Somos discursos, hechuras de discursos, de acciones de palabras a las que el vulgo y algunas disciplinas habitualmente llaman “hechos”. Es el caso de los historiadores, que aun cuando extraen gran parte de sus informaciones de documentos escritos y testimonios orales olvidan que sus fuentes son formaciones discursivas.
En Análisis del Discurso(AD) solemos hablar de discurso cotidiano, discurso literario, discurso científico, discurso político, discurso religioso, discurso jurídico, discurso histórico, discurso periodístico, etc.
También suele hablarse de discurso narrativo, discurso descriptivo, discurso expositivo, discurso argumentativo. En fin, los discursos se determinan y clasifican según la intención, el propósito , la estructura, el área temática y la situación de comunicación.
Los textos son manifestaciones de los discursos. Para un mismo tipo de discurso puede haber diferentes tipos de texto. Y así, a partir de los textos se tejen relaciones transdiscursivas a través de procedimientos como la transtextualidad, la intertextualidad y la metatextualidad.
En la relación transdiscursiva presente en la novela El Masacre se pasa a pies cohabitan varios tipos de discursos: el discurso migratorio en torno a los haitianos en nuestro país, el discurso de independencia nacional forjada en 1844 en la lucha contra la ocupación haitiana y el discurso de la identidad del dominicano.
Esos discursos conforman y abarcan lo que Moya Pons (1996) denomina la “literatura de la frontera”, concepto que ese autor divide en los aspectos histórico, político y social.
Cito:
“La literatura de la frontera puede dividirse claramente en tres grandes ciclos que yo quisiera llamar de la frontera histórica, la frontera política, y la frontera social, pues las obras sobre el tema han sido producidas en tres grandes oleadas que forzosamente nos hacen ver en esa dirección.” (Moya Pons, Frank(1996 ). “Las tres fronteras: introducción a la frontera domínico-haitiana”, en La cuestión haitiana en Santo Domingo, Santo Domingo, FLACSO, p.21)
Los discursos de las relaciones dominico-haitianas, o de la frontera, según Moya Pons, se interrelacionan en un contexto más amplio, conformando una transdiscursividad histórica: desde el surgimiento de ambas naciones, un todo integrado por los discursos y textos orales y escritos, literarios y no literarios acerca de las relaciones dominico-haitianas.
Esos discursos instauran una subjetividad y una transsubjetividad que están en el centro de los libros de historia y de las opiniones corrientes de cada uno de nosotros. Asimismo, constituyen un contexto discursivo que parece obligar a cada uno de nosotros a situarse en relación con preguntas como estas:
¿Es o no la isla una e indivisible?
¿Son o no son los dominicanos y los haitianos un mismo pueblo?
¿Son diferentes?
¿Deben o no deben unirse o fundirse los dos Estados-pueblos?
¿Qué otros tipos de relación deben mantener?
¿De colaboración?
¿De confrontación?
¿Cree usted que los haitianos nacidos en República Dominicana son dominicanos y por tanto debe otorgárseles la nacionalidad?
A tono con las respuestas sugeridas por esas preguntas, entre esos discursos, los hay de varios tipos: los prejuiciados y los desprejuiciados; los de simpatía o de antipatía respecto a los haitianos; los francamente prohaitianos, los anti haitianos y los dominicanistas, que necesariamente nada tiene que ver con los pro y los anti haitianos.
Hay también discursos declarados y burdos, pero también discursos elegantes y sutiles. Sin embargo, en el funcionamiento de esos discursos, no son las cuestiones principales.
Lo principal es que, de todas maneras, esos discursos se sitúan y nos sitúan en una agenda que nos lleva a adoptar determinados puntos de vista; a situarnos en un aquí y ahora; a declarar una parcialidad indispensable o un sesgo irremediable, que de manera invariable permea el tratamiento de las relaciones dominicano haitiana.
Yo, por ejemplo , me incluyo deliberadamente y, además, porque es inevitable adoptar una posición: no soy pro ni anti haitiano. Soy dominicano, amo a mi país, lucho por su libertad , porque impere la democracia, y es lo que he hecho toda mi vida.
Por lo pronto, esos discursos están presentes en la novela El Masacre se pasa a pie como parte de su contexto, su trama y del tejido de su conjunto transdiscursivo . Pero también, esos discursos estuvieron en el hecho fáctico de la masacre de haitianos en nuestro país de 1937, presidiendo sus motivaciones.
Y esos discursos están presentes hoy en las tomas de posición con respecto a los diferentes asuntos de las relaciones entre los dos países. Entre ellos, quiero detenerme en el discurso migratorio no entorno a todos los extranjeros en nuestros, sino particularmente en torno a los migrantes haitianos.
El discurso migratorio o de la migración de los haitianos en nuestro país involucra elementos como la mano de obra, el régimen de contratación, condiciones de vida y de trabajo, y los derechos de los migrantes, incluyendo los de residencia y nacionalización. Asimismo, la política migratoria del Estado Dominicano y las medidas de regulación, según las leyes, de los migrantes de cualquier país.
Me referiré a ese discurso situándolo hoy en la sentencia 168-13 emitida el 23 de septiembre del 2013 por del Tribunal Constitucional de República Dominicana, en la cual se establece que los descendientes de personas extranjeras residentes irregularmente en el país desde 1929 no tienen derecho a la nacionalidad dominicana.
Luego de esa sentencia adquirió mayor vigencia la pregunta: ¿Cree usted que los haitianos nacidos en República Dominicana son dominicanos y por tanto debe otorgárseles la nacionalidad?
