«¿Dónde acaba el instinto y empieza la ley? ¿Dónde mora la culpa?»
Mario Mendoza
Hoy he dictado sentencia sobre sombras. Sobre hombres que no querían matar, y sin embargo, mataron. ¿Dónde acaba el instinto y empieza la ley? ¿Dónde mora la culpa? ¿En el dedo que aprieta el gatillo, o en la oscuridad que lo rodea? Soy Mario Mendoza, juez titular de esta jurisdicción herida, y hoy, la justicia me pesó más que el código.
El primer caso, ¡dios!… ese eco de tragedia disfrazada de broma, como un bufón que juega con la muerte. Era de madrugada, la ciudad dormía, y un hombre recibió la amenaza; —Dame el dinero o te mato. Un lapicero en el cuello, un asalto ficticio, una bala verdadera. Pensó que era su final, pero terminó siendo el del otro, un amigo, un bromista, un cadáver. Aquí se abre la grieta de la legítima defensa putativa, el teatro del error donde el miedo se viste de certeza. Error sobre una circunstancia justificante, dicen los manuales. Pero yo no juzgo desde el papel, juzgo desde el temblor del gatillo. ¿Fue inevitable su error? ¿Actuó como lo haría cualquiera, envuelto en la bruma del peligro? ¿O debió dudar, esperar, pensar? El Derecho no castiga fantasmas, pero tampoco absuelve ciegamente.
Antes de pensar en culpa o defensa, la ley se pregunta si el acto encaja en su molde. El tipo penal es el espejo de lo prohibido; preciso, frío, delineado como un bisturí. Si el hecho no cabe en ese contorno, la justicia no puede perseguirlo. Porque castigar sin tipo es disparar a la sombra.
Lo que no está prohibido, está permitido. Sólo lo típicamente descrito puede ser delito y sin tipo penal, no hay juicio que valga. A veces, quien dispara, no ve con claridad. Cree que defiende su vida, pero hiere a un amigo. O confunde un cuerpo con un animal y aprieta el gatillo. El error —como la niebla— puede oscurecer el dolo. Y cuando no hay dolo, la justicia debe guardar su espada.

Donde hay error sobre el hecho, no hay intención. Y sin intención, no puede haber culpa dolosa y el error esencial excluye el castigo si es invencible.
El tercero… es la tragedia más antigua, la que pesa como la espada de Damocles sobre la conciencia del justo. Un barco a punto de hundirse, dos hombres en una tabla. Uno empuja al otro para salvarse. Sobrevive. Pero sobrevive solo.
Estado de necesidad exculpante, dicen algunos. Estado de necesidad justificante, murmuran otros. ¿Acaso puede justificarse el egoísmo cuando se trata de seguir respirando? ¿Dónde termina el instinto de vida y empieza la sangre del otro en las manos propias? Esta tarde, ese caso llegó a mí. No en un barco, sino en una autopista. Un conductor esquivó un camión a alta velocidad, volanteó hacia la banquina, y atropelló a una mujer que caminaba con su hijo. Salvó su vida. Perdió otra. Ahora el niño llora por una madre que no verá amanecer. El derecho tiembla en estas esquinas. Aquí no hay blanco ni negro. Sólo una escala de grises, donde el código se viste de humanidad.
Después del acto, después de saber que es injusto, queda una pregunta más; ¿Podía haber actuado de otro modo? Porque no todo el que viola la norma merece castigo. Hay quienes lo hacen con la soga al cuello, con la vida como única moneda de cambio, ahí, el Derecho se vuelve humano. Ahí, aparece la no exigibilidad como última frontera.
La libertad de elegir es el fundamento de la culpa. Si no podía elegir otra conducta, no puede ser culpable y la culpabilidad cede ante lo imposible.
He firmado resoluciones hoy. Frías. Técnicas. Perfectamente argumentadas. Pero mi alma, esa que no está en el expediente, sigue preguntándose: ¿Hicieron justicia mis palabras?
¿O sólo obedecieron al orden escrito? Mañana volverán otros casos, otros hombres, otros disparos, otras decisiones. Pero esta noche, bajo la luz de mi despacho y la sombra de mis pensamientos, me permito ser juez no de los hechos, sino de la conciencia. Y ahí, ahí no hay absoluciones.
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