“El conocimiento, prácticas y diversidad biocultural que aún conservan los pueblos originarios y campesinos son una excelente opción ante la amenaza que representan el cambio climático, la pérdida de diversidad biológica, el colapso de los ciclos biogeoquímicos, las diferentes enfermedades provocadas por el consumo de alimentos ultra procesados, la pobreza y la desigualdad….Los seres humanos que han habitado las zonas campesinas en los centros de origen han establecido relaciones con la naturaleza. Gracias a la observación meticulosa de muchos fenómenos ecológicos han identificado nichos en los que se pueden auspiciar, domesticar y cultivar diferentes especies vegetales y animales, generando conocimiento, ciencia tradicional empírica. Ella ha dado forma y origen a la diversidad biocultural, al lenguaje, a muchas áreas del conocimiento y a técnicas que se transmiten de generación en generación.”
Esta elocuente cita de Carlos Héctor Ávila Bello, destacado ingeniero mexicano, agrónomo, agro-ecólogo, y profesor-investigador del Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agro diversidad, Universidad Veracruzana, México, sirve para introducir el tema de los principales aportes de los pueblos indígenas a las ciencias agrícolas y a la alimentación. Posteriormente, trataré sobre sus contribuciones a la medicina, matemáticas, astronomía, ingeniería y arquitectura.
La base de la alimentación del pueblo mexica, el más importante de los pueblos originarios, provino de las chinampas que son islas artificiales creadas para el cultivo en los poco profundos lagos del Valle de México, sistema agrícola que aún funciona en Xochimilco y Tláhuac, aprovechando al máximo el uso de la tierra y del agua. Basta navegar por los canales de Xochimilco para allí apreciar las chinampas a ambos lados de la ribera. Pero, para quienes no las han visto, las describo a continuación. La base de la estructura se construye dentro del agua con una entramada de troncos y varas entrelazadas que forman rectángulos que se anclan al fondo del lago y se rellenan con vegetación acuática y lodo fértil, extraído del fondo del canal. Se siembran sauces (ahuejotes) en las orillas para que sus raíces sean los anclajes vivos que evitan la erosión de la isla. Mediante este sistema agrícola intensivo no solamente se gana terreno al sistema lacustre, sino que también permite cosechar hasta cuatro veces al año gracias al riego constante por la cercanía con el agua que facilita la absorción natural por capilaridad.
Actualmente en las chinampas se continúa el milenario sistema de la milpa que implica la siembra conjunta de maíz, habichuelas (frijoles), y auyama (calabaza); las habichuelas fijan el nitrógeno en la tierra, el maíz sirve de guía y la auyama protege la humedad del suelo, sin requerir fertilizantes químicos, tal y como hacían sus antepasados. El Dr. Ávila Bello, citado anteriormente, señala que la milpa “no es un simple sistema agrícola, sino un agroecosistema complejo indispensable para mitigar la crisis climática y alimentaria global”.
No puedo cerrar el tema de la chinampa sin recordar la emblemática canción Mi ciudad de Guadalupe Trigo, extraordinario músico y compositor que participó en Santo Domingo en los 7 Días con el Pueblo en 1974, canción popularizada por Luis Miguel y Guadalupe Pineda, que comienza con la hermosa imagen: “Mi ciudad es chinampa en un lago escondido…”

En cuanto a los aportes a la alimentación, los pueblos originarios domesticaron el maíz, base de la dieta mesoamericana, e introdujeron la cocción con cal, lo cual libera el niacina (vitamina B3), elevando de forma masiva su valor proteico y nutricional, proceso que se denomina “nixtamalización”. Cultivaron el aguacate, el tomate, el chile, y el maní (cacahuate); el cacao y la vainilla son aportes de la cultura náhuatl y totonaca, con los cuales se transformaron la cocina y repostería universal. Para concluir el tema agrícola, apelo nuevamente al Dr. Ávila Bello que a su vez cita la obra The dialectical biologist (Levins y Levontin, Harvard University, 1985) en la cual se destaca “que la ciencia tradicional puede ser considerada la base de una agricultura genuinamente sustentable”. A lo que el Dr. Ávila Bello añade: “En ese sentido, México y su agricultura campesina tienen mucho que aportar.”
Veamos los aportes de los pueblos indígenas a la medicina. Según los registros, México cuenta con 4,500 especies diferentes que se utilizan en la medicina tradicional, ocupando el segundo lugar en el mundo, después de China que cuenta con 5,000. Se estima que la mayoría de la población mexicana emplea la herbolaria tradicional milenaria y que cerca del 85% de las 250 especies que se venden diariamente en los mercados provienen de la recolección silvestre directa.
Los especialistas coinciden en que, sin el conocimiento milenario transmitido por generaciones, el país no ocuparía el segundo lugar mundial en registro de plantas medicinales, pues fueron ellos los que descubrieron, clasificaron y resguardaron este patrimonio biocultural. En la actualidad, parteras y curanderos indígenas son la única alternativa y primera línea de atención en poblaciones distantes donde no es accesible la medicina tradicional o alopática. Se estima que cerca del 80% de las personas en las comunidades rurales se asisten de las prácticas tradicionales como primera opción para satisfacer necesidades básicas de salud. Por último, el conocimiento tradicional de los pueblos originarios ha servido como “guía de campo” para que los científicos hoy en día sepan exactamente que plantas estudiar, pero por falta de recursos se considera que menos del 10% de la herbolaria ha sido estudiada científicamente.
