“Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. / Vago… e invito a vagar mi alma. / Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra / para ver cómo crece la hierba del estío. / Mi lengua y cada átomo de mi sangre /nacieron aquí, / de esta tierra y de estos vientos… ”

 Así comienza el temblor, la expansión, el desborde de lo humano hacia lo ilimitado en “Canto a mí mismo”, ese latido mayor que habita en el centro incandescente de Hojas de hierba, de Walt Whitman, donde el lenguaje deja de ser instrumento para convertirse en respiración del mundo. No se entra a este poema: se es absorbido por él como por una marea de conciencia que reconoce en cada lector una forma antigua de sí misma. Y es que  “Canto a mí mismo” no es simplemente uno de los textos que integran ese libro: es su corazón, su centro ardiente, su sol interno; un corazón que palpita en una frecuencia que no puede decirse con palabras, porque las palabras, al tocarlo, apenas logran sugerir el resplandor de aquello que en verdad es experiencia viva. Todo el libro parece girar en torno a este pulso, como si cada hoja fuese una prolongación de ese aliento primordial que Whitman, o la vida misma a través de él, dejó escrito no para ser leído, sino para ser reconocido.

En ese canto inaugural, el “yo” no es una frontera sino una apertura, no es una afirmación cerrada de identidad sino una disolución jubilosa en la vastedad. El poeta no se erige como individuo separado, sino como umbral: un espacio donde lo múltiple se reconoce como uno sin dejar de ser múltiple. Por eso, cuando dice “me celebro”, no está celebrando una biografía, ni una historia personal, ni una manifestación del ego; está celebrando la misteriosa coincidencia de todo lo existente en el instante vivo de la conciencia. El “yo” whitmaniano es un espejo sin bordes, una vasta llanura donde cada ser, cada cosa, cada hoja de hierba, cada cuerpo y cada sombra encuentran su lugar sin exclusión. Y en ese gesto, el poema rompe con la tradición lírica que lo precede: ya no se trata de expresar sentimientos individuales, sino de encarnar una percepción en la que lo individual se reconoce como forma de lo universal.

Walt Whitman: la celebración de la gratitud en “Canto a mí mismo”

“Canto a mí mismo” se despliega como una caminata sin destino fijo, como una deriva luminosa donde el poeta se detiene en lo mínimo y lo magnifica sin esfuerzo: el sudor del obrero, el olor del heno, el cuerpo desnudo, el murmullo de la ciudad, la respiración del campo; y aun el diseño magistral de la operatividad de la hormiga es tan perfecta como una galaxia. En lo grande y pequeño está la belleza de la totalidad cuando miramos con amor. Nada es insignificante porque todo participa de la misma sustancia. Whitman no jerarquiza la realidad: la abraza en su infinitud, y en ese abrazo se revela una ética profunda, una forma de reverencia que no necesita templos porque cada cosa es ya sagrada. El poema, entonces, no describe el mundo: lo consagra (debí decir que lo reconoce como sagrado), lo vuelve visible en su dignidad esencial. Y en esa consagración hay una alegría serena, una gratitud que no se formula como doctrina, sino que se respira en cada verso como una evidencia silenciosa: el hecho de estar, de ser, de participar en este tejido de la realidad es ya motivo suficiente para el canto.

Hay en el poema una constante expansión del punto de vista, una oscilación entre lo íntimo y lo cósmico que desdibuja cualquier frontera estable. El hablante es, al mismo tiempo, un hombre recostado en la hierba y la totalidad del universo que se reconoce en ese gesto. Se identifica con el esclavo, con la mujer, con el niño, con el enfermo, con el amante, con el muerto, con el animal, con el oficiante de la poesía como suprema emoción de la pureza, y el aire mismo que se respira. Esta multiplicidad no es una estrategia ni la expresión de la astucia retórica, sino una intuición ontológica; como lo concibe la taocuántica: no hay separación real entre las formas de la existencia, sólo apariencias de distancia, manifestaciones de lo inmanifiesto… Y así, el poema, en su fluir, va desmantelando esas apariencias con una naturalidad que no argumenta, sino que muestra, que deja ver. De ese modo, lo ontológico, lo que tiene que ver con el Ser en su raíz, no aparece como un concepto abstracto, sino como una experiencia directa: la certeza de que todo participa de una misma fuente inagotable; a lo que, en mi certeza esencial, llamo la Realidad Pura.

Walt Whitman.

Entonces, en ese sentido, “Canto a mí mismo” puede leerse como una larga meditación, una sadhana poética en la que el lenguaje se afina hasta volverse transparente, permitiendo que lo real se diga a sí mismo sin interferencias. Whitman no explica la unidad: la vive, la encarna, la canta; se embriaga de amor en el Ser de todas las cosas. Y al hacerlo, invita al lector no a comprender, sino a reconocer en sí mismo esa misma vibración. El poema no busca convencer, sino despertar, situarse en su frecuencia natural: cada verso es como una puerta abierta hacia una percepción más amplia, donde el yo deja de ser centro para convertirse en nodo, en punto de intersección de todas las corrientes de la vida… Dice el meditativo de Whitman:

“Creo en ti, alma mía… / el otro que soy no debe humillarse ante ti, / y tú no debes humillarte ante el otro…”

 En estos pasajes, se vislumbra con claridad que la dualidad es una ficción útil pero no última. El “otro” es también el “yo”, y el “yo” es una máscara del “otro”; ambos emergen de un fondo común que el poema intuye y celebra sin necesidad de nombrarlo definitivamente. Aquí se hace visible esa respiración de amor universal que atraviesa todo el texto: una aceptación radical de lo que es, una apertura sin reservas a la totalidad de la experiencia. No hay rechazo, no hay exclusión; incluso, lo que nos parece, por puro relativismo de conveniencia, doloroso,  oscuro y contradictorio encuentra su lugar en el gran tejido del Ser. Esta inclusión absoluta es, en sí misma, una forma de gratitud: decir sí a todo lo que existe es reconocer que todo participa de una misma dignidad esencial: de la  danza toroidal de la encimada frecuencia que todo lo crea, sostiene y transforma.

