¿Qué queda de una lengua cuando desaparecen sus hablantes? ¿Puede una lengua sobrevivir cuando ya nadie la habla como sistema de comunicación, pero algunas de sus palabras continúan circulando en otra lengua? Cada vez que un dominicano dice canoa, hamaca, cacique, yuca, ají, maíz, guayaba, conuco, bohío o jobo, ¿está hablando únicamente español?
La pregunta permite problematizar una de las huellas más profundas de la conquista en el Caribe: la lengua taína no sobrevivió como sistema lingüístico autónomo, pero dejó reductos de su existencia en el español antillano. Esos reductos llegaron hasta nosotros, en buena medida, mediante un acontecimiento extraordinario de escritura: el esfuerzo de fray Ramón Pané por aprender la lengua de los indígenas y trasladar a la escritura europea palabras, nombres, creencias y conceptos pertenecientes a un universo cultural esencialmente oral.
Desde la cosmolingüística, una palabra no constituye un simple signo que nombra una realidad. Es un universo comunicativo porque concentra memoria, experiencia, cultura y formas de interpretar el mundo. Por eso, cuando pronunciamos una voz de procedencia taína, no estamos únicamente utilizando un préstamo léxico: activamos una pequeña porción de una cultura que la conquista intentó destruir.
Para comprender esta paradoja debemos regresar a Pané. Durante los primeros años de la conquista de la isla Española, el fraile aprendió la lengua de los indígenas y, por encargo de Cristóbal Colón, recogió parte de sus creencias, mitos, ceremonias y costumbres. El resultado fue la Relación acerca de las antigüedades de los indios, organizada en 126 páginas (aunque el texto original, sin comentarios, solo alcanza las 26 páginas), algunos con numeración «bis», donde aparecen referencias al origen de los indígenas, sus divinidades, cemíes, behíques, muertos, rituales, caciques y otras prácticas de la sociedad taína. La edición de José Juan Arrom, publicada por Siglo XXI en 1974, incorpora estudio preliminar, notas, mapa, apéndices y un registro de voces taínas.
Su importancia lingüística es extraordinaria. Pané comprendió que no podía penetrar en aquel universo cultural sin aproximarse a la lengua de sus habitantes. Cuando registra voces como cemí, cacique o behíque, realiza algo más que una recopilación de vocabulario: intenta hacer pasar de una lengua a otra conceptos que no pertenecían al universo comunicativo europeo. De ese modo comenzó una de las primeras operaciones de traducción intercultural de la historia americana.
Pero aquella transferencia no podía producirse sin transformación. Los españoles escuchaban sonidos que no pertenecían necesariamente a su sistema fonético y procuraban representarlos mediante los recursos gráficos disponibles. Las voces indígenas fueron adaptándose a la pronunciación y a la escritura castellanas. Palabras como canoa, hamaca, yuca, ají, cacique, conuco, bohío y jobo terminaron integrándose al español antillano y, posteriormente, a otras variedades del español.
He aquí una gran paradoja histórica, a mi modo de ver: mientras el genocidio producido durante la conquista española provocaba la muerte de una parte considerable de la población indígena y trataba de desarticular sus instituciones, creencias y formas de transmisión cultural, la lengua de los conquistadores comenzaba a incorporar palabras de los conquistados. El poder podía destruir comunidades, pero no consiguió borrar completamente las huellas lingüísticas de quienes fueron sometidos.
La escritura de Pané contribuyó, paradójicamente, a conservar esas huellas. Lo que originalmente pertenecía a la oralidad taína pasó a un sistema gráfico europeo y, desde allí, algunas voces atravesaron los siglos. La palabra indígena no llegó intacta: fue escuchada, interpretada, escrita, adaptada y posteriormente incorporada al español. En ese proceso se produjo una transformación lingüística, pero también una forma de supervivencia cultural.
El caso de jobo permite observarlo con claridad. Las primeras representaciones escritas de determinadas voces indígenas muestran vacilaciones ortográficas, entre ellas formas como hobo y jobo. Esto no significa que la h represente actualmente el sonido de la j. Son procesos históricos diferentes. La h española conserva, en determinados casos, la memoria gráfica de sonidos que dejaron de pronunciarse, mientras que la j evolucionó hasta representar el sonido que hoy reconocemos en palabras como jobo. El cronista escuchaba una lengua; el escribano intentaba convertir aquella escucha en escritura. Entre ambas operaciones se produjo la adaptación.
Por eso, la tesis resulta inevitable: existen reductos de la lengua taína antillana adaptados al español, y una parte fundamental de esa supervivencia quedó fijada por el esfuerzo escritural de Ramón Pané. No hablamos de una lengua taína que haya sobrevivido completa; hablamos de sustratos lingüísticos que permanecieron en el léxico de las variedades antillanas del español. Son fragmentos, pero los fragmentos también conservan memoria.
La supervivencia taína no debe buscarse únicamente en las palabras. También persisten interrogantes sobre los cuerpos, las genealogías y las poblaciones que lograron sobrevivir a la catástrofe demográfica de la conquista. En el Caribe existen comunidades y familias que reivindican ascendencia indígena, y diversos estudios antropológicos y genéticos han documentado continuidad indígena en poblaciones caribeñas. En el caso dominicano, se ha señalado la presencia de rasgos fenotípicos asociados históricamente con poblaciones indígenas, entre ellos determinadas configuraciones oculares como el epicanto. Sin embargo, ningún rasgo físico aislado permite identificar por sí mismo una ascendencia taína; la evidencia debe comprenderse dentro de un conjunto antropológico, histórico y genético.
La tradición oral y las investigaciones sobre poblaciones que sobrevivieron en espacios como las cuevas del Valle de San Juan y la Sierra de Neyba permiten formular una pregunta todavía más profunda: ¿qué ocurre cuando una cultura aparentemente desaparecida deja huellas simultáneamente en el lenguaje, en la memoria colectiva, en las prácticas culturales y en las genealogías de quienes sobrevivieron?
Desde la cosmolingüística, la respuesta exige abandonar la idea de que las lenguas son sistemas cerrados. El español dominicano no llegó al Caribe como una estructura intacta que simplemente sustituyó al taíno. El contacto produjo transformación. El español recibió voces indígenas y, posteriormente, incorporó también numerosos aportes africanos. Nuestra lengua se convirtió en un espacio de convergencia histórica donde sobreviven las huellas de pueblos sometidos, desplazados y silenciados.
Por eso, cuando pronunciamos hamaca, canoa, yuca, ají, cacique, conuco, bohío o jobo, nuestra voz realiza un acto de memoria. Quizá no conozcamos ya la gramática de aquella lengua ni podamos reconstruir completamente el universo que la produjo, pero una parte de sus palabras consiguió atravesar la catástrofe y llegar hasta nosotros.
Pané los escuchó cuando todavía eran voces vivas. Nosotros las pronunciamos cinco siglos después.
Y si una lengua puede dejar sus palabras en la boca de quienes sobrevivieron a sus hablantes, ¿podemos afirmar realmente que murió, o acaso sigue hablando desde el español que creemos exclusivamente nuestro?
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