Hay amistades que nacen de una circunstancia y otras que terminan convirtiéndose en parte de la propia biografía.
Teófilo Terrero pertenece, para mí, a esta última categoría.
Han pasado casi cincuenta y cinco años desde aquellos primeros encuentros en los caminos del teatro. Éramos jóvenes, teníamos más preguntas que respuestas y compartíamos una convicción que hoy puede parecer ingenua, pero que entonces nos parecía absolutamente posible: el arte podía contribuir a transformar la sociedad.
Primero estuvo el Teatro Estudiantil.
Después llegó Teatro Gayumba, cuando algunos decidimos que aquello que hacíamos como jóvenes apasionados por el teatro debía asumir un compromiso mayor con el oficio y con la sociedad.
Más adelante aparecería Teatro Gratey, donde nuestros caminos volverían a encontrarse y donde aquella amistad se transformaría también en trabajo, creación, discusión, disciplina y sueños compartidos.
Desde entonces hemos recorrido muchos caminos. Hemos compartido escenarios, ensayos, proyectos, alegrías, dificultades y esperanzas. Hemos visto cambiar el país, cambiar el teatro y cambiar nosotros mismos.
Por eso acercarme a Teófilo como entrevistador tiene algo de particular.
No estoy conversando con un personaje distante.
Estoy conversando con un amigo y compañero de una larga travesía.
Y cuando uno conversa con alguien con quien ha compartido casi seis décadas, la memoria deja de ser simplemente el recuerdo de lo ocurrido. Se convierte en una forma de volver a vivir.
Antes del teatro estaba Ocoa
Le pregunto qué huellas de aquella tierra donde nació permanecen todavía en el actor y en el ser humano que es hoy.
Teófilo nació en Azua, en febrero de 1956, pero sus primeros recuerdos conscientes están vinculados a San José de Ocoa.
Y no comienza hablando del teatro.
Comienza hablando de su madre.
“Fui nacido en Azua, R. D., febrero de 1956, pero cuando alcancé algo de conciencia infantil, unos tres o cuatro años, residíamos en Ocoa.”
Entonces aparecen las primeras imágenes.
Justillo encendiendo las luces del alumbrado público, avanzando poste por poste.
Su madre con un folder donde llevaba el abecedario.
Una pequeña escuela-hogar.
Y un niño que comenzaba a descubrir las palabras.
“Mi madre con el alfabeto en un folder me ponía a aprenderlo letra por letra y repetirlo.”
Pero también aparece, casi como una pequeña escena teatral, aquel niño subido en un banquito recitando:
“Yo soy Rafaelito, el niño valiente y por eso me pongo el flu del teniente para poder saludar al señor presidente.”
Uno puede imaginar la escena.
Un niño.
Un pequeño escenario doméstico.
Una audiencia familiar.
Y una madre descubriendo, quizá sin saberlo, que aquel muchacho tenía dentro de sí una capacidad especial para memorizar, representar y comunicar.
También recuerda una poesía transmitida oralmente, “Somos dominicanos”, cuyos versos permanecieron en su memoria.
La infancia de Teófilo estaba construyendo, sin que él lo supiera, algunas de las herramientas que después necesitaría el actor: memoria, imaginación, observación, expresión y sensibilidad.
La familia como primera escuela
Cuando habla de su infancia, Teófilo no recuerda únicamente lugares.
Recuerda personas.
Recuerda a sus padres.
Recuerda a sus hermanos.
Recuerda las dificultades económicas y, sobre todo, la manera en que su madre conseguía transformarlas en creatividad.
“Hay muchas otras, sobre todo de vivencias familiares, de la creatividad de mi madre para que no sufriéramos por nuestra condición social.”
Recuerda frases que quedaron grabadas en él.
Como aquella de su madre:
“Del blanco la bonitura y del negro la inteligencia.”
Y aquella de su padre:
“Mi hijo, estudie, que lo que usted aprenda es lo único que le dejo.”
Es una frase que podría definir toda una época.
La educación como herencia.
El conocimiento como patrimonio.
El estudio como herramienta de emancipación.
También está el dolor.
La enfermedad congénita de su hermana Leda, que la llevó a morir siendo todavía muy joven.
Recuerda la ropa que su madre confeccionaba para él y para su hermano Oscar, a quien llevaba unos cuatro años, y la manera en que ella también cosía para otras personas y emprendía pequeñas ventas de juguetes.
Pero al mirar hacia atrás, Teófilo rescata sobre todo una palabra:
felicidad.
No una felicidad construida sobre la abundancia, sino sobre la capacidad familiar de convertir las limitaciones en imaginación, solidaridad y afecto.
Quizá ahí comenzó una de las características que después aparecerían en su vida teatral: la capacidad de crear a partir de lo que se tiene.