A medida que el poema avanza, se vuelve cada vez más claro que ese “canto” no es una banal o forzada metáfora, sino una descripción precisa de su naturaleza. Whitman no escribe sobre la unidad: la entona, la hace vibrar trenzada en los  bucles del lenguaje. El ritmo, la cadencia, la repetición audaz, la enumeración expansiva crean una sensación de oleaje, de respiración amplia que envuelve al lector y lo integra en su movimiento cósmico… Leer “Canto a mí mismo” es, en cierto modo, respirar con él,  ser en todas las posibilidades, pertenecer por dignidad esencial a la dimensión ontológica de lo que hemos referido como Realidad Pura, dejar que su ritmo reordene la percepción y diluya las fronteras rígidas del pensamiento habitual… y en esta parte, nos sale al encuentro el decir de Dickpa Chopra, en su tratado de Curaciones cuánticas, donde postula que, “Cuando vibra el electrón, el universo tiembla”, colindante con la esencialidad de la voz del siguiente verso que rebosa de amor en su naturaleza:

“Yo soy amplio, contengo multitudes…” 

Y sí, este verso, tantas veces citado, no es una declaración del ego inflado, sino una confesión de apertura: el yo como espacio donde caben todas las formas, todas las voces, todo lo que se nos aparece como lineal contradicciones. Es aquí donde se revela con mayor claridad que el canto no está dirigido al individuo como entidad separada, sino a ese YO profundo que subyace a todas las identidades, ese centro sin centro donde lo múltiple se reconoce como una sola realidad viva. El poema, entonces, se convierte en un acto de reconocimiento ontológico: una iluminación que no viene de afuera, sino que brota desde la propia experiencia del Ser… Y es en este punto donde la tesis se vuelve inevitable, como una conclusión que no se impone sino que se revela: “Canto a mí mismo” es, en su esencia más honda, una celebración de la gratitud y una mirada íntima hacia la certeza de que no hay separación alguna… Todo lo que existe, lo vasto y lo diminuto, lo visible y lo oculto, forma parte del mismo telar de la Realidad Pura, como el Tao, imposible de nombrar en suerte de certeza, pero innegable en su presencia palpitante… El poema no es, en última instancia, un objeto literario, sino una respiración: una vasta inhalación y exhalación de amor universal que nos incluye y nos atraviesa. Es, pues, una expansión hacia el interior, hacia el ritmo inevitable de la permanencia… Y no tiene más que abandonarse en dicha, en correlato con la belleza, como resplandor desde el cual, para mirarnos, se empina el Ser de todas las cosas; por lo que dice, el poeta:

Me doy al barro para crecer / en la hierba que amo. / Si me necesitas aún, búscame / bajo la suela de tus zapatos.

Walt Whitman.

Con estos ecos finales, el canto se disuelve en la materia misma del mundo, recordándonos que aquello que parecía una voz individual era, en verdad, la voz de lo real hablándose a sí mismo a través de una forma humana. Y así, lo que comenzó como un “me celebro” se revela como un “nos celebramos”, como un reconocimiento silencioso de que el Ser, aquello que no sabemos nombrar pero sentimos latiendo en cada particular en que somos, es el verdadero autor de este poema. De ahí que lo ontológico sea la ruta luminosa por la que avanza este canto: no como abstracción filosófica, sino como experiencia vivida de unidad. “Canto a mí mismo” no es el canto de un hombre a su individualidad, sino el canto del Ser a sí mismo en todas sus manifestaciones, una afirmación jubilosa de que nada está separado, de que todo pertenece, de que todo es, en el fondo, una misma e incesante respiración de lo que no sabemos, pero que sentimos ser en imparable emanación del amor que todo lo imanta, para que sea el sueño, o acaso la verdadera vigilia de la cual no es posible despertar.

Concluyamos también diciendo, que no siempre ni todo texto tan extenso cursa con suerte al mantener la unidad, en su intensidad de sentido luminosamente revelador; y ser voz ascendente hacia la suprema emoción de lo que debió ser en su entramado sostenido en el lenguaje, en esa moneda con la que se compran y se venden las inexactitudes del desacuerdo y el desgaste de la comunicación común… Pero no, “Canto a mí mismo” es de anatomía circular, suficiente en su aliento para testimoniar una vivencia próxima a la experiencia, a lo vívido, aquello que con palabras no es posible fielmente participar … Y sí, “Canto a mí mismo” llega sin agotamiento a ser un poema mayor y excepcionalmente humano, sin fin. Simula concluir, pero al cerrar, es  un orbe que se abre sin fatiga; y está en él (como de la mirada en otros entornos taocuánticos ya he dicho) el propósito de todo lo que puede ser, aun lo que parecería estar más allá del límite… Dice, en este fragmento final:

… “Apenas sabrás quien soy / ni qué significo. / Soy la salud de tu cuerpo / y me filtro en tu sangre y la restauro. / Si no me encuentras en seguida, / no te desanimes; / si no estoy en aquel sitio, / búscame en otro. / Te espero, / en algún sitio estoy esperándote_.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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