El auditorio universitario ha quedado en silencio después de una conferencia magistral sobre los orígenes de la humanidad.

El público se ha dispersado lentamente, pero dos figuras de entre los protagonistas permanecen conversando próximos a una ventana.

Ellos son el joven historiador Yuval Noah Harari[1] que observa desde las alturas el ritmo caótico de la ciudad caribeña. Admirado, como quien ni siquiera pudiera imaginar un tráfico ‘medalaganario’, saluda desaprensivamente al antropólogo y biólogo evolutivo Joseph Henrich[2], admirado de tanto ruido desde su silencio.

Afuera cae la tarde.

Y sobre la mesa hay dos tazas de café que hace rato dejaron de humear.

Yuval Noah Harari.

Harari:
Siempre me ha fascinado que una especie tan insignificante como la nuestra terminara gobernando el planeta. Hace apenas unos cientos de miles de años éramos un animal más entre muchos. Nada indicaba que acabaríamos construyendo imperios, universidades o inteligencia artificial.

Henrich:
Y, sin embargo, aquí estamos. La cuestión es qué ocurrió en el camino.

Harari:
Exactamente. Mi impresión siempre ha sido que hubo una transformación cognoscitiva decisiva. En algún momento nuestros ancestros adquirieron una capacidad mental extraordinaria: pudieron imaginar cosas que no existían físicamente. Dioses, tribus, leyes, naciones. Gracias a esas ficciones compartidas millones de individuos comenzaron a cooperar.

Henrich sonríe levemente, como quien reconoce una melodía familiar.

Henrich:
Ese relato tiene una fuerza narrativa indudable. Pero sospecho que invierte el orden de los acontecimientos.

Harari:
Te atreves a decir que… ¿¡lo invierte!?

Henrich:
Sí. Tú comienzas con la inteligencia y terminas en la cultura. Yo creo que la historia fue justamente al revés.

Harari gira el cuerpo hacia él, intrigado.

Harari:
Entonces empecemos por ahí. ¿Qué vino primero, según tú?

Henrich:
La cultura.

Harari deja escapar una breve risa.

Harari:
Eso suena casi herético. Durante siglos hemos pensado que los seres humanos crearon cultura porque eran inteligentes.

Henrich:
Y tal vez llevemos siglos equivocados.

Durante unos segundos ambos observan la ciudad sumergida en parches, unos pocos iluminados y los más a oscuras.

La inteligencia: ¿causa o consecuencia?

Harari:
Hay algo que me cuesta aceptar. Los cerebros humanos son enormes, costosos y extraordinariamente sofisticados. Resulta natural pensar que la expansión cerebral fue el motor inicial.

Henrich:
Natural, sí. Pero no necesariamente correcto. El problema es explicar por qué la selección natural habría favorecido un órgano tan caro. Un cerebro humano consume cantidades enormes de energía. Además, complica el parto y aumenta los riesgos reproductivos. La pregunta no es si somos inteligentes; eso es evidente. La pregunta es por qué la evolución pagó un precio tan alto para volvernos inteligentes.

Harari:
Tal vez porque la inteligencia ofrecía ventajas de supervivencia.

Henrich:
Las suficientes para fabricar herramientas de piedra, quizá. Pero no para justificar toda la maquinaria cognoscitiva que terminaría permitiendo resolver ecuaciones diferenciales o escribir sinfonías. Hay una desproporción que sigue siendo difícil de explicar.

Harari permanece pensativo. Sereno.

Harari:
Entonces, según tú, el cerebro no creó la cultura.

Henrich:
Más bien la cultura creó la necesidad de cerebros mejores.

Harari:
Quizá parte de nuestra discrepancia provenga de cómo entendemos la inteligencia. Tendemos a imaginarla como algo contenido dentro de un individuo.

Henrich:
Y tal vez esa imagen sea engañosa. Ninguno de nosotros sabe fabricar por sí solo un teléfono móvil, construir una central eléctrica o desarrollar una vacuna. Lo que llamamos inteligencia humana suele estar distribuido entre innumerables personas, herramientas e instituciones.

Harari:
De modo que el verdadero genio no estaría en el individuo, sino en la red cultural que lo sostiene.

Henrich:
¡Correcto! Un ser humano aislado es mucho menos inteligente de lo que solemos creer. La cultura piensa con nosotros.

La pequeña innovación que lo cambió todo

Un camarero recoge algunas mesas cercanas y las fichas de cualquier dominó se estrellan en una mesa cercana.

Entre tanto, la conversación continúa como si el tiempo, sin detenerse, hubiera disminuido su velocidad.

Henrich:
Imagina una modificación relativamente pequeña en nuestros ancestros: una capacidad excepcional para copiar a otros.

Harari:
¿Imitación?

Henrich:
Imitación fiel. No inspiración, sino reproducción.

Harari:
Los chimpancés también aprenden observando.

