(Disertación hecha en un auditorio universitario) 

En las primeras décadas del siglo XX se inicia la contemporaneidad poética dominicana. Uno de los primeros autores en aproximarse a las vanguardias que se desarrollaban en Europa y Latinoamérica fue Otilio Vigil Díaz, conocido literariamente como Vigil Díaz. Durante su juventud visitó Nueva York, Cuba y Francia, y esos viajes le permitieron entrar en contacto con las obras de los simbolistas, los parnasianos y otros movimientos literarios entonces en boga. Para 1917, Guillaume Apollinaire, uno de los grandes renovadores de la poesía francesa contemporánea, ya había empleado el término "surrealismo", primero para referirse al ballet Parade y luego en relación con su pieza teatral "Las tetas de Tiresias".

Ese ambiente europeo de experimentación artística influyó decisivamente en los jóvenes escritores hispanoamericanos que visitaban París y entraban en contacto con las audacias verbales de los simbolistas, los decadentistas y los llamados "poetas malditos". Los escritores dominicanos que conocieron aquella urbe europea sintieron la necesidad de abandonar el retoricismo todavía presente en la poesía nacional, heredera de un neoclasicismo tardío y de determinadas modalidades románticas y modernistas. En ese proceso de renovación, Vigil Díaz desempeñó un papel precursor.  

París, en los primeros lustros del siglo XX.

Aunque no debe confundirse el verso libre con el verso blanco —el primero prescinde de un patrón métrico regular, mientras que el segundo conserva la medida, pero carece de rima—, se reconoce tradicionalmente a Vigil Díaz como el introductor del verso libre en la poesía dominicana mediante su poema "Arabesco", publicado el 10 de noviembre de 1917 en la revista La Primada de América. Este texto marcó un momento de ruptura y abrió una nueva posibilidad expresiva en las letras nacionales:  

"Yo no deseo glorias ni riquezas: solo anhelo 

perpetuarme en un poema rojo como tus labios, 

blanco como tus manos. 

Yo no deseo glorias ni riquezas: solo anhelo 

perpetuarme en un poema sereno como tu frente, 

sedoso como tu pelo, 

búrneo como tu garganta, 

heroico como tus senos. 

Yo no deseo glorias ni riquezas: solo anhelo 

perpetuarme en un poema breve como tus pies, 

nephante y rítmico como tus ansias:  

un poema que tenga el alma de Jesús,  

de Nerón, de Nietzsche, de san Francisco de Asís,  

de santa Teresa de Jesús, de Lucrecia,  

Cleopatra y Salomé…" 

 Vigil Díaz creó una poesía piruetista, provista de cierta acrobacia verbal y de un ritmo y una cadencia que recuerdan tanto a los precursores del Modernismo como a Rubén Darío, figura cimera de aquella escuela literaria. En su obra se perciben varias características emblemáticas del Modernismo: la búsqueda afanosa de nuevas sensaciones estéticas, la musicalidad interna, el empleo de un vocabulario culto y exótico, el rechazo de la realidad cotidiana y el deseo de crear mundos imaginarios. También aparecen referencias mitológicas, elementos sensuales y una inclinación hacia lo raro, lo cosmopolita, lo refinado y lo decadente.  

Los modernistas conservaron cierta fidelidad a las grandes estrofas clásicas, pero al mismo tiempo ensayaron variaciones sobre los moldes métricos tradicionales. Recuperaron versos de antigua procedencia, como el alejandrino de catorce sílabas, y utilizaron con frecuencia el dodecasílabo y el eneasílabo. Asimismo, enriquecieron el soneto mediante nuevas combinaciones y experimentaron con distintas formas estróficas. No obstante, Vigil Díaz avanzó más allá de algunos de esos procedimientos al impulsar una escritura menos sometida a la métrica regular.  

