Viví treinta años en Nueva York y allí escuché una frase que nunca olvidé. Un mexicano decía: “Yo quisiera ver si este país aguanta un solo día sin mexicanos”. Él se hacía eco de una consigna de protesta en Estados Unidos y de la película Un día sin mexicanos (A Day Without a Mexican), una célebre obra de 2004 de Sergio Arau, un cineasta y músico mexicano, “que imagina el caos económico y social si la población latina desapareciera de repente. La película busca visibilizar la importancia de esa mano de obra esencial en la agricultura, la construcción y los servicios, destacando su impacto en la Economía”. Aquel amigo mexicano no lo decía con rabia, sino con una tranquilidad que, con el tiempo, entendí mejor: la de quien sabe que sostiene algo importante, aunque no siempre se reconozca.
Esa idea se me quedó rondando durante años, hasta que hace poco me hice una pregunta distinta, más incómoda todavía: ¿qué pasaría si el mundo tuviera un solo día sin arte y sin la conciencia cultural que le da forma a la vida humana?
Un día sin arte puede imaginarse. Bastaría con que desaparecieran la música, el cine, la literatura, el teatro las artes visuales y otras expresiones artísticas. Pero un día sin cultura, en sentido estricto, no es posible. Incluso en las sociedades más primitivas existe cultura, porque la cultura es la forma en que los seres humanos organizan su vida, establecen normas, construyen significados y se relacionan entre sí. Por eso, el planteamiento debe ser claro: no se trata de la desaparición absoluta de la cultura, sino de su debilitamiento, de la pérdida de conciencia cultural, del abandono de su cultivo y de la ruptura de sus mecanismos de transmisión.
En un escenario donde el arte desaparece y la conciencia cultural se debilita, las consecuencias no serían inmediatas en lo material, pero sí profundas en lo humano. Los bancos abrirían, los vehículos circularían y las personas acudirían a sus trabajos; todo parecería funcionar con normalidad. Sin embargo, algo esencial se habría perdido. La ropa dejaría de ser identidad para convertirse en simple cobertura; la alimentación perdería su dimensión simbólica para reducirse a una necesidad biológica; y el lenguaje se volvería mecánico, útil para informar, pero incapaz de conectar. La vida continuaría, sí, pero vaciada de sentido. Sería la barbarie.
Ahí es donde uno empieza a abrir los ojos de verdad: la cultura no es un sector, ni un relleno bonito para discursos oficiales. No es un departamento más del Estado, ni ese edificio frío del Malecón donde despachan papeles en nombre del Ministerio de Cultura. La cultura es lo que somos cuando nadie nos está Mirando y cuando nos ven: es la forma en que hablamos, nos vestimos, nos juntamos, celebramos, trabajamos y hasta sobrevivimos. Todo lo que hacemos está atravesado por la cultura. Por eso, cuando la cultura se debilita, no es que “los artistas la pasan mal”, es que se le aflojan los amarres a la sociedad entera, y después nadie sabe por qué todo empieza a descomponerse.
Ese debilitamiento también tiene consecuencias económicas, y no menores. Industrias enteras dependen de la creatividad y del contenido simbólico: la publicidad, el entretenimiento, el diseño, la moda, la gastronomía y el turismo. Sin arte, la publicidad pierde su capacidad de conectar; sin cultura, el turismo pierde su atractivo; sin ambos, el consumo se enfría. No es una pérdida marginal. Es estructural.
Nota aclaratoriaTras la redacción de este artículo, nuevas informaciones oficiales han establecido que el hecho ocurrido en Santiago no respondió a un incidente de tránsito, como indicaban los primeros reportes, sino a un conflicto relacionado con una deuda de la víctima con una entidad de préstamos, cuyos cobradores habrían estado involucrados.
Esta precisión no altera el enfoque del texto. Por el contrario, introduce un elemento igualmente preocupante sobre las formas en que la violencia puede manifestarse en la vida social.
Agradezco la gentileza y responsabilidad de Gustavo Olivo Peña, editor de Cultura de Acento, por haberme informado oportunamente de esta variación en los acontecimientos.
Pero incluso así, lo económico se queda corto. El problema más profundo es humano. El arte permite procesar emociones, comprender experiencias, encontrar sentido. La cultura establece los códigos que hacen posible la convivencia. Sin arte, sentimos, pero entendemos menos lo que sentimos. Sin cultura, vivimos juntos, pero cada vez sabemos menos cómo convivir. Y eso se empieza a notar.