Henrich:
Sí, pero suelen reinterpretar lo que ven. Observan una conducta y luego intentan reconstruirla por sí mismos. Los niños humanos hacen algo mucho más extraño: copian incluso aquello que no comprenden.

Harari:
Y tú crees que ahí está la clave.

Henrich:
Precisamente porque parece una conducta poco inteligente.

La observación provoca una sonrisa en Harari.

Harari:
¿Y no exige esa imitación una inteligencia previa extraordinaria?

Henrich:
Exige una capacidad específica, no inteligencia abstracta. Copiar fielmente no es resolver ecuaciones. Pero permite algo más importante: conservar innovaciones que nadie podría reinventar por sí solo.

Harari:
Como una memoria colectiva.

Henrich:
Sí. ‘Como si…’

Principio del formulario

Harari:
Como una memoria colectiva que sobrevive a quienes la portan.

Henrich:
Justo así.

El problema de la cooperación

La conversación parece haber encontrado un ritmo propio. Sin embargo, Harari frunce el ceño.

Harari:
Aun concediéndote eso, queda un problema. La cultura no garantiza cooperación. Una población egoísta puede transmitir egoísmo con la misma eficacia que transmite cualquier otra conducta.

Henrich:
Esa es, de hecho, la pregunta crucial.

Harari:
Porque mi argumento siempre fue que el lenguaje permitió construir grandes narrativas compartidas y que esas narrativas hicieron posible la cooperación masiva.

Henrich:
Pero antes de preguntarnos por las narrativas debemos preguntarnos por algo más elemental: ¿por qué alguien habría de creerlas?

El comentario queda suspendido en el aire.

Henrich:
Si una comunidad está compuesta por individuos que solo buscan ventajas personales, cualquier relato colectivo será simplemente otra oportunidad para engañar.

Harari:
Entonces, ¿cómo emerge la cooperación?

Henrich:
A través de la evolución cultural. Los grupos desarrollan normas. Algunas funcionan mejor que otras. Los grupos más cooperativos prosperan, se expanden o son imitados. Con el tiempo, ciertas reglas sociales terminan imponiéndose.

Harari:
Una especie de selección natural, pero aplicada a culturas en lugar de genes.

Henrich:
Positivo.

Las ficciones compartidas

Harari apoya los codos sobre la mesa. Y suspira, en lo que Henrich aprovecha para apartar la vista hacia el vacío.

Harari:
Sin embargo, hay algo irreductiblemente humano en nuestra capacidad para creer en entidades imaginarias. Las empresas, los estados, los derechos humanos, el dinero. Son ficciones y, al mismo tiempo, organizan la realidad.

Henrich:
No discrepo en eso de ti.

Harari:
Cuando contemplo una catedral medieval no veo solamente piedra. Veo una historia compartida. Veo ángeles, salvación, pecado, eternidad. Veo miles de personas coordinando sus vidas alrededor de algo que no podían tocar ni medir, pero que consideraban más real que ellas mismas.

Henrich:
Y yo veo algo más terrenal. Veo generaciones de albañiles, arquitectos y artesanos transmitiéndose conocimientos que ninguno habría podido inventar por sí solo.

Harari:
Tú ves la herencia cultural acumulada.

Henrich:
Y tú ves el universo simbólico que esa herencia terminó haciendo posible.

Harari:
La misma catedral.

Henrich:
Dos preguntas diferentes.

Harari:
Hay algo que sigue inquietándome, Joseph. Tu explicación me ayuda a comprender cómo una especie aprende, acumula conocimientos y transmite habilidades cada vez más complejas. Pero no estoy seguro de que eso capture lo más extraño de la condición humana.

Henrich:
¿A qué te refieres?

Harari:
A que los seres humanos no solo compartimos técnicas. Compartimos significados. Un castor construye diques. Las abejas construyen colmenas. Pero ninguna especie parece capaz de organizar su existencia alrededor de entidades imaginarias.

Henrich:
Las instituciones, los dioses, las naciones…

Harari:
Exactamente. Millones de personas pueden morir por una bandera, sacrificar su bienestar por una idea de justicia o dedicar una vida entera a una promesa de salvación. La pregunta que nunca deja de fascinarme es cómo llegamos a habitar esos mundos invisibles.

Henrich:
Y yo diría que esos mundos invisibles son el resultado de una larga historia de evolución cultural.

Harari:
Probablemente. Pero una vez que aparecen, adquieren una fuerza propia. No son simplemente herramientas de coordinación. Se convierten en el escenario dentro del cual los seres humanos entienden quiénes son y qué deben hacer.

Henrich:

Estoy de acuerdo, Yuval. Pero la pregunta científica no es qué hacemos con esas ficciones. La pregunta es cómo una especie llegó a ser capaz de creerlas colectivamente. Ahí es donde empieza mi problema con tu relato.