 En él conviven, por consiguiente, la herencia modernista y una voluntad vanguardista de ruptura. Las afinidades entre la poesía de Vigil Díaz y la de los precursores modernistas resultan evidentes. En su poema "Profesión de fe" se manifiesta una concepción del arte que busca conciliar la complejidad interior del sujeto con una aspiración de sencillez expresiva: 

 "Cansado de simplificar mi arte y mi vida, 

aspiro a simplificar mi vida 

 y mi arte; 

quiero realizar este milagro sin reducir mis desequilibrios 

ni suprimir mis carcinomas interiores; 

hacer las cifras sin contarlas; 

tener lo mismo: 

uno, 

cien, 

mil, 

que un millón o nada; 

vivir cerca de los animales y muy lejos de los hombres; 

tener por música la música del mar, 

la música de las estrellas 

y la música de mis clavicordios interiores…" 

La musicalidad, la reiteración y la creación de atmósferas sensoriales que aparecen en Vigil Díaz pueden relacionarse con procedimientos presentes en José Asunción Silva y Rubén Darío. En el "Nocturno III", Silva convierte la repetición y el ritmo en instrumentos para expresar la unión amorosa, el recuerdo y la muerte:  

"Una noche, 

una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas; 

una noche 

en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas, 

a mi lado, lentamente,  

contra mí ceñida, toda, 

muda y pálida, 

como si un presentimiento de amarguras infinitas 

hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara, 

por la senda florecida que atraviesa la llanura 

caminabas; 

y la luna llena 

por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca; 

y tu sombra, 

fina y lánguida, 

y mi sombra, 

por los rayos de la luna proyectada 

sobre las arenas tristes 

de la senda se juntaban 

y eran una, 

y eran una, 

¡y eran una sola sombra larga! 

¡Y eran una sola sombra larga! 

¡Y eran una sola sombra larga!"  

Rubén Darío, por su parte, alcanza en "Marcha triunfal" una sonoridad grandiosa y ceremonial mediante la reiteración, las aliteraciones, el ritmo marcial y la acumulación de imágenes heroicas:  

"¡Ya viene el cortejo! 

¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. 

La espada se anuncia con vivo reflejo; 

ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. 

Ya pasa debajo de los arcos ornados de blancas Minervas y Martes, 

los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas; 

la gloria solemne de los estandartes, 

llevados por manos robustas de heroicos atletas. 

Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros, 

los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, 

los cascos que hieren la tierra. 

Y los timbaleros, 

que el paso acompasan con ritmos marciales. 

¡Así pasan los fieros guerreros 

debajo de los arcos triunfales!"  

La denominación de Vedrinismo se relacionó con el aviador francés Jules Védrines, famoso por las espectaculares acrobacias aéreas que realizaba a comienzos del siglo XX. Vigil Díaz encontró en aquellos vuelos arriesgados una imagen apropiada para representar la pirueta verbal, el movimiento y la libertad que buscaba trasladar a la poesía. Jules Védrines no fue un escritor, sino un célebre aviador francés; su figura proporcionó al poeta dominicano una metáfora de la audacia artística y del desafío a las formas establecidas. El Vedrinismo debe entenderse, por tanto, como el primer intento dominicano de formular una sensibilidad próxima a las vanguardias, aunque no llegara a constituirse en una escuela numerosa y organizada.  

Domingo Moreno Jimenes fue el creador junto a Andrés Avelino y Rafael Zorrilla del movimiento poético Postumismo.

Fue durante esos años, especialmente en la segunda década del siglo XX, cuando la poesía dominicana comenzó a exhibir de manera visible el verso libre. Sin embargo, todavía era necesario que esa ruptura se extendiera, se consolidara y se convirtiera en una práctica colectiva. El surgimiento del Postumismo permitió generalizar el empleo del verso libre y profundizar la oposición contra la retórica tradicional. Domingo Moreno Jimenes, considerado el pontífice de este movimiento, terminó de liberar una parte considerable de la poesía dominicana de las ataduras métricas y del vocabulario ornamental heredado.  

Vigil Díaz proclamaba la necesidad de acudir a la frescura de las novedades literarias y de poner la literatura vernácula en contacto con lo mejor y más novedoso de Latinoamérica y del mundo. Su actitud implicaba revisar, leer y estudiar el legado general de la humanidad, desde la Antigüedad hasta la modernidad. No sería apropiado hablar aquí de posmodernidad en el sentido histórico actual, pues Vigil Díaz actuó durante las primeras décadas del siglo XX; lo correcto es destacar su apertura hacia la tradición universal y hacia las corrientes modernas que transformaban el arte occidental.  