Como se observa, el problema de la nacionalidad de los descendientes haitianos no ha cesado de replantearse en cada momento. Renace como la Hidra de Lerna en la mitología griega, a través de sus múltiples cabezas. Y como conversación trae conversación —así me enseñó un amigo campesino sin saber nada de transtextualidad— , un texto trae y atrae a otro texto; por tanto, la “sentencia” a la novela de Prestol Castillo, la novela a la “sentencia”, pues no se sabe cuál de los dos textos tiene raíces más profundas.
Se lee en la novela El Masacre se pasa a pie (Editora Taller, 2002):
La “cédula” —un documento de identificación exigido por las leyes de Santo Domingo— sería el pretexto. Iban los soldados bajo el pretexto de la búsqueda de infractores a la ley que obligaba a portar el documento identificatorio y arreaban grandes masas de haitianos hacia los llanos lejanos.”
A un desdichado no le valió implorar que era dominicano y ofrecer dinero:
“Gritos de horror callados por la trágica muerte. Espanto, estertores. I silencio. I otra vez los gritos de los otros a quienes les llegaba el turno. Uno grita:
-No matá a mí… ¡Yo dominiquén!”
-No matá… tomá cuátt (ofrecía dinero).
-Gritaba un soldado, ebrio, endemoniado:
-Levanta el brazo… pa’matá pronto!… maldito “mañé!”-¡Ah, bon dieu!… y caía ((1973, pp. 32-33).
Y a Yosefo, no le sirvieron su fortuna hecha en suelo dominicano, haberse casado con una dominicana, procrear una extensa familia dominico-haitiana y haber obtenido sus papeles que lo declaraban como dominicano.
Cuenta Prestol Castillo:
Esta es la historia. Cuando los iban a matar a todos, el sargento Pío había detenido la horda de presidiarios.
Yosefo Dís, y sus hijos, debían vivir. Desde luego, esas gentes debían irse a Haití.
Es un diálogo que detiene los puñales. ¿Por qué? Claro: Manuelita es dominicana y ha procreado una familia de siete, con Yosefo, el haitiano más rico en yerbas y ganados. Pero no es su riqueza, ya pillada —los presos vaciaron sus estancias y ya las vacas van para la hacienda del Capitán, en Mao— lo que salva a Yosefo y a sus negros.
Es que la dominicana Manualita es hermana natural del sargento Pío. El Sargento y Yosefo son compadres. Había bautizado a François, el mayor.-… Bueno… Yosefo… yo tor violando la ler!
Tor violando la ler!… y váyanse pa Harti!… ahora mismo…Recoge tus trastos y tus hijos pa poneilos en la raya. ¡Ante de que vengan otros!
Yosefo casi no entiende… Dejar a “Castellanos”… “Su” tierra! Cuando vino, era pobre. Ahora debía dejar aquella tierra, dejarlo todo y venir en dos mulas con los hijos y unos pocos trastes. Debía dejar el dinero, las vacas, los cerdos, que eran muchos.
Ahora debía irse a Haití. ¿A qué? A pasar hambre.
Manuelita no ha escuchado las palabras del Sargento y grita lastimeramente.
-No me maten mis hijo!… ¡Cójanlo tóo!… ¡Qué abuso! y el probe Yosefo, que se había hecho dominicano!… ayer mimo recebió los papele de la capital, de un Ministerio!…
¡Los papeles dicen que ya Yosefo es de aquí, como nosotros!… Y la casa…. y los animales… tanta lucha…
¡Qué abuso Qué abuso!”
-Manuelita… Manuelita, dice el Sargento. ¡Tate quieta!
¡Tate quieta! que tú sabes que son óidenes del “Supirioi Cumando”… de lo jefe grande! …. ¡Tate quieta, que tú ere dominicana!
-Y mis hijos… y Yosefo. (Hablaba con angus-tia y decisión). Quería huir y también deseaba morir.
El sargento Tarragona la dejó hablar e imprecar. Entre tanto, ordenó aderezar dos mulas y dos burras. Allí trepó los hijos. a Yosefo y a Manuela.
Cuando ésta montó, le dijo dos palabras, con enternecimiento:
-¡Adiós, mi hermana! ¿Qué, se va a hacé! (Entonces. parecía un condenado). Lloraba. Y volvía a mirar, ya lejana, a la hermana, que iba a un país desconocido. (p. 61)
La expulsión, la expatriación hacia Haití. Ese es el drama de toda la familia dominico-haitiana de Manuelita y Yosefo. Es una larga y trágica historia en el país.
La transtextualidad, por repetición y ampliación, da sentido enfático a ese problema. Así, la sentencia de Tribunal Constitucional no ignora la masacre de 1937 puesto remonta sus efectos retroactivos hasta 1929.
Prestol Castillo ha tenido que reseñar en su obra, como si fuera hoy, el drama de la nacionalidad de los haitianos; pues, como se observa en estos pasajes, la nacionalización fue uno de los problemas que motivó la acción de Trujillo contra los haitianos.
Aún más, como efecto de la transtextualidad ese texto de Prestol Castillo se inscribe en una narrativa que ha sido contada por autores del campo de las ciencias sociales entre los cuales destaco estos títulos, que junto a muchos otros conforman una red intertextual del discurso migratorio:
Lemoine, M. (1983), Azúcar amargo; Lozano, W. (1992), La cuestión haitiana en Santo Domingo: Migración internacional, desarrollo y relaciones interestatales entre Haití y República Dominicana; Lozano, W. (2008), La paradoja de las migraciones: el estado dominicano frente a la inmigración haitiana; Evertsz, F. B. (1983), El azúcar y su problemática; Silié, R., Segura, C. C., y Cabral, C. D. (2002), La nueva inmigración haitiana.
Sume a esos títulos, todo lo que se ha dicho y escrito sobre la migración haitiana hasta el día de hoy.
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