Una pregunta que regresa desde el futuro

La ciudad se ha oscurecido por completo. Algunas ventanas brillan ahora con la luz fría de las pantallas.

Harari:
Lo curioso es que nuestra conversación ya no pertenece únicamente al pasado.

Henrich:
¿Piensas en la inteligencia artificial?

Harari:
¿Cómo no hacerlo? Estamos construyendo sistemas capaces de aprender, escribir, programar y resolver problemas que hace apenas unas décadas considerábamos exclusivamente humanos.

Henrich:
Y, sin embargo, seguimos sin saber exactamente qué están aprendiendo.

Harari:
O qué significa comprender. Tal vez una máquina pueda procesar información mejor que nosotros y aun así permanecer fuera de ese universo compartido de significados que llamamos cultura.

Henrich:
Aunque también podría interpretarse al revés. Ninguno de esos sistemas habría surgido sin la inmensa acumulación cultural previa de nuestra especie.

Harari:
De modo que incluso nuestras máquinas serían descendientes de la cultura.

Henrich:
Quizá el experimento más reciente de la evolución cultural.

Harari:
Y quizá el primero capaz de obligarnos a redefinir qué entendemos por inteligencia. Quizá la característica más extraña de nuestra especie no sea que coopere, sino que coopere alrededor de cosas que no existen físicamente. Te lo aseguro, ningún chimpancé muere por una corporación. Ningún gorila sacrifica su vida por una constitución.

Y, tras una visión panorámica por el infinito, Harari concluye su idea:

Tal vez nunca encontremos una respuesta definitiva. Después de todo, estamos intentando comprender la mente que produjo todas las respuestas posibles.

 

Lo que aún ignoramos

La noche ya se ha instalado al otro lado del cristal.

Durante unos instantes ninguno osa hablar.

Finalmente, es Harari quien rompe el silencio.

Harari:
Hay algo reconfortante en reconocer cuánto desconocemos todavía.

Henrich:
Más de lo que solemos admitir.

Harari:
No sabemos con precisión cómo apareció el lenguaje.

Henrich:
Ni cómo surgió la cooperación a gran escala.

Harari:
Quizá la mayor dificultad sea que seguimos intentando reconstruir un proceso del que no quedan testigos.

Henrich:
Y cuyos protagonistas jamás escribieron una sola línea sobre sí mismos.

Harari:
Lo cual deja espacio para muchas historias.

Henrich:
Sí. Pero algunas exigen menos supuestos que otras.

Harari:
Y más explicaciones de por qué nuestros cerebros crecieron tanto.

Henrich:
O cuánto de todo esto ocurrió de manera secuencial y cuánto mediante procesos simultáneos que se reforzaban mutuamente.

Ambos sonríen, por fin, con indudable complicidad.

Después de todo, la discusión sigue abierta.

 

Epílogo

Mientras los escuchaba desde la sombra de mi escondite, arropado bajo la luz de la lectura, tengo la impresión de que Harari y Henrich no están observando exactamente el mismo fenómeno.

Harari dirige la mirada hacia lo que hace posible la civilización: a saber, los relatos compartidos, las instituciones imaginadas, los mundos simbólicos dentro de los cuales transcurre la vida humana.

Henrich, en cambio, retrocede un paso más y formula una pregunta distinta: ¿cómo llegó una especie de primates a desarrollar la capacidad de habitar esos mundos simbólicos?

Uno contempla la catedral terminada. El otro excava bajo sus cimientos.

Hay algo profundamente darwiniano en esa idea.

No nos hicimos inteligentes y luego creamos cultura.

Creamos cultura, y la cultura terminó rehaciéndonos.

Y cuanto más lo pienso, más difícil me resulta no inclinarme en favor de Henrich. Porque su teoría conserva intacto el asombro ante lo humano, pero lo explica mediante pequeños pasos acumulativos, no mediante saltos misteriosos. mientras uno pregunta qué historias somos capaces de contar, el otro pregunta qué clase de criatura pudo aprender a contarlas.

Como ocurre tan a menudo en la evolución, lo extraordinario surge de la paciente repetición de algo aparentemente simple.

Y quizá la historia de nuestra especie no sea la excepción.

[1]  Yuval Noah Harari (n.1976) es doctor en historia de la Universidad de Oxford y catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Entre sus obras y ensayos destacan Sapiens: De animales a dioses (2011); Homo Deus (2015) y, 21 Lecciones para el siglo XXI (2018) y Nexus: estudio de las redes de información (2024).

[2] Joseph Henrich (n.1968) antropólogo y biólogo evolutivo canadiense profesor de la Universidad de Harvard. Entre sus obras see encuentran Why Humans Cooperate (con Natalie Henrich) (2007); The Secret of Our Success: How Cculture is Driving Human Evolution, Domesticating Our Species, and Making Us Smarter (2015); The WEIRDest People in the World: How the West Became Psychologically Peculiar and Particularly Prosperous (2020)

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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