Después del Vedrinismo surgió el Postumismo, fundado en 1921 por Domingo Moreno Jimenes, Andrés Avelino y Rafael Augusto Zorrilla. Moreno Jimenes fue su principal figura poética, mientras que Andrés Avelino se convirtió en uno de sus teóricos fundamentales. Los postumistas postulaban que la poesía debía dirigir la mirada hacia lo autóctono, la naturaleza, la vida cotidiana y la idiosincrasia dominicana. Procediendo de esa manera, aspiraban a consolidar y difundir los valores intrínsecos de la dominicanidad, alejándose tanto del preciosismo modernista como de la imitación servil de modelos extranjeros.  

Moreno Jimenes utilizó los materiales lingüísticos que nombraban los distintos quehaceres de los hombres y las mujeres del país. Incorporó vocablos asociados con los utensilios, las viandas, la flora, la fauna, los oficios y las costumbres de los habitantes, preferentemente de los sectores rurales y socialmente marginados. La suya es una poesía de inconfundible sabor dominicano, en ocasiones deliberadamente prosaica, pero poseedora de una fuerte carga emotiva y de un profundo apego por la naturaleza y lo autóctono. Así puede apreciarse en "El diario de la aldea", obra publicada en 1925:  

"¡Ay, Dios, que ves el viento y ves la nube, 

compadécete de mi alma, 

que es una nube fría en un cielo claro! 

Mi andar no es andar de consciente, sino 

de sonámbulo; 

llevo las manos en el aire 

y el pensamiento en el azul; 

llamo «madre» a las plantas 

y a las margaritas «hermanas»; 

en cualquier riachuelo veo la faz de mi padre, 

y los luceros, carbunclos de la noche, 

son mis "hijos". 

En ese poema, el yo lírico establece una relación de parentesco espiritual con la naturaleza. Las plantas son madres; las margaritas, hermanas; los luceros, hijos. La aldea deja de ser un simple escenario geográfico y se convierte en una prolongación afectiva del sujeto. La sencillez de la expresión no significa pobreza artística: detrás de ella existe una concepción del mundo en la cual el ser humano, la tierra, los animales, la memoria familiar y el misterio de la existencia forman una unidad. 

En cierta medida, el Postumismo tomó un camino distinto del Vedrinismo. Este último dirigía la mirada hacia lo extranjero, lo experimental y las vanguardias del momento como una manera de actualizar y remozar la lírica vernácula; el Postumismo, en cambio, privilegiaba lo nacional y lo cotidiano. Sin embargo, no debe presentarse esa diferencia como una oposición absoluta. Ambos movimientos coincidieron en su propósito renovador: el Vedrinismo buscó liberar la forma poética mediante el contacto con las novedades internacionales, mientras que el Postumismo procuró liberar el contenido y el lenguaje mediante la incorporación de la realidad dominicana.  

Domingo Moreno Jimenes ocupa un lugar fundamental en la literatura dominicana. Durante las décadas de 1920 y 1930, su presencia representó un hito perdurable para el quehacer poético nacional. Su obra continúa despertando el interés de poetas noveles y consagrados, pues abrió una posibilidad expresiva que vinculaba poesía, naturaleza, identidad nacional y experiencia cotidiana. Su magisterio no se limitó a la escritura: recorrió pueblos y comunidades, difundió sus libros, conversó con jóvenes y convirtió la poesía en una misión cultural.  

Durante la década de 1930, en parte por la influencia del Postumismo y por el agravamiento de las contradicciones sociales y políticas, se desarrolló una literatura de orientación social. Algunos historiadores han empleado la denominación "literatura socializante de los años treinta" para referirse a este proceso. La poesía comenzó a registrar con mayor intensidad la pobreza, la explotación, las desigualdades económicas y la situación del campesinado y de los trabajadores. De ese modo, la renovación formal iniciada en las décadas anteriores se fue vinculando con una conciencia crítica de la realidad.  