Cuando apareció el teatro
Le pregunto qué encontró en el teatro que no encontró en ninguna otra actividad humana.
Su respuesta es breve:
“Humanidades. Encontré personas inspiradoras para lo humano.”
Ahí comienza verdaderamente nuestra conversación.
Porque para Teófilo el teatro nunca fue solamente actuación.
Fue encuentro con personas.
Fue descubrimiento.
Fue formación.
Fue una manera de entender la sociedad.
Y fue también una forma de aproximarse a principios que consideraba esenciales.
Recuerda al Hermano Otto Coro:
“Con el Hermano Otto Coro encontré la revaloración de los principios del cristianismo, acercándolos a los principios revolucionarios de la época.”
Recuerda a Rómulo Rivas:
“La fascinación por la creatividad, y cómo asociar o acercar el estudio o la percepción de la realidad social al arte del teatro.”
Y recuerda también a otros maestros y compañeros que, desde diferentes aceras estéticas, ideológicas y generacionales, fueron ampliando su visión: Niní Germán, Franklin Domínguez, Iván García, Salvador Pérez Martínez, Haffe Serulle y otros.
Cada uno aportó una mirada.
Algunos coincidían.
Otros se diferenciaban.
Pero todos formaban parte de un paisaje teatral dominicano que estaba creciendo, discutiendo, experimentando y buscando nuevos caminos.
Teófilo entendió muy temprano que el teatro podía ser una escuela para comprender al ser humano.
La vocación no llegó de golpe
Le pregunto si recuerda el momento exacto en que comprendió que el teatro sería parte esencial de su vida.
Su respuesta podría aplicarse a muchas vocaciones verdaderas:
“No hubo un momento exacto. Fue una suma de momentos, todos emocionantes.”
Primero estuvo la infancia.
Después el Teatro Estudiantil.
“El Teatro Estudiantil abrió la puerta de la emoción de hacer algo diferente de todo lo que antes había hecho. Se inició la preparación física y mental y la creación de objetivos de contribución social.”
No se trataba solamente de aprender a actuar.
Comenzaba a descubrir que el cuerpo podía convertirse en instrumento.
Que la voz podía comunicar.
Que una escena podía provocar una pregunta.
Que un grupo de jóvenes podía reunirse alrededor de una idea y convertirla en una experiencia compartida.
Después apareció Teatro Gayumba.
Y allí, según sus propias palabras:
“Con el Teatro Gayumba llegó a una madurez o lo que sería la graduación con honores.”
Pero todavía faltaba un paso.
La consolidación.
Y para Teófilo esa consolidación llegó con Teatro Gratey:
“En la gestión de la conformación del Teatro Gratey diría que fue donde ya se consolidó como lo esencial en mi vida.”
Leo esta respuesta y no puedo evitar pensar en nuestra historia compartida.
Porque Gratey también forma parte de mi vida.
Y porque nuestras trayectorias teatrales no fueron líneas independientes.
Fueron caminos que se encontraron muchas veces.
El teatro como laboratorio del ser humano
Quizás una de las respuestas más reveladoras aparece cuando le pregunto qué le enseñó el teatro sobre las personas y sobre sí mismo.
Teófilo no responde con una definición sencilla.
Construye una especie de teoría del comportamiento humano.
“No hay una frase o palabra con la que pueda conceptualizar la enseñanza. Porque me dio herramientas teóricas y prácticas para analizar y sacar mis conclusiones sobre los demás.”
Entonces explica cómo el trabajo teatral le enseñó a investigar qué mueve a una persona a realizar determinadas acciones.
Cuál es su objetivo.
Qué se opone a él.
Qué lo ayuda.
Cuál es el contexto.
Si aquello que se opone o ayuda es físico o ideológico.
Es decir, el análisis de un personaje terminó convirtiéndose en una herramienta para analizar la vida.
“En mi caso personal el teatro me lleva a estudiar al ser humano en su más amplia dimensión durante todos los momentos de la historia y que puedo usar para la vida cotidiana.”
Ahí está una de las grandes diferencias entre quien simplemente interpreta personajes y quien hace del teatro una disciplina de pensamiento.
Para Teófilo, actuar también ha sido investigar.
Observar.
Preguntar.
Comprender.
Una generación que quería cambiar el mundo
Cuando llegamos al Teatro Estudiantil, Gayumba y Gratey, la conversación deja de ser solamente individual.
Se convierte en memoria generacional.
Le pregunto qué sueños movían a aquella generación de jóvenes teatristas.
Y Teófilo responde recordando una canción de Ana Belén:
“Yo también nací en el 53
y jamás le tuve miedo a vivir
me subí de un salto en el primer tren
hay que ver en todo he sido aprendiz,
no pesa lo vivido, me mata la estupidez
de enterrar un fin de siglo distinto del que soñé”
(Continúa el domingo)
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