Otro gran aporte al campo de la medicina es El Códice Badiano (1552), cuyo nombre en latín es Libellus de Medicinalillbus Indorum Herbis. Es el primer tratado de medicina y herbolaria indígena de América, elaborado en el Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco en Ciudad de México (CDMX). “Contiene ilustraciones y textos originales únicos en su tipo, no solo para la medicina, sino también para la botánica, por lo que es un documento invaluable para la humanidad.” (Frías Cienfuegos, Leonardo. Códice De la Cruz Badiano, el texto más antiguo de medicina en América, abril 28, 2022, Gaceta UNAM). Fue escrito por el médico nahua Martín de la Cruz y traducido del náhuatl al latín por el oriundo de Xochimilco, Juan Badiano en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Se concibió para ser un regalo al rey Carlos V de España, quedando relegado a alguna biblioteca real hasta que llegó a formar parte de la Colección del Cardenal Barberini, quien al fallecer lo legó a la Biblioteca Vaticana en el siglo XVII.
En el 1992 cuando se reestablecieron las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano, el papa Juan Pablo II lo devolvió a México y hoy se encuentra en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH).
En el portal de la Secretaría de Salud del Gobierno de México en Internet se encuentra una publicación fechada el 10 de marzo de 2026, titulada “Medicina Tradicional Indígena”. Explica que “Estos conocimientos han sido ordenados en una visión del mundo (cosmovisión) que pone énfasis en la totalidad de las cosas, en la relación de las personas y los seres vivos con la naturaleza, las divinidades, el cosmos y en equilibrio entre diferentes elementos y conceptos que se manifiestan físicamente en el organismo y/o partes de él con procesos de frío o calor.”
El acento está en conseguir y mantener el equilibrio corporal y sus procedimientos terapéuticos buscan la restauración de dicho equilibrio con las fuerzas sociales, naturales y divinas en las que se mueve la persona. Es interesante señalar que dentro del marco legal de los Derechos de los Pueblos Indígenas en México existe una ley marco de medicina tradicional, así como un marco legal de la partería tradicional. También existe una red de hospitales integrales con la Medicina Indígena Tradicional.
Veamos los aportes de los pueblos originarios a las matemáticas. Los egipcios, babilonios, y los mayas fueron los grandes exponentes del pensamiento abstracto en la antigüedad. Los expertos consideran que la construcción de cualquier sistema matemático complejo requiere la presencia del cero y su representación. En América, fueron los mayas quienes aportaron el desarrollo del concepto y del símbolo del cero. También construyeron un sistema numérico vigesimal (basado en 20, por el conteo total de los dedos de las manos y de los pies) de carácter posicional, que significa que el valor de un número dependía de la posición que ocupaba en la columna vertical, igual que el sistema decimal actual pero basado en potencias de 20.
Con las aplicaciones prácticas de tales conocimientos pudieron desarrollar un calendario solar preciso de 365 días, el Haab, estructurado en 18 meses de 20 días, más un periodo final de 5 días adicionales que se consideraban de transición o mala suerte. Era más exacto que el calendario juliano que se empleaba en Europa cuando se inició la conquista de América. El calendario Haab les permitió predecir el tiempo y las estaciones, ambos necesarios para gestionar los ciclos agrícolas. Además, predecían los eclipses y movimientos de la luna y de Venus. Tuvieron también el calendario Tzolk´in de 260 días que normaba los rituales. Al marchar juntos, ningún día repetía su combinación exacta hasta que transcurrían 52 años solares, cuando celebraban una ceremonia del fuego para asegurar que el tiempo continuara. También dominaron la astrofísica observacional para medir con exactitud los ciclos del tiempo y del cosmos.
Como dice Mateo 7: 15-20: “Por sus frutos los conoceréis”, en este caso, por sus construcciones conocemos que en materia de ingeniería y arquitectura los pueblos originarios de México aplicaron conocimientos de geometría, astronomía y física para construir pirámides y templos que hasta fueron orientados hacia eventos equinocciales, como por ejemplo en Chichén Itzá o Monte Albán que se orientaron como instrumentos ópticos y de medición solar para registrar el paso cenital del sol y así fijar los ciclos de siembra.
Mediante sus conocimientos de mecánica, termodinámica y óptica pudieron diseñar complejas redes de canales, albarradas (muros de piedra que ayudan a formar escalones o superficies planas en terrenos con pendientes para poder sembrar), y acueductos en la cuenca del Valle de México que requerían cálculos precisos de volumen, pendiente y física de fluidos, particularmente en el diseño de las redes con sistemas de riego por gravedad que aprovechaban la presión hidrostática y la pendiente natural del terreno para llevar agua a grandes distancias.
Por lo que hemos visto, no es verdad aquello que nos han querido vender sobre los pueblos originarios de que eran ignorantes, atrasados, y vagos. La realidad es totalmente distinta. En la próxima y última entrega conversaremos sobre temas culturales y sobre la organización sociopolítica.
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