En la década de 1940 irrumpió en el escenario literario nacional un conjunto de escritores, en su mayoría poetas, conocido posteriormente como los Independientes del 40. No constituyeron un movimiento orgánico, pues no redactaron un manifiesto, no establecieron una estética única ni actuaron de manera cohesionada. El término "independientes" se relaciona con esa ausencia de estructura colectiva y con su distanciamiento de las agrupaciones literarias asociadas directa o indirectamente con el régimen de Rafael Leónidas Trujillo. Algunos de sus integrantes vivieron en el exterior o desempeñaron funciones diplomáticas, circunstancia que los situó en espacios geográficos diferentes e impidió que se agruparan bajo un programa común.  

Carmen Natalia Martínez Bonilla.

A pesar de esas diferencias, en sus obras puede reconocerse una sensibilidad compartida. Muchos acudieron a la llamada literatura comprometida o literatura social y expresaron preocupaciones políticas, históricas y humanas. Denunciaron las condiciones deplorables de los sectores empobrecidos y procuraron crear conciencia sobre la postración social, espiritual y material de una parte considerable del pueblo dominicano. Entre sus figuras más representativas se encuentran Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral, Tomás Hernández Franco, Pedro Mir, Octavio Guzmán Carretero, Francisco Domínguez Charro y Carmen Natalia Martínez.  

Varias obras fundamentales de este periodo aparecieron durante la década de 1940: Héctor Incháustegui Cabral publicó "Poemas de una sola angustia" en Santo Domingo, en 1940; Tomás Hernández Franco dio a conocer "Yelidá" en El Salvador, en 1942; Manuel del Cabral publicó "Compadre Mon" en Buenos Aires, en 1943, aunque algunas referencias mencionan otras ediciones próximas; y Pedro Mir publicó "Hay un país en el mundo" en La Habana, en 1949. Estos libros transformaron la representación poética de la patria, el campesinado, la identidad racial, la pobreza y la injusticia.  

Manuel del Cabral alcanzó también una gran altura en su poesía metafísica. Su poemario "Los huéspedes secretos", publicado hacia 1950 —algunas fuentes registran la edición de 1951—, explora la interioridad humana, el misterio del ser y las presencias invisibles que habitan la conciencia. La obra permite establecer ciertas aproximaciones temáticas con "Sobre los ángeles", de Rafael Alberti, escrito entre 1927 y 1928 y publicado en 1929. Sin embargo, no debe afirmarse que un libro sea simple prolongación del otro: cada poeta construye un universo simbólico propio. En Alberti, los ángeles expresan una crisis espiritual y existencial; en Del Cabral, los "huéspedes secretos" representan fuerzas interiores, impulsos, sombras, deseos y contradicciones ocultas. 

Del Cabral está considerado, además, una de las máximas expresiones de la poesía afroantillana o negroide en el Caribe, junto con el cubano Nicolás Guillén y el puertorriqueño Luis Palés Matos. Nicolás Guillén, nacido en Camagüey en 1902 y fallecido en La Habana en 1989, fue el gran poeta nacional de Cuba y una voz esencial de la cultura afrocubana. Luis Palés Matos, nacido en Guayama en 1898 y fallecido en San Juan en 1959, realizó igualmente una contribución decisiva a la poesía afroantillana. Dentro de esa tradición, Manuel del Cabral ocupa un lugar de primer orden, aunque establecer una jerarquía absoluta entre estas voces resulta necesariamente subjetivo. Puede afirmarse, con mayor precisión, que es una de las voces más importantes de la poesía afrocaribeña del siglo XX.  

El poeta Manuel del Cabral.

Héctor Incháustegui Cabral, como hemos señalado al referirnos a los Independientes del 40, destacó en su obra poética la situación dolorosa de los dominicanos y, por extensión, de numerosos pueblos latinoamericanos. Cultivó una poesía de contenido social vinculada con la literatura comprometida. Sus versos pueden ser deliberadamente prosaicos, pero poseen una fuerte carga de solidaridad, patriotismo e identificación con los humildes. Su "Canto triste a la patria bien amada", incluido en "Poemas de una sola angustia", constituye una radiografía fraterna y dolorosa de la postración material y espiritual del pueblo dominicano.  

