“Las piedras más grandes no pueden quedar bien asentadas sin las más pequeñas.” — Platón

Antes de que el hombre levantara ciudades, antes de que el lenguaje aprendiera a nombrar la lluvia, ya las piedras contemplaban el mundo. Permanecían inmóviles bajo el peso de los siglos, escuchando el nacimiento y la caída de civilizaciones enteras. Sobre ellas caminaron los primeros cuerpos humanos; sobre ellas se derramó sangre, se levantaron templos y se enterraron memorias. Las piedras han sido las grandes testigos silenciosas de la historia. Tal vez por eso impresionan tanto: porque poseen la serenidad de aquello que ha sobrevivido al tiempo.

En ‘’Las piedras vivas de las piedras’’, de Juan Casillas Álvarez, las piedras dejan de ser simples fragmentos minerales desprendidos de una montaña. Ya no son únicamente materia fría, inmóvil o silenciosa. Respiran. Observan. Recuerdan. Se parten de la risa y también sangran. El poeta las convierte en conciencia mineral, en memoria colectiva y en espejo espiritual de la existencia humana. Publicado por Editorial Isla Negra en 2025 y compuesto por setenta y ocho poemas, el libro se transforma en una profunda meditación filosófica sobre el tiempo, la identidad y la permanencia.

El ser humano vive condenado a lo efímero. Todo cambia: los rostros envejecen, las generaciones desaparecen, los pueblos se transforman y los recuerdos se erosionan lentamente como paredes golpeadas por la lluvia. Frente a esa fragilidad aparece la piedra como símbolo de duración. La piedra permanece cuando todo huye.

La piedra no corre.
No necesita huir del tiempo.

Se queda inmóvil
mientras las generaciones pasan
como pájaros cansados.

Ha visto niños convertirse en ancianos,
ha escuchado nombres
que ya nadie recuerda,
ha sentido siglos enteros
caer sobre su espalda
como polvo.

Y aun así permanece,
callada,
mirando.

El poeta no describe simplemente un paisaje: construye una ontología de la memoria. Las piedras se convierten en archivos vivos del tiempo. Cada una contiene huellas invisibles de aquello que desapareció. En ellas sobreviven los pasos de la infancia, los rumores del pueblo, las heridas familiares y los ecos de una comunidad que se resiste al olvido.

Filosóficamente, el poemario desmonta la idea moderna de un individuo aislado. El sujeto no existe separado del territorio. Somos geografía interiorizada. El pueblo de Las Piedras no es únicamente un espacio físico; es una prolongación emocional del ser. La tierra habita dentro de quienes la aman.

Desde una perspectiva psicológica, el libro revela la necesidad humana de pertenecer. Nadie habita un lugar de forma neutral: los espacios terminan construyendo la identidad de quienes los recorren. Perder un paisaje no significa solo cambiar de escenario; significa perder una parte de sí misma.

Hay pueblos
que uno no abandona nunca.

Aunque el cuerpo se marche,
las calles siguen respirando
dentro de la memoria.

El río continúa sonando
debajo del pecho,
y las piedras
persisten en el alma
como viejos animales dormidos.

Uno cree alejarse,
pero la tierra siempre encuentra
una forma de regresar.

La nostalgia que atraviesa el poemario no es simple sentimentalismo. Es una herida existencial. El poeta comprende que el deterioro de un paisaje también representa el deterioro de una parte íntima de la conciencia. Cuando desaparecen los lugares cargados de significado, algo se fractura dentro del individuo y dentro de la memoria colectiva.

Por eso duele tanto la dinamita que “reventó esa entraña”. La destrucción de las piedras adquiere un significado mucho más profundo que el daño físico. Representa la violencia moderna contra la memoria, la brutalidad de un progreso incapaz de comprender el valor espiritual de aquello que destruye.

El poemario establece una tensión constante entre permanencia y desarrollo. La modernidad aparece asociada al alquitrán, a los motores y a la fragmentación de la naturaleza. Todo debe ser útil, rápido y rentable. Pero las piedras no producen velocidad: producen contemplación.

Y contemplar se ha convertido en una forma de resistencia.

Sesenta barrenos.
Sesenta cartuchos de odio.

La montaña tembló
como un animal herido.

Las piedras no gritaron.
Solo dejaron caer
su silencio roto
sobre el pueblo.

Después del humo,
los hombres regresaron sordos.

No sordos de los oídos,
sino del alma.

El deterioro ecológico aparece entonces como un deterioro psicológico. El ser humano contemporáneo destruye aquello que sostenía simbólicamente su existencia. Derriba árboles, perfora montañas y dinamita piedras para luego preguntarse por qué se siente vacío. El libro parece sugerir que la crisis espiritual de la modernidad nace también de la pérdida de contacto con la memoria natural del mundo.

Sin embargo, el poemario no cae en el pesimismo absoluto. Incluso entre la ruina persiste la ternura. Las piedras ríen. Las piedras observan. Las piedras sobreviven. El humor aparece como una forma de resistencia emocional frente al dolor.

Las piedras también ríen.

Se parten de la risa
cuando la lluvia
les hace cosquillas antiguas.

Ríen porque saben
que el tiempo destruye,
pero también transforma.

Ríen porque han visto
imperios caer
como castillos de arena.

Y aun así continúan allí,
quietas,
burlándose suavemente
de la prisa humana.

Esa personificación no resulta ingenua ni decorativa. El poeta humaniza la materia para devolverle su dimensión sagrada. Las piedras adquieren rasgos maternales, espirituales y existenciales. Son heridas que no se derrumban. Cicatrices que continúan de pie.

Cuando el poemario afirma que “las piedras son úteros”, transforma radicalmente el símbolo mineral. Lo duro contiene vida. Lo aparentemente estéril engendra. La piedra deja de ser únicamente resistencia: también se convierte en origen.

