Las ciudades no siempre son lugares. A veces son personajes. Respiran, seducen, castigan, recuerdan y olvidan. En ocasiones, incluso, terminan determinando el destino de quienes las habitan. Esa transformación constituye uno de los principales hallazgos de la narrativa moderna y encuentra en Lukio (2025), la reciente novela de Luis R. Santos, una de sus expresiones más logradas dentro de la literatura dominicana contemporánea.
Desde sus primeras páginas comprendemos que Santo Domingo no ha sido convocada únicamente para servir de escenario. La ciudad aparece como un organismo moral, una criatura contradictoria que produce riqueza y abandono, glamour y miseria, progreso y exclusión. Luis R. Santos la concibe como una madre incapaz de proteger a sus hijos más vulnerables, una ciudad-enigma que termina devorando aquello mismo que engendra.
La urbanística abigarrada, los personajes invisibilizados: nada es casual, todo es resultado y obedece a la estrategia de los efectos.
La ciudad que presenta Luis R. Santos no es solo geografía; tampoco es un decorado urbano: es un personaje moral. Es una entidad que produce abandono, modela conductas, premia determinadas ambiciones y castiga determinadas vulnerabilidades. Desde la invocación inicial —"Santo Domingo… ciudad que se traga a sus hijos más vulnerables"— la capital deja de ser sitio para convertirse en personaje.
No se trata de una imagen aislada. Existe una larga tradición literaria donde las ciudades adquieren espesor humano. La Santa María de Juan Carlos Onetti, el Macondo de Gabriel García Márquez, la Lima de Mario Vargas Llosa, el México de Carlos Fuentes o la Buenos Aires de Ernesto Sábato dejaron de ser simples referencias espaciales para convertirse en fuerzas narrativas que condicionan la conducta de sus personajes. En esa conversación latinoamericana puede inscribirse, con personalidad propia, la Santo Domingo de Luis R. Santos.
La narrativa dominicana también ha recorrido ese camino. Desde las visiones poéticas de Pedro Mir hasta los territorios urbanos de Marcio Veloz Maggiolo, pasando por la sensibilidad de René del Risco Bermúdez y, desde la diáspora, las ciudades fracturadas de Junot Díaz, el espacio urbano ha ido abandonando su condición de telón de fondo para convertirse en una presencia activa dentro del relato. Lukio lleva esa tradición un paso más allá. La ciudad ya no observa la tragedia; la produce.
La ciudad aparece como un organismo moral. No es "la madre" o un abismo que todo lo arrastra para tragar “a sus hijos más vulnerables”. Es una entidad desprovista de sensibilidad.
No es un laberinto. Nadie se pierde en ella. Todos conocen el orden de sus fronteras invisibles y las consecuencias de cruzarlas. La novela parece sugerir que el verdadero mapa de Santo Domingo no está dibujado por sus calles, sino por las jerarquías sociales, el miedo y la exclusión. Ese mapeo moral convierte a la ciudad en algo más que una atmósfera: la transforma en una estructura que distribuye oportunidades, castigos y destinos.
Nadie se pierde; todos saben dónde no deben entrar. Así el miedo convierte el espacio en una estructura moral antes que física.
Como organismo moral, Santo Domingo no nace del azar. Es el resultado de una larga acumulación de decisiones, omisiones y complicidades que terminan naturalizando el abandono. La novela sugiere que el desorden urbano responde, en realidad, a un orden cuidadosamente tolerado. La ciudad produce conductas, recompensa determinados comportamientos y castiga otros. Su arquitectura termina siendo también una arquitectura ética.
Como personaje, Santo Domingo modela imaginarios. Produce monstruos con la misma naturalidad con que produce indiferencia. La cotidianidad termina convirtiendo esas monstruosidades en paisaje y, finalmente, en complicidad.
¿Qué significa esto para la literatura dominicana?
Durante décadas la narrativa dominicana describió ciudades. Luis R. Santos propone otra operación narrativa: convierte a Santo Domingo en un sujeto moral capaz de intervenir sobre el destino de los personajes. La ciudad deja de ser un decorado para convertirse en una conciencia oscura que organiza la novela.
Por eso el personaje de Lukio trasciende su dimensión individual. El muchacho no representa únicamente a un niño abandonado por la emigración, expulsado hacia la calle y atrapado por la marginalidad. Representa el fracaso de una ciudad para ejercer la maternidad simbólica sobre sus habitantes. Cada abandono familiar encuentra su equivalente en un abandono institucional; cada violencia doméstica anticipa otra violencia social; cada esquina termina convirtiéndose en una prolongación del hogar que nunca existió.
Incluso el doctor Orestes Sotero puede leerse desde esa misma lógica. Más que un antagonista excepcional, encarna otra de las patologías urbanas que la novela explora: la ambición divorciada de la ética. Su obsesión por alcanzar reconocimiento científico internacional convierte al conocimiento en instrumento de dominación y al ser humano vulnerable en simple material experimental. La ciudad también produce esa forma de éxito moralmente corroído.
Quizá uno de los mayores méritos de Luis R. Santos consista en evitar que la marginalidad se convierta en espectáculo. No romantiza la pobreza ni convierte la violencia en recurso melodramático. La crudeza de la novela responde a una decisión estética: obligar al lector a recorrer los espacios donde normalmente prefiere no detener la mirada. Santo Domingo aparece entonces como un territorio donde la desigualdad no constituye un accidente, sino una forma de organización de la vida urbana.
Esta lectura desplaza la novela hacia un terreno que trasciende la literatura. La pregunta deja de ser qué ocurre con Lukio y pasa a ser qué tipo de ciudad produce a Lukio. La cuestión ya no es únicamente narrativa. Es urbanística, porque habla de la forma en que construimos nuestros espacios; es cultural, porque revela aquello que una sociedad decide normalizar; es política, porque interpela las responsabilidades del Estado; y es ética, porque enfrenta al lector con los límites de su propia indiferencia.
Las buenas novelas rara vez ofrecen respuestas. Formulan preguntas que continúan resonando cuando el libro ha sido cerrado. Lukio pertenece a esa categoría. Luis R. Santos no escribe únicamente sobre un niño de la calle, un científico desquiciado o una madre emigrante. Escribe sobre una ciudad que ha aprendido a convivir con el abandono hasta convertirlo en paisaje.
Después de cerrar Lukio, el lector comprende que la ciudad seguirá allí, respirando, observando y produciendo nuevas historias, sabiéndose protagonista. Ese es el privilegio de la buena literatura: hacernos descubrir que nunca volvemos a caminar por una ciudad de la misma manera después de haberla leído.
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