplazada buscando un lugar en el mundo.
Saratov aparece descrita con una calidez casi melancólica: calles largas, parques, edificios, el Volga respirando lentamente como un dios antiguo. Pero la ciudad no es solamente un escenario; es un espejo emocional. Allí viven gatos callejeros que sobreviven entre peleas, hambre y cubetazos de agua lanzados desde balcones. Y, sin embargo, aun en medio de la precariedad, conservan la capacidad de maravillarse. Esa es una de las ideas más conmovedoras del relato: incluso las criaturas golpeadas por la vida necesitan belleza.
La magia de Caspar no alimenta estómagos, pero alimenta algo igualmente esencial: el asombro.
En tiempos de desesperanza, el entretenimiento suele ser subestimado, como si la imaginación fuera un lujo frívolo. Pero este cuento demuestra lo contrario. Los gatos acuden a los espectáculos porque necesitan olvidar momentáneamente la brutalidad cotidiana. El arte aparece entonces como refugio psicológico, como anestesia espiritual contra la crudeza del mundo. Y allí el relato alcanza una enorme profundidad filosófica: el ser humano no vive únicamente de pan; vive de símbolos, de sueños, de ficciones que le permitan soportar la realidad.

Un gato hambriento mira la luna
como quien mira un pedazo de pan.
No sabe de filosofía,
ni de tratados sobre el alma,
pero comprende el lenguaje secreto
de las cosas que brillan lejos.
A veces sobrevivir
consiste únicamente en eso:
encontrar una pequeña belleza
antes de que anochezca.
“Caspar escogió el almacén de chatarra, porque contaba con un sistema de calefacción que podía reparar, ya que los duros meses de invierno comenzarían en noviembre o quizás un poco antes. Además, la chatarrería era un espacio ideal para presentar sus espectáculos de magia sin que los humanos lo molestaran” (página 11).
Caspar confecciona su traje con retazos encontrados entre la chatarra. ¡Qué imagen tan poderosa! El artista como alguien capaz de transformar desperdicios en esplendor. El mago no compra lujo: lo inventa. Hay en ello una metáfora extraordinaria de la creación artística. Los escritores, músicos, pintores y poetas hacen exactamente eso: toman ruinas emocionales, fragmentos de dolor, pedazos oxidados de memoria, y construyen belleza.
La chatarrería donde vive Caspar no es casual. El lugar de los objetos abandonados se convierte en teatro. La basura se vuelve escenario. Lo inútil adquiere valor. En cierto modo, toda la literatura universal ha hecho eso desde siempre: rescatar lo que el mundo desecha.
Y luego aparece Fedora, la urraca.
Fedora, criatura parlanchina, servicial y luminosa. Ella representa la amistad verdadera: esa que no exige protagonismo, pero sostiene silenciosamente las grandes aventuras. Filosóficamente, Fedora encarna la solidaridad como fuerza transformadora. Sin ella, Caspar jamás habría construido su nueva vida. Esto resulta importante porque desmonta el mito romántico del genio solitario. Ningún artista sobrevive completamente solo. Siempre existe una Fedora detrás del telón: alguien que presta agujas, consigue telas, escucha dudas y acompaña silencios.
Toda magia necesita un testigo.
Alguien que sostenga la escalera,
que encienda la lámpara,
que junte las monedas caídas
después del fracaso.
Porque nadie salva el mundo solo.
Hasta las estrellas
necesitan oscuridad
para poder brillar juntas.
La historia está llena de humor, pero no de un humor vacío. Se trata de un humor profundamente humano. Las ancianas distraídas, los gatos que escriben cartas, el mayordomo dramático, la sordera, los malentendidos… todo ello recuerda a las novelas de Gógol o Bulgákov, donde lo absurdo convive con la ternura. Reímos, sí, pero mientras reímos reconocemos algo inquietante: el mundo real también es ridículo. La existencia humana está hecha de equívocos, torpezas y caos. Quizás por eso el cuento resulta tan entrañable: porque entiende que la comedia no niega el sufrimiento; lo hace más soportable.
Y entonces llega el gran conflicto: hacer desaparecer un elefante.
Aquí el relato abandona definitivamente el terreno del simple cuento infantil y entra en una dimensión casi metafísica. El elefante representa lo imposible, lo inmenso, aquello que excede nuestras capacidades. Todos tenemos un elefante interno: un trauma, un miedo, una pérdida, una culpa, un deseo gigantesco que no sabemos cómo manejar.
Caspar entra en crisis porque comprende la magnitud de la promesa hecha al público. Y esa ansiedad revela algo profundamente psicológico: el miedo del artista a fracasar frente a las expectativas ajenas. El mago, que parecía seguro sobre el escenario, se descubre vulnerable en la soledad de la noche. Ahí se rompe la máscara.
“¿Dónde conseguiré un elefante?”, se preguntó preocupado, dando vueltas en su cama. “Y lo más importante, ¿podré hacer que desaparezca un elefante?” (página 15).
La pregunta parece absurda, pero encierra un drama universal: ¿cómo cumplir aquello que el mundo espera de nosotros? ¿Cómo realizar lo extraordinario cuando apenas logramos sostenernos a nosotros mismos?
Y entonces aparece Malinka.
La elefanta es, posiblemente, el personaje más filosóficamente complejo de toda la historia. Ella no quiere simplemente desaparecer; quiere liberarse. El zoológico simboliza todas las estructuras que aprisionan la identidad: la rutina, la explotación, las expectativas sociales, las jaulas psicológicas. Malinka ha sido reducida a espectáculo, obligada a repetir actos ridículos para entretener a otros. Detrás de su enorme cuerpo existe una conciencia sofocada.