Las relaciones humanas se vuelven más frías, más directas, más tensas. Se pierden los matices, se erosionan los gestos de respeto, se debilitan esos límites invisibles que antes regulaban el comportamiento. La sociedad no se derrumba de un día para otro, pero sí comienza a deteriorarse desde dentro.
Cuando la violencia revela la fractura social
Todo esto podría quedarse en una reflexión teórica. Me hubiese gustado que fuera solo eso. Pero no lo es. En Santiago, por ejemplo, ocurrió algo que todavía cuesta procesar. Un conductor de un camión fue perseguido tras un incidente menor en la vía pública. No hubo choque. Simplemente pasó cerca de un motorista. Eso bastó para que se desatara la persecución de una turba. Lo interceptaron, lo hirieron de gravedad y el hombre, como pudo, intentó escapar mientras se desangraba. Pero lo más duro no fue solo la agresión. Fue lo que vino después.
El hombre, herido de muerte, pedía ayuda. Suplicaba. Y a su alrededor, en lugar de una reacción solidaria, lo que predominó fue la indiferencia. Personas grabando, preguntando cosas sin sentido, registrando la escena como si fuera un espectáculo. Confieso que tuve que detener el video. No pude seguir viéndolo. Ese detalle, que podría parecer secundario, es en realidad una verdad aterradora: Esa no no es la República Dominicana que conocimos, la que daba gusto visitar. Aquella de gente buena, solidaria y servicial.
¡Estamos perdiendo el país frente a la mirada del Estado, frente a la mirada del gobierno… y frente a nuestros propios ojos!
No es un hecho aislado. Un síntoma de que la violencia crece, pero también de que la empatía se reduce. De que reaccionamos más rápido de lo que pensamos y de que el dolor ajeno empieza a importarnos menos. Y eso no ocurre por casualidad.
La falla del Estado: entre el desorden ideológico y el colapso institucional
En algún momento hay que decirlo sin rodeos: aquí hay una responsabilidad. El Estado ha estado reaccionando a los efectos, pero no está atendiendo ni entendiendo las causas. Se buscan explicaciones en todos lados, pero pocas veces se mira hacia la cultura y la educación. No hay que ir muy lejos. El problema está ahí.
Cuando los mecanismos culturales se debilitan, también se debilita el propio Estado. Como planteaba Louis Althusser, el Estado funciona a través de aparatos ideológicos —educación, cultura— y aparatos represivos —justicia, policía, fuerzas armadas—. Y en el caso dominicano, hay que decirlo con preocupación: ninguno de los dos está funcionando como debería.
La justicia no genera la confianza que debería generar. Cuando no es percibida como débil, es cuestionada por su uso en conflictos políticos, lo que hoy se conoce como “lawfare”. La policía, por su parte, se mueve entre la ineficacia, la reactividad, y algunas veces, la reacción desproporcionada.
Pero el problema más grave en el otro aparato del Estado. La educación no está formando conciencia social ni identidad. La cultura no ocupa el lugar estratégico que debería ocupar. El resultado es una sociedad sin referentes claros, donde se debilita la capacidad de autorregulación interna mientras el Estado pierde capacidad de control externo. Esa combinación es peligrosa.
Este problema no es nuevo. Juan Bosch ya advertía que ningún modelo de desarrollo puede sostenerse si el Estado no ejerce control efectivo sobre su territorio. Sin control organizado, no hay desarrollo sostenible. Y sin una base cultural que sostenga la conducta social, ese control se vuelve aún más difícil.
En ese mismo sentido, durante el debate del 4% para la educación, Recuerdo que Leonel Fernández planteó que el problema no era solo de presupuesto, sino de visión. El tiempo le dio la razón. Porque no basta con invertir más si no se sabe para qué se invierte. Una educación sin visión puede manejar recursos, pero no transformar conciencias. Eso es lo que hoy estamos viendo. El país crece por fuera, pero se debilita por dentro, y en ese sentido estamos ante un peligro real. Al borde de un abismo peligroso.
Si el Estado no logra reorganizar sus aparatos ideológicos y represivos, si no articula cultura, educación y orden institucional, la sociedad dominicana seguirá deteriorándose. No es una exageración. Es una advertencia. Porque cuando la cultura se debilita y el arte se abandona, la sociedad no se detiene, pero comienza a descomponerse desde dentro.
Y ningún país puede sostenerse mucho tiempo en ese estado.
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