En este poema, Incháustegui Cabral utiliza símbolos tomados de la historia y de la realidad nacional. Mediante un lenguaje llano, coloquial y torrencial, denuncia la pobreza, el hambre, la enfermedad, el abandono del campesinado y la promiscuidad provocada por las condiciones miserables de las viviendas rurales. La expresión "jaula de bambúes" convierte a la patria en un espacio de encierro: un país que posee belleza natural, pero mantiene a sus habitantes atrapados en la privación y el silencio.   

Oigamos algunos pasajes:  

"Patria… 

y en la amplia bandeja del recuerdo, 

dos o tres casi ciudades; 

luego, 

un paisaje movedizo, 

visto desde un auto veloz: 

empalizadas bajas y altos matorrales, 

las casas agobiadas por el peso de los años y la miseria, 

la triste sonrisa de las flores 

que salpican de vivos carmesíes 

las diminutas sendas. 

Una mujer que va arrastrando su fecundidad tremenda, 

un hombre que exprime paciente su inutilidad, 

los asnos y los mulos, 

miserable coloquio del hueso y el pellejo; 

las aves del corral son pluma y canto apenas, 

el sembrado, sombra; lo demás es ruina…" 

Más adelante, la imagen de la patria adquiere una intensidad acusatoria:  

"Patria, 

jaula de bambúes 

para un pájaro mudo que no tiene alas; 

patria, 

palabra hueca y torpe 

para mí, mientras los hombres 

miren con desprecio los pies sucios y arrugados, 

y maldigan las proles largas, 

y en cada cruce de caminos claven una bandera 

para lucir sus colores nada más…"  

El poema rechaza un patriotismo reducido a símbolos externos. Para Incháustegui Cabral, la patria no puede limitarse a la bandera, los discursos o las celebraciones oficiales mientras sus habitantes padezcan hambre, enfermedades y exclusión. El verdadero amor patrio exige conciencia, responsabilidad y solidaridad. De ahí el tono imperativo de estos versos:  

"Mientras el hombre tenga que arrastrar 

enfermedades y hambre, 

y sus hijos se esparzan por el mundo 

como insectos dañinos, 

y rueden por montañas y sabanas, 

extraños en su tierra, 

no deberá haber sosiego, 

ni deberá haber paz, 

ni será sagrado el ocio: 

que sea la hartura castigada…"  

Manuel del Cabral, por su parte, es autor de un poemario que retrata el carácter caudaloso del dominicano. "Compadre Mon" está escrito con un lenguaje coloquial, rítmico y musical, enriquecido por imágenes sorprendentes, metáforas, sinestesias y símbolos novedosos. Pocos textos de la literatura dominicana ofrecen un trasluz tan intenso de determinados rasgos históricos de la psicología rural del país. Su protagonista representa un tipo humano dominicano y latinoamericano marcado por la valentía, la violencia, el machismo, las supersticiones, la generosidad, el arraigo a la tierra y un concepto tradicional del honor.  

Aunque "Compadre Mon" puede leerse con fluidez por su musicalidad narrativa, no es una obra simple. El personaje central posee una dimensión mítica: es hombre y territorio, individuo y colectividad, memoria y leyenda. Su figura permite comprender cómo funcionaban ciertos valores y relaciones sociales en la sociedad rural dominicana de la primera mitad del siglo XX. Algunas de esas prácticas han desaparecido o se han transformado, pero otras sobreviven en determinados espacios de nuestra geografía y en ciertas manifestaciones de la cultura nacional.  

En "Carta a Compadre Mon", la patria no aparece como una abstracción política, sino encarnada en las cosas humildes: el barbero, Domitila, el caballo, el revólver, los pantalones remendados, la silla, la leche y la sonrisa de Tico. Del Cabral engrandece al personaje mediante los objetos cotidianos y demuestra que la historia colectiva también se construye con gestos mínimos:  

"Tanto he pisado esta tierra, 

que es ella la que anda ya. 

Por una de tus venas me iré Cibao adentro. 

Y lo sabrá el barbero,  

aquel que los domingos 

te podaba las barbas 

como quien poda un árbol de la patria".  