Qué brillante resulta que un elefante, animal asociado a la memoria, sea precisamente quien más sueña con otro destino. Malinka recuerda quién podría haber sido. Y ese recuerdo la atormenta.
Cuando enumera sus talentos (bordar, cantar, bailar, tocar instrumentos) el relato denuncia silenciosamente cómo el mundo desperdicia capacidades humanas. Cuántas personas viven encerradas en empleos, relaciones o sistemas que jamás les permiten desarrollar lo que verdaderamente son. Cuántas Malinkas existen caminando por oficinas, escuelas o ciudades enteras.
La propuesta de Caspar no consiste únicamente en hacer un truco.
Consiste en concederle una segunda vida.
“¡Obtendrá su libertad!” Esa frase transforma todo el relato. La magia deja de ser entretenimiento y se convierte en acto político, espiritual y existencial. Desaparecer a Malinka significa arrancarla del sistema que la oprime. Y aquí el cuento formula una idea extraordinaria: quizá la verdadera magia no sea crear ilusiones, sino abrir posibilidades de libertad.
Hay jaulas que no tienen barrotes.
Algunas están hechas de horarios,
de miedo,
de costumbre.
Otras tienen forma de sonrisa
mientras el alma se derrumba lentamente.
Y existen criaturas enormes
que pasan la vida pidiendo permiso
para existir.
Tal vez la libertad
no sea abrir una puerta,
sino recordar
que merecíamos el bosque.
Además, hay algo profundamente hermoso en que Caspar no esté completamente seguro de lograrlo. La duda humaniza el milagro. Los verdaderos actos de valentía no nacen de la certeza absoluta, sino del temor enfrentado.
La noche del espectáculo posee una atmósfera casi mítica. Los gatos avanzando hacia el zoológico parecen una peregrinación secreta, una revolución felina guiada por el deseo de maravilla. La ciudad duerme mientras algo extraordinario está a punto de ocurrir. Y los humanos, incapaces de comprenderlo, llaman a la policía.
Qué símbolo tan ingenioso: la autoridad siempre sospecha de aquello que no entiende.
Mientras tanto, los gatos escapan de casas, saltan balcones y escriben notas. La magia convoca incluso a quienes viven atrapados en comodidades domésticas. Porque el asombro ejerce una fuerza irresistible. El espíritu siempre desea huir de las jaulas, aunque sean elegantes.
Y finalmente ocurre el acto. Caspar pronuncia las palabras mágicas. Se encienden las luces. Hay caos. Confusión. Miedo. Y cuando todo termina… Malinka ya no está.
El cuento jamás explica cómo ocurrió. Y ahí reside su grandeza literaria. Las mejores obras no destruyen el misterio con explicaciones innecesarias. La desaparición funciona porque permanece suspendida entre lo real y lo imposible. ¿Fue magia auténtica? ¿Una fuga planeada? ¿Un milagro? No importa. Lo esencial es que Malinka logró escapar.
La libertad, después de todo, siempre parece imposible hasta que sucede.
Los periódicos hablan de robo. Los ciudadanos convierten el hecho en leyenda urbana. Pero los gatos saben la verdad. Esto tiene una resonancia filosófica fascinante: existen verdades que el mundo racional jamás podrá comprender porque pertenecen al territorio del mito, de la imaginación o de la fe.
El relato también reflexiona sobre la memoria colectiva. Caspar se convierte en leyenda nacional felina. El artista trasciende cuando logra tocar algo profundo en la comunidad. No porque sea famoso, sino porque encarna una esperanza.
Y el final en África resulta luminoso y simbólico. Malinka llega a Dzanga Bai y vive entre los suyos. La elefanta deja de ser objeto de exhibición y recupera su naturaleza. Pero lo más hermoso es que no abandona el arte. Continúa haciendo espectáculos junto a Caspar y Fedora.
Eso significa que el problema nunca fue el espectáculo en sí, sino la esclavitud.
El arte deja de ser humillación cuando nace de la libertad.
En última instancia, esta historia habla sobre desaparecer aquello que nos encierra. Desaparecer el miedo. La soledad. La resignación. Las jaulas visibles e invisibles. Caspar no hace desaparecer solamente un elefante; hace desaparecer un destino impuesto.
Y quizá por eso el cuento conmueve tanto.
Porque todos, en secreto, deseamos encontrar algún mago capaz de acercarse a nuestro oído y susurrarnos:
“PUF… ahora eres libre.”
En el fondo, este cuento habla sobre todos los seres que desean escapar de sus propias jaulas. Algunos viven encerrados por el miedo, otros por la costumbre, otros por la pobreza, otros por expectativas familiares o sociales. Hay quienes nunca descubren que existen barrotes invisibles rodeando sus vidas.
Caspar logra lo imposible porque primero imagina que lo imposible puede hacerse. Y quizás esa sea la verdadera magia. No desaparecer elefantes. Sino devolverles a los demás la capacidad de imaginar una vida distinta.
Quizás la magia no exista
como dicen los libros.
Quizás nadie pueda borrar
un elefante del mundo.
Pero hay palabras
que rompen cadenas.
Hay miradas
que devuelven el aliento.
Hay historias
capaces de abrir ventanas
dentro de una habitación oscura.
Y entonces comprendemos
que el verdadero milagro
nunca fue desaparecer cosas,
sino salvar aquello
que todavía tiembla
dentro del corazón.
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