Uno de los elementos más profundos del libro es la relación entre silencio y conocimiento. Las piedras no hablan con palabras, pero poseen un discurso más antiguo que el lenguaje humano. El poeta escucha aquello que la modernidad ha olvidado escuchar: la respiración del paisaje.

Las piedras hablan despacio.

No utilizan palabras,
ni necesitan boca.

Hablan con grietas,
con musgo,
con lluvias detenidas
en la memoria.

Hay que perderse mucho
para escucharlas.

Y quizá por eso
casi nadie entiende
su idioma de siglos.

En ese sentido, el poemario dialoga con antiguas cosmovisiones indígenas y africanas donde la naturaleza no es un objeto explotable, sino una entidad viva. Las piedras manchadas de sangre se convierten en talismanes, en cuerpos rituales, en archivos espirituales del universo.

Psicológicamente, las piedras funcionan como metáfora del inconsciente colectivo. Permanecen debajo de la superficie cotidiana sosteniendo traumas, símbolos, nostalgias y memorias ancestrales. Todos poseemos piedras internas: dolores endurecidos por el tiempo, silencios que pesan más que las palabras, amores convertidos en ruina.

Cuando el poemario afirma que “las piedras son los amores del mundo”, la frase adquiere una profundidad extraordinaria. El amor verdadero se parece a una piedra: resiste la lluvia del tiempo y conserva huellas invisibles incluso después de la pérdida.

Todos guardamos piedras
dentro del pecho.

Algunas sostienen la vida.
Otras hacen tropezar.

Hay piedras hechas de infancia,
de nombres que ya no vuelven,
de abrazos endurecidos
por la ausencia.

Y también existen piedras
que todavía conservan
el calor de un amor antiguo.

Quizá el alma
no sea otra cosa
que un territorio lleno
de ruinas luminosas.

La escena del corazón encerrado dentro de las piedras de Cerro Gordo resume toda la filosofía del poemario. “Al amor le pasó algo”. La frase, sencilla en apariencia, contiene una profundidad devastadora. El amor herido queda petrificado dentro de la montaña. La piedra se convierte en sepulcro emocional y en símbolo de todos los silencios que los pueblos arrastran sin nombrar.

‘’Las Piedras Vivas de Las Piedras’’ termina convirtiéndose en mucho más que un libro sobre un pueblo puertorriqueño. Es una reflexión sobre la permanencia frente al tiempo, la memoria frente al olvido y la resistencia frente a la destrucción moderna. Juan Casillas Álvarez transforma la geografía en conciencia y el paisaje en alma. Sus piedras hablan porque, en realidad, hablan por nosotros.

Desde una perspectiva filosófica, el poemario propone una crítica profunda a la modernidad contemporánea: el ser humano ha aprendido a dominar la naturaleza, pero ha olvidado escucharla. En su obsesión por la velocidad y la productividad, destruye precisamente aquello que daba sentido espiritual a su existencia. Las piedras representan entonces una ética de la permanencia, una invitación a recuperar el vínculo simbólico con el territorio y con la memoria.

La obra puede entenderse como una poética de la identidad cultural y de la resistencia ecológica. El paisaje deja de ser fondo decorativo para convertirse en sujeto histórico y emocional. Las piedras funcionan como archivo colectivo de una comunidad marcada por el tiempo, la pérdida y la transformación. El libro dialoga con corrientes filosóficas existencialistas, con perspectivas ecológicas contemporáneas y con tradiciones espirituales donde la naturaleza posee conciencia y dignidad.

Pero quizá la grandeza más profunda del poemario resida en otra revelación: comprender que permanecer no significa quedarse inmóvil, sino resistir sin perder el alma. Las piedras han descubierto algo que el ser humano moderno todavía intenta aprender. Que la verdadera permanencia no nace de la dureza, sino de la memoria. Y que todo aquello que merece salvarse del olvido necesita, como las piedras, aprender a resistir el tiempo sin dejar de guardar dentro de sí la respiración secreta de la vida.

Juan Casillas desde su esencia primigenia piensa:

Piedrecita del camino

A veces te encuentro en el patio,

en la calle, en el río, me divierto tanto contigo.

Te lanzo, te bateo.

Compañeras de mis juegos, mi tesoro preciado, piedrecita del camino.

Juan Casillas Álvarez En El Cusco, Perú.

Y entonces todo el poemario adquiere una dimensión aún más conmovedora. Las piedras no son solamente símbolos filosóficos, ecológicos o espirituales: también son la infancia sobreviviente del poeta. Son los restos luminosos del niño que todavía juega entre la tierra, el río y la memoria. Ese niño que miraba las piedras no como objetos muertos, sino como compañeras de asombro y de imaginación.

Ese niño no desapareció con el paso de los años. Permaneció escondido entre las grietas de la memoria, respirando dentro de cada poema. Porque escribir sobre piedras, en el fondo, es intentar salvar algo de la inocencia original del mundo antes de que la modernidad lo dinamite todo con su ruido y su prisa.

Y quizá ahí reside la verdad más dolorosa y más hermosa de Las Piedras Vivas de Las Piedras: las piedras sobreviven porque conservan intacta la memoria de aquello que los hombres olvidaron. La memoria del juego. La memoria de la contemplación. La memoria de la ternura.

Ese niño que un día fue no ha muerto con las piedras.
Sigue allí.
Escuchando cómo la montaña respira.
Recogiendo piedritas del camino como quien recoge fragmentos del alma.
Esperando, quizá, que el ser humano vuelva algún día a inclinarse sobre la tierra y aprenda nuevamente a escuchar el corazón antiguo del mundo.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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