La relación entre el personaje y la tierra se vuelve orgánica. Compadre Mon no solo habita el Cibao: el Cibao circula por sus venas, su caballo, su cuerpo y su memoria. Domitila, por su parte, representa el sostén afectivo y doméstico sin el cual la dimensión heroica del personaje quedaría incompleta:  

"Y también Domitila lo sabrá, Domitila, 

que mientras comadreaba tenía entre las manos 

unos duendes que hacían pan sabroso hasta el lodo. 

Y hablo de Domitila porque, sin esa cosa, 

quizá ni tu revólver fuera un poco de pueblo. 

Porque ella fue tu risa, fue tu pan y tu catre".  

El poema humaniza al personaje cuando recupera su infancia y sus pequeños objetos. Antes de convertirse en leyenda, Compadre Mon fue un muchacho con los bolsillos llenos de piedras, un niño cuyos pantalones eran remendados por una tía:  

"No quiero hablar ahora de tus cosas de todos. 

De lo que quiero ahora 

es hablar del remiendo que te hacía la tía 

en aquellos aún no gloriosos pantalones. 

Hablo de la ternura con que tú ya besabas 

sus manos costureras, cuando aún tus bolsillos 

se cargaban de piedras para romper faroles. 

La gente que te vio tan pequeñito 

no pensó que la tierra se iba a poner tan grande…" 

Al final, la grandeza de "Compadre Mon" surge de su incorporación a la memoria popular. No son únicamente sus hazañas las que lo convierten en símbolo, sino la manera en que permanece en la conversación de la gente, en los objetos y en la imaginación de los niños:  

"Ahora, 

cualquier cosa tuya huele a patria. 

Hasta Tico, el lechero, 

que llega con un poco de leche en su sonrisa, 

y me dice: 

"Aquí, Manuel, estuvo Mon un día. 

¡Que no rompan la silla donde lo vi sentado, 

arrimado a esta puerta!". 

Ya ves, Compadre Mon, 

no puedo hablarte ya de cosas grandes; 

tu pistola, tus barbas, tu caballo, 

tu nombre, 

todo es pequeño junto a esta sonrisa. 

¡Cómo brilla tu historia en los dientes de Tico! 

¡Qué grande estás, Compadre Mon, en esas 

cosas pequeñas!"  

El recorrido realizado en estas reflexiones llega fundamentalmente hasta la década de 1940, aunque se prolonga de manera puntual hasta los primeros años de la década de 1950 con "Los huéspedes secretos", de Manuel del Cabral. El hilo temático de esta disertación permite observar una evolución coherente: Vigil Díaz abrió las puertas de la poesía dominicana a las innovaciones internacionales y al verso libre; el Postumismo de Domingo Moreno Jimenes acercó la palabra poética a la tierra, la naturaleza, el habla cotidiana y la identidad nacional; la literatura socializante de los años treinta convirtió la desigualdad, la pobreza y la explotación en materia estética; y los Independientes del 40 consolidaron una poesía comprometida con la historia, la libertad, la identidad afroantillana y el destino colectivo del pueblo dominicano.   

Aída Cartagena Portalatín.

Dentro de ese proceso ocupa un lugar central La Poesía Sorprendida, movimiento articulado alrededor de la revista del mismo nombre, publicada entre octubre de 1943 y mayo de 1947, cuyos veintiún números representaron uno de los acontecimientos culturales más significativos de la literatura dominicana del siglo XX. Bajo el lema "Poesía con el hombre universal", sus integrantes procuraron superar tanto el nacionalismo estrecho como el realismo descriptivo, sin negar por ello las raíces dominicanas, y establecieron un diálogo fecundo con el surrealismo, el simbolismo y otras corrientes renovadoras de la poesía internacional. Franklin Mieses Burgos, Mariano Lebrón Saviñón, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón Arce, Antonio Fernández Spencer, Manuel Rueda y Rafael Américo Henríquez, junto con los escritores extranjeros Alberto Baeza Flores y Eugenio Fernández Granell, entre otros colaboradores, contribuyeron a crear una poesía de intensa exploración interior, abierta al sueño, al misterio, a la libertad imaginativa y a las zonas más profundas de la condición humana.  

En medio de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y de un mundo estremecido por la Segunda Guerra Mundial y el avance del fascismo, la proclamación de una poesía vinculada con el "hombre universal" adquiría, además de su dimensión estética, una significación ética: defendía la dignidad del ser humano frente a los discursos totalitarios y proponía la imaginación como espacio de resistencia espiritual. A esa apertura universalista se sumaron, desde 1948, los poetas y escritores reunidos bajo la denominación de Generación del 48, también llamada Generación Integradora, porque supieron recibir, conciliar y transformar algunas de las principales conquistas de los movimientos anteriores. Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda, Abelardo Vicioso, Víctor Villegas, Alberto Peña Lebrón, Abel Fernández Mejía, Ramón Cifré Navarro, Rafael Lara Cintrón, Rafael Valera Benítez y Luis Alfredo Torres, entre otros, comenzaron a dar a conocer sus textos en la Sección Escolar del periódico El Caribe, dirigida por María Ugarte, en mayo de 1948.  

 Estos escritores heredaron de La Poesía Sorprendida la preocupación por el ser humano, la interioridad, el misterio y la universalidad; de los Independientes del 40 recibieron la conciencia histórica, el interés por la realidad nacional y la voluntad de testimoniar los conflictos sociales; y del Postumismo conservaron la valoración de la tierra, del paisaje y de los elementos propios de la identidad dominicana. Sin constituir una escuela cerrada ni someterse a un programa estético uniforme, los autores del 48 desarrollaron voces individuales que oscilaron entre la introspección existencial, la angustia, la soledad, el amor, la muerte, la patria y la denuncia política, particularmente en aquellos textos que, de manera directa o simbólica, expresaron el malestar provocado por la opresión trujillista.   

De este modo, entre 1910 y los comienzos de la década de 1950, la poesía dominicana pasó de la ruptura formal a la afirmación de lo autóctono, de esta a la conciencia social y, posteriormente, a una integración más compleja entre la realidad nacional y los grandes interrogantes universales. No se trata de etapas aisladas, sino de momentos relacionados dentro de un mismo proceso de modernización: la pirueta verbal de Vigil Díaz, la aldea espiritual de Moreno Jimenes, la "jaula de bambúes" de Incháustegui Cabral, el personaje telúrico de Compadre Mon, el universo onírico y espiritual de los sorprendidos y la conciencia testimonial de los escritores del 48 representan respuestas diferentes a una misma pregunta esencial: ¿cómo construir una poesía moderna que, sin renunciar al diálogo con el mundo, pudiera expresar la experiencia histórica, las contradicciones, los sueños, las heridas y la identidad profunda del pueblo dominicano? 

En definitiva, todo ese itinerario permite afirmar que la contemporaneidad poética dominicana no surgió de un acontecimiento aislado ni de la voluntad exclusiva de un solo escritor, sino de una sucesión de rupturas, búsquedas, confrontaciones y continuidades que fueron ensanchando gradualmente las posibilidades de la palabra. Cada movimiento recibió una herencia, la discutió y la transformó de acuerdo con las exigencias de su tiempo: Vigil Díaz liberó el verso de antiguas rigideces; Moreno Jimenes restituyó dignidad estética a lo humilde, lo rural y lo cotidiano; la poesía socializante convirtió el sufrimiento colectivo en una forma de conciencia; los Independientes del 40 profundizaron en las heridas históricas y espirituales de la nación; La Poesía Sorprendida vinculó la experiencia dominicana con las grandes inquietudes del ser humano universal; y la Generación del 48 reunió esas vertientes para proyectarlas hacia una poesía más plural, reflexiva y testimonial. La modernidad de nuestra lírica reside, precisamente, en esa capacidad para reconocerse como parte del mundo sin disolverse en él, para asimilar las corrientes extranjeras sin perder el acento de la tierra y para convertir la realidad dominicana en una experiencia humana de alcance universal. Así, la poesía estudiada en estas simples reflexiones no constituye únicamente un conjunto de obras, nombres y escuelas, sino la memoria sensible de una nación que aprendió a contemplarse, cuestionarse y reinventarse por medio de la palabra. En esos versos permanece la voz de un pueblo que, aun bajo la pobreza, la desigualdad, la censura y la opresión política, encontró en la creación poética una manera de defender su identidad, preservar su dignidad y afirmar su inagotable vocación de